Nos encontrábamos todos en el auto, con un destino que no es importante para el tema en cuestión. Normalmente en el coche, Gaby y yo les damos a los niños juguetes para hacer el trayecto más soportable. En esta ocasión, a Rafael le tocó un muñeco de acción del Hombre Araña.
—¡KUK! —dijo Rafa, dado que a su edad, es la única palabra que puede decir relacionada con los superhéroes.
—No es Hulk, Rafa. Es «Espáiderman».
—¡KUK!
—¡No es Hulk! Papá, ¿verdad que no es Hulk?
—No —le confirmé—, pero tu hermano no sabe decir otra cosa. Déjalo que le diga así al muñeco.
—Pero es el Hombre Araña. ¡No le puede decir Hulk!
—Migue, tú y yo sabemos que no es Hulk, pero Rafael es todavía un bebé, y no puede hablar igual de bien que tú.
—¡KUK!
—¡Rafa! ¡No es Hulk!
—¡KUK!
—¡NO HERMANO! ¡NO LE DIGAS ASÍ!
—¿KUK?
—¡NO! —Y aquí mi mente divagó, mientras observaba cómo un hecho tan sencillo e intrascendente le puede hacer a un niño perder la cabeza.
Resulta que también los «adultos» podemos ponernos necios por detalles igual de simples y bobos. En el trabajo, en la casa, con los amigos, en los temas de conversación más diversos, buscamos siempre corregir al otro, tener la razón (aunque en muchas ocasiones no sabemos lo que decimos). ¿Es importante que «la verdad» prevalezca? Tal vez no siempre. ¿Necesita que la defendamos? No. Lo que es, es. Punto. Con o sin ayuda. ¿No será que estamos favoreciendo una verdad parcial por temor a que nuestra visión del mundo sea alterada? Por muy absurdo que parezca, a veces nos enganchamos en conversaciones que, simplemente, no llevan a ningún lado; pero el enojo y la pasión por poder sobreponer un punto de vista puede mover montañas.
Ahora me he dado cuenta de ese juego. Si una persona me comenta algo —una opinión personal— y en mis tripas siento las ganas de rebatir, de corregir, de señalar el «error» ajeno, a veces tengo la suerte de notarlo antes de actuar y simplemente observo esa emoción. Pienso bien las cosas antes de comenzar la discusión. En contados casos con mencionar mi parecer una vez es suficiente. En el resto es una necedad. No me llevará a ningún lado ni ganaré nada con eso. Entonces, mejor dejarlo así. ¡Que viva la paz!



