lunes, 30 de septiembre de 2013

¡Qué padres padres!


Hay ciertas temporadas en las que la economía se pone un poco apretada. En algunas situaciones los gastos son muy obvios, como el pago de colegiatura o inscripciones, los útiles escolares, la cuesta de enero, los eventos y regalos en navidad, etc., pero hay otras eventualidades que no son tan fácilmente identificables y que representan para nosotros los padres un sacrificio a veces grande —a veces no tanto— pero que hacemos por el amor que le tenemos a los hijos. Hoy estoy pasando por una situación de estas.

Pues con la novedad que el Rafita ya no cabe en la cuna en la que está metido y entonces hemos llegado al triste aserto de que es imperativo comprarle una cama. Cuando se lo comentamos al chiquillo, el Migue vio burro y se le ofreció viaje: «Yo también quiero comprar una cama», dijo. En un principio simplemente nos pareció irrisoria su petición; pero tras dedicarle dos segundos de análisis a la idea, notamos —con mucha desilusión— que también tendríamos que darle una. El mueble que tiene por el momento fue usado por Gaby... ¡cuando era soltera! La base ya tiene una pata rota y con el peso de un adulto, el colchón se hunde en demasía. No hay posibilidad de escape. Miguel estuvo bastante contento al escuchar que él también tendría un nuevo lugar para dormir. Como consecuencia, lo que otrora fuera una cama (que es una inversión de determinado tamaño), se vuelve ahora una renovación de recámara (pues incluiremos también un buró) y, debido a eso, requerimos de un gasto sustancialmente más grande.

Aquí me puse a pensar en retrospectiva acerca de todas las cosas que recibí de mis padres y que daba por sentado. El hecho de tener un techo (y sí, ya también tengo que impermeabilizar), muebles en la casa, juguetes, ropa, útiles escolares, leche, pan en la alacena y demás cosas que se daban por sentado o que aparecían mágicamente no se considera y no se aprecia nunca cuando uno es niño. O al menos yo no lo hice. Vamos, ni siquiera notaba que alguien tenía que ir a comprar algo tan simple como el agua, mucho menos valoré verdaderamente el esfuerzo que mis padres hacían. Ahora que lo estoy viviendo desde el otro lado y que a veces me cuestan trabajo algunas cosas, entonces realmente comprendo la complejidad y la extensión de toda la labor que significa dar sustento como padre (y sólo estamos hablando de la parte económica... dejaremos lo emocional para otra entrada). Este es el momento en el que me toca pagar —rezagadamente— a mis progenitores haciendo lo mismo que ellos conmigo y dándoles ahora todo a mis hijos; sin embargo aún falta una parte que sólo se puede compensar a través del agradecimiento: voltear la mirada y por lo menos hacerles saber que ahora reconozco y valoro todo el esfuerzo que vivieron para hacer de mi vida lo que es hoy. Sólo así se sentirán recompensados no sólo por el tipo de persona que soy o por la forma en que les pago a mis hijos lo que recibí, sino por la mera comprensión y validación de todo su trabajo y ahínco. Y puede ser que, mientras ellos leen estas líneas, en su interior dirán —tal vez con alegría—: «valió la pena».


Papá, mamá: Gracias.

Peritos
Foto: Clearly Ambiguous vía photopin cc

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Castigo terrible


Siendo las ocho y media de la noche, los niños están a punto de dormir; sin embargo el Migue quiere jugar con la computadora por última vez antes de irse a la cama. Tras varios intentos fallidos por conseguir el permiso paterno, decide rogarle a la madre:
—Mamá, quiero jugar con la compu.
—No Miguel. Ya es hora de dormir.
—¡Por favor! —implora, con su vocecita de niño mimado.
—Lo siento, papito. Ya es muy tarde para estar jugando.
Entonces, sus ojitos se entornaron y, con una voz de amenaza pura, le dijo a Gaby:
—Entonces, si no me dejas jugar... ¡me voy a lavar los dientes otra vez!

Gaby casi se orina de la risa, mientras que mi hijo cumplió su amenaza.

Peritos
Edad de Miguel: 4 años, 4 meses
Foto: mauren veras vía photopin cc