martes, 30 de abril de 2013

¿Verdad?


Nos encontrábamos todos en el auto, con un destino que no es importante para el tema en cuestión. Normalmente en el coche, Gaby y yo les damos a los niños juguetes para hacer el trayecto más soportable. En esta ocasión, a Rafael le tocó un muñeco de acción del Hombre Araña.


—¡KUK! —dijo Rafa, dado que a su edad, es la única palabra que puede decir relacionada con los superhéroes.
—No es Hulk, Rafa. Es «Espáiderman».
—¡KUK!
—¡No es Hulk! Papá, ¿verdad que no es Hulk?
—No —le confirmé—, pero tu hermano no sabe decir otra cosa. Déjalo que le diga así al muñeco.
—Pero es el Hombre Araña. ¡No le puede decir Hulk!
—Migue, tú y yo sabemos que no es Hulk, pero Rafael es todavía un bebé, y no puede hablar igual de bien que tú.
—¡KUK!
—¡Rafa! ¡No es Hulk!
—¡KUK!
—¡NO HERMANO! ¡NO LE DIGAS ASÍ!
—¿KUK?
—¡NO! —Y aquí mi mente divagó, mientras observaba cómo un hecho tan sencillo e intrascendente le puede hacer a un niño perder la cabeza.

Resulta que también los «adultos» podemos ponernos necios por detalles igual de simples y bobos. En el trabajo, en la casa, con los amigos, en los temas de conversación más diversos, buscamos siempre corregir al otro, tener la razón (aunque en muchas ocasiones no sabemos lo que decimos). ¿Es importante que «la verdad» prevalezca? Tal vez no siempre. ¿Necesita que la defendamos? No. Lo que es, es. Punto. Con o sin ayuda. ¿No será que estamos favoreciendo una verdad parcial por temor a que nuestra visión del mundo sea alterada? Por muy absurdo que parezca, a veces nos enganchamos en conversaciones que, simplemente, no llevan a ningún lado; pero el enojo y la pasión por poder sobreponer un punto de vista puede mover montañas.

Ahora me he dado cuenta de ese juego. Si una persona me comenta algo —una opinión personal— y en mis tripas siento las ganas de rebatir, de corregir, de señalar el «error» ajeno, a veces tengo la suerte de notarlo antes de actuar y simplemente observo esa emoción. Pienso bien las cosas antes de comenzar la discusión. En contados casos con mencionar mi parecer una vez es suficiente. En el resto es una necedad. No me llevará a ningún lado ni ganaré nada con eso. Entonces, mejor dejarlo así. ¡Que viva la paz!

Peritos
Foto: mikequozl vía photopin cc

domingo, 21 de abril de 2013

Limpia, limpia, limpia...


Cuando el Migue tenía dos años y medio, era un dolor de cabeza hacerlo que levantara sus juguetes. Después de trabajar, al llegar a mi casa, accedía a lo que me parecía un universo paralelo. Desde la entrada me quedaba muy claro que un vórtice —llamado Miguel— había reacomodado todos los objetos de la vivienda, esparciéndolos más o menos de forma uniforme sobre el suelo.

Eso me desespera. Soy algo así como un fan del orden (los psicólogos le llaman trastorno obsesivo-compulsivo, pero no entremos en esos detalles), y ver todo ese desastre simplemente me saca de mis casillas. Entonces mi estado de ánimo cambiaba siempre a «molesto», y comenzaba a vociferar.
—¡Miguel!, ¿qué es esto? ¿por qué no está éste camión en su lugar? ¿qué es eso embarrado en el sillón? ¿quién dejó esa pelota en la escalera? —preguntaba estúpidamente, pues no había demasiadas opciones, ¿o sí? Así que decidí hacer algo al respecto. He aquí mi peregrinaje para intentar lograr que Miguel guardara sus juguetes:
  1. Gritar, vociferar, manotear, patalear, etc.: Mientras yo señalaba cada objeto y preguntaba qué diablos hacía ahí, el Migue me veía; y antes de que lo agarrara, lograba salir disparado y no mover nada. Los juguetes siguieron en el suelo. Esta técnica definitivamente no funciona.
  2. Ordenarle que recogiera: Tras ver que los gritos no funcionaban, intenté ser un poco más directo. Comencé a decirle de forma enérgica «Miguel, ¡Levanta tus juguetes!» con todas sus posibles variantes. Los resultados fueron más o menos los mismos.
  3. Acusarlo con la directora de su escuela: Sí, lo sé, muy chafa, pero la desesperación me llevó a este punto. Lo único que obtuve fue un «Aquí guarda bien su material. Si en la casa no recoge, probablemente se debe a que el ejemplo ahí no está bien establecido». Una mirada rápida a la casa en el día a día, y su tino me asustó. Decidí buscar una salida de más fácil implementación.
  4. Usar la canción de Barney: «Limpia, limpia, guarda todo en su lugar...» (la encuentran en youtube buscando Barney limpia). Aquí me tienen cantando como tarado. A veces Miguel recogía, a veces no. Todo era dependiente de su estado de ánimo. Más o menos lo mismo que los gritos, pero sin estrés (y con una probabilidad de éxito mayor a cero).
Resignado, había perdido casi todas las esperanzas de que mi hijo fuera una persona ordenada. Sólo me quedaba rezar «es una fase, ya se le pasará» que, honestamente, no me convencía mucho. Un día de fin de semana, cansado de tener que lidiar con eso, comencé a levantar las cosas y en tono tranquilo, simplemente le dije:
—Miguel, ¿me ayudas a recoger por favor?
—Sí papá. Claro.
Y comenzó a levantar sus cosas. ¡No lo podía creer! La mandíbula se me fue al suelo y la baba se me escurrió por la barbilla mientras seguía viendo cómo mi hijo levantaba las cosas y las ponía en su caja. ¡Incluso comenzó a cantar la ya conocida pieza del número cuatro! ¿Qué demonios había pasado? Con el juguete en mano intenté descubrir el secreto: la pequeña acción, el elemento distinto, aquello diferente que logró hacer que Miguel actuara. La verdad no fue muy difícil: se lo pedí tranquilo y por favor.

Si a mí me cuesta tanto hacer las cosas cuando siento que me las ordenan, y en cambio estoy inclinado a ayudar a los demás si me piden favores, ¿qué me hace pensar que al niño no le pasa igual? No me extraña que los chicos hoy en día no pidan las cosas por favor, dado que nosotros no lo hacemos. «En el pedir, está el dar». Hoy no me queda duda de eso. Incluso si se le pide a un pequeño de tan sólo dos años y medio.


Peritos
Foto: Louish Pixel vía photopin cc

miércoles, 17 de abril de 2013

¿En qué quedamos?



A Gaby —mi esposa— la multaron hace algunos meses por estacionarse en lugar prohibido. Miguel me acompañó a recoger la placa. En el camino, él quería entender por qué teníamos que hacerlo. Para simplificar un poco las cosas, hice la analogía de cuando nosotros le castigamos sus juguetes por hacer cosas indebidas:
—Papá, ¿a dónde vamos?
—A recoger la placa del carro de mamá. El policía se la castigó porque se estacionó en donde no debe.
—¿Y se la quitó?
—Sí. Como cuando tú no guardas tus juguetes y nosotros te decimos que no los puedes usar hasta el siguiente día. Igual con mamá. El policía le guardó la placa y nosotros vamos por ella, porque ya se la va a regresar.
—¿Ya no se la castigaron?
—No. Ya la puede usar, pero no debe volver a estacionarse donde no tiene permiso, para que no se la vuelvan a quitar.
—¿Y el policía te quita la placa a ti?
—Los policías quitan las placas cuando te estacionas donde no debes, o cuando vas muy rápido; también si hablas por teléfono cuando manejas. No es correcto hablar por teléfono y manejar porque puedes chocar.
—Pero tú no haces eso, ¿verdad? Por eso el policía no se lleva tu placa.
—Exacto, Migue. ¡Tú sí sabes!

Algunas semanas más tarde, en una salida de fin de semana, pasábamos al lado de un parque —en automóvil, por supuesto— y mi teléfono sonó. Al ver que eran asuntos de trabajo —una posible paga—, decidí tomar la llamada. En mi defensa (y al intentar defenderme, implícitamente estoy aceptando haber actuado mal) he de alegar que me encontraba avanzando a escasos 30 Km/Hr y que la llamada no duró más de un par de minutos; sin embargo, al colgar, escuché una vocecita en la parte trasera:
—Papá... ¿en qué quedamos?
—¿En qué quedamos de qué, m'hijo?
—El policía te va a quitar la placa —y aquí me quedé sin habla. ¿Qué le digo? ¿Que no había patrullas cerca y por eso lo hice? ¿Que si no te ve nadie no hay problema? No me quedó opción aparte de admitir mi culpa y prometer redención.
—Tienes razón. No se debe hablar mientras manejas. No lo volveré a hacer.
—Bueno, porque no queremos ir mamá y yo después por la placa con el policía.

Y esto me lleva a concluir, sin temor a equivocarme, que en la gran mayoría de las veces, les hablamos a nuestros hijos de cosas, actitudes, comportamientos, acciones y demás preceptos que NO acatamos pero que nos gustaría que ellos siguieran (comer saludable, hacer ejercicio, meditar, no mentir, etc.); y lo más interesante de esto es que ellos captarán sólo algunas ideas de lo que decimos, pero imitarán el 100% de lo que hacemos. ¿Quieres ser un papá consciente? Pues a dar el ejemplo con tus acciones y no el sermón con tus palabras.

Peritos
  Foto: Thomas Hawk vía photopin cc

viernes, 12 de abril de 2013

¡Cállate!


Un día «bueno» —de esos en los que todo sale bien en el trabajo, y te sientes feliz—, a punto de irnos a comer; voy con el Migue y le digo que se lave las manos. Me doy la media vuelta y lo escucho a mis espaldas en un tono de voz bastante alto: «¡Cállate!». Por un breve instante estuve a punto de perder la compostura y ponérmelo como lazo de marrano. Súbitamente, un pensamiento surge en mi mente: «no lo regañes —todavía—, primero investiga por qué lo dijo; a lo mejor no le quiere imprimir el significado que estás interpretando».
—¿Cómo me dijiste? —Le pregunto en un tono de inquisidor.
—Nada. —Me responde con la mirada baja y casi en un susurro. Decido dejar el asunto así, sin insistir.


***

Semanas más tarde, en un día no tan bueno —de esos en los que el estrés está a punto de sacarte los ojos de las órbitas—, estábamos listos para comer, y el perro ladrando desde hacía media hora. Los ladridos retumbaban en mis oídos, haciendo un eco infernal en la cabeza; hasta que, a punto de explotar, le grito al animal: «¡RIGO, CÁLLATE!». Y tras de mí, una vocecita que le grita: «¡Cállate!».

Está de más decir que me vino a la mente el episodio anterior, donde el niño me había callado. Ahora sabía de quién había aprendido esa frase: ¡de mí! Tuve que colocarme a la altura de mi hijo y explicarle que esa palabra sólo se usa con los perritos, no con las personas. «Eso no se le dice a la gente, es falta de educación»; desde entonces, tengo que pensar dos veces las cosas antes de decirlas, porque fuera de contexto, pueden ser fácilmente malinterpretadas  ¿Qué habría pasado si en el primer episodio lo hubiera reprendido fuertemente? Al menos le causaría una grave confusión: «Mi papá me regaña por repetir lo que él dice».

Peritos
Foto: martins.nunomiguel vía photopin cc