domingo, 22 de diciembre de 2013

¿QUÉ?


Hasta hace unos tres meses, tenía un ladrillo por teléfono celular. Fue obra de mi esposa junto con mi comadre el logro de que adquiriera un dispositivo «inteligente». Cuando lo obtuve, me la pasé varios días viendo aplicaciones y configurando el teléfono. Recientemente descargué un programa gratuito en mi teléfono que monitorea mis ciclos de sueño: cuántas horas duermes, la cantidad de tiempo en REM e incluso tiene un sistema de grabadora que se activa automáticamente —si hay sonidos por encima de cierto nivel— para que puedas escuchar cuando roncas.

Como estaba probando el programa, decidí prender el sistema de grabación, aunque considero que no soy de los que emiten sonidos raros (ya sé, todos dicen eso... pero Gaby me lo confirma) y me topé —para mi sorpresa— con que alrededor de las tres de la mañana se escuchan unos piecitos sobre el suelo de madera y al poco tiempo una vocecita (de Miguel) que dice «Papá, soñé feo. Tengo miedo». Recordaba perfectamente esa parte de la noche, cuando Migue me despertó y lo invité a acostarse un rato en mi cama. Lo abracé por unos cinco minutos y luego lo llevé a su recámara, diciéndole que su juguete de Spiderman lo protegería de todos los malos que salieran en sus sueños. Regresé a dormir.

Lo que no recuerdo para nada, es lo que sucedió un par de horas más tarde. Migue ¡regresó!, y claramente se escucha ésta conversación:
—Papá, no se me quitó el miedo.
—Lávate las manos y se te quita.
—...
Incluso ahora puedo imaginar la cara de mi hijo pensando «¿¿¡¡QUÉ!!??»

Peritos
Edad de Migue: 4 años, 4 meses.
Foto: Infozeus vía photopin cc

viernes, 29 de noviembre de 2013

¿Les ha pasado?


Seamos sinceros. A todos nos ha pasado.

Estaba sentado en la taza, terminando mis asuntos cuando de pronto lo noté: el rollo de cartón ¡sin papel! El pánico comenzaba a trepar por mi cabeza cuando imaginé que Miguel podría estar cerca.
—Miguel. —Inquirí.
—Mande. —«Salvado», pensé.
—¿Me puedes hacer un favor?
—Sí papito. —«Lo agarré de buenas».
—¿Podrías ir al baño de abajo y traerme papel?
—Claro.
Escuché sus pasos bajando la escalera. Una puerta que se abre. De nuevo el sonido de sus pies contra los escalones. Se acerca... ya viene...

—Ten papá. —Me dice al entrar al baño. Extiende su mano y observo con un sentimiento que no logro identificar: trae consigo tan sólo dos cuadritos de papel. No me quedó opción. Solté la carcajada y le agradecí su «abundante» aportación.

Peritos
Edad de Miguel: 4 años.
Foto: Jessia Hime vía photopin cc

jueves, 7 de noviembre de 2013

Despedida


Después de mi accidente comencé a buscar comprador para mi auto. Hoy lo vendí. Tras arreglar los papeles necesarios, acordamos una hora para que el nuevo dueño pasara a recogerlo en grúa. Ya se lo llevó. Parece tonto, pero antes de que lo remolcaran me despedí de él, le agradecí y —de alguna forma— me dolió.

Mi manera de ver el mundo es un poco como el panteísmo, donde «Dios» es el nombre que le doy al Todo: un mundo interconectado. Un engranaje en perfecta sincronicidad (no sincronía). Un universo donde cada una de las partes juega un papel importante en todos los eventos, pues cualquier cambio repercute —como si de onda de choque se tratara— de formas insondables para la mente humana; sin embargo, Gaby me hizo pensar un poco de forma animista: un mundo donde todos los objetos tienen «alma» (por decirlo de alguna manera). Todo está vivo y, siendo así, el auto me protegió en el momento del choque. Él se llevó todo el impacto. Él pagó el precio de mi inconsciencia... tras pensarlo así, no tuve más que agradecerle por estar ahí, por sus años de servicio y —tal vez a modo de consuelo— pensar que, de cierta forma, se volverá un «donador».

Que mi carrito llegue lejos, que trascienda. Si ya no lo puede hacer como una unidad, al menos lo hará en otros autos, sirviendo a más conductores que, tal vez, manejen mejor que un servidor. Gracias. Adiós.


Peritos
Edad del auto: 6 años, 1 mes, 8 días.
Foto: Claudio.Núñez vía photopin cc

viernes, 1 de noviembre de 2013

Diálogo robado


Me platicó mi hermana un diálogo con su hijo que me cayó en gracia, así que le pedí permiso para robármelo y colocarlo en este blog. Un ejemplo más de lo maravillosos que son los niños y de su forma literal de pensar.

Se levantaba mi sobrino hoy por la mañana (primero de noviembre) y, tras abrir los ojos, comienza a gritar:
—¡Mamá!, ¡mamá! ¿Ya es Navidad?
—No hijo, todavía no —dijo ella, sorprendida por la pregunta.
—¡Ah! —respondió un muy desilusionado chiquillo— Es que me dijiste que era después de Halloween.

Peritos
Edad de mi sobrino: 5 años, 7 meses.
Foto: cuellar vía photopin cc

jueves, 24 de octubre de 2013

Choque de sufrimiento



El lector disculpará si el relato que narro a continuación no es del todo exacto. Algunos datos están confusos en mi mente y otros más se fueron borrando poco a poco después del evento; sin embargo algo queda perfectamente claro: esta fue una llamada a la consciencia tan buscada en este blog de una manera completamente inesperada. He aquí lo que me sucedió esa noche:

Llegamos a la casa, después de un día completamente normal y monótono. El carro de Gaby ya no tenía gasolina, así que me lo llevé a la estación de servicio más cercana. Tras cargar, iba pensando en cuál sería mi cena de esa noche. Estaba indeciso entre si alitas de pollo o un elote... esas eran mis preocupaciones en ese momento. Yendo sobre la avenida Bernardo Quintana, tomé el puente de retorno que me llevaría de vuelta a mi casa. Tras tomar la curva que sube al puente, el celular vibró. Sacarlo de mi bolsa y voltear a ver la pantalla consumió el tiempo suficiente para perder la preciosa distancia que había entre mi auto y el tráiler que estaba completamente estático y sin luces frente a mí. Al regresar la mirada hacia el camino, el remolque estaba prácticamente encima. Pisé el freno. Me preparé para el impacto, estirando los brazos completamente, para poner la mayor distancia entre el volante y mi cuerpo. El carro comenzó a frenar, pero la distancia fue poca y se impactó contra el remolque. Por lo alto de este, mi carro no pegó con la defensa, sino que comenzó a pegar a la altura del medio cofre, lo cual fue poco metal para detenerlo. El remolque incursionó prácticamente hasta el parabrisas y mis brazos cedieron ante la fuerza del impacto, llevando mi cara hacia el volante. Me golpeé fuertemente la nariz y los labios.

El aturdimiento en estos eventos es impresionante. Sabía lo que sucedió, pero la cabeza comenzó a divagar y a pensar cosas que no tienen sentido. La famosa «cámara lenta» que se dice que ocurre en situaciones similares no la viví. Simplemente no me dio tiempo. Al verme rodeado de vidrios, intenté salir. Accioné la manija de la puerta del conductor y traté de abrirla, sin éxito. Como la puerta estaba trabada —después comprobé que el marco terminó completamente chueco—, empujé fuertemente con mi mano derecha, generando cortes en toda la mano. En este momento estaba el conductor del tráiler ya a mi lado, preguntándome si me sentía bien. Salí caminando del automóvil y me fui a sentar —o me sentaron, más bien— a la orilla del puente, sobre una banquetita, en lo que arribaban la ambulancia y los demás servicios de auxilio. Cuando por fin mi cerebro comenzaba a caminar de manera normal, decidí llamarle a Gaby. Al buscar el teléfono en mi bolsa, no se encontraba —obviamente— y tuve que regresar al coche. Lo encontré en el piso. Mi nariz estaba sangrando profusamente y mi mano también estaba llena de sangre. Le llamé a mi esposa. No contestó. Le marque a mis padres en espera de que ellos pudieran auxiliarme. Mi mamá me contestó y tras narrarle el incidente le habló a mi cuñado, que salió de su casa para ir donde el choque. Llegó la patrulla y el oficial me preguntó lo que había sucedido. Me pidió que permaneciera sentado. La ambulancia arribó al poco tiempo y me revisaron por completo. Al ver la mano la limpiaron y vendaron. Me encontraba relativamente bien, así es que sólo me hicieron firmar una hoja y se retiraron. Cuando llegó mi cuñado y vio lo sucedido, él tomo control de todo. Llamó al seguro, recogió las cosas que estaban dentro del auto, y atendió la petición de la policía que nos urgía a movernos en cuanto llegó la grúa, dado que estábamos en un lugar peligroso y podíamos ocasionar otro accidente. Nos movimos a la gasolinera más cercana, seguidos por la grúa, la patrulla y el chofer afectado. El frío que yo sentía era bastante fuerte. Temblaba por completo. No sólo por la temperatura del ambiente, sino probablemente por el descenso de adrenalina en mi torrente sanguíneo. La mano comenzaba ya a dolerme. Llegó el ajustador del seguro a ver los daños y después de un rato me informó que mi póliza había expirado dado que no tramité la renovación. El ajustador fue muy amable en todos los sentidos incluso cuando sabía que no tenía ya seguro contratado. El oficial se comportó siempre muy profesional y servicial; y el chofer del tráiler fue también una persona honrada —y se veía verdaderamente preocupado por mi bienestar—, así es que dado que el remolque no sufrió daños sustanciales, acordaron que sólo pagaría una cierta cantidad y nos dejaron partir. Acompañamos a la grúa a dejar el carro en la casa de mi cuñado y de ahí nos dirigimos al hospital.

De camino al hospital mi cuñado le habló a mi primo, que es médico, y nos alcanzó en urgencias. Ahí me volvió a limpiar la mano, a sacarme los pocos vidrios que quedaban incrustados y la vendó. Hasta ahora parece ser el daño más fuerte que sufrí y es básicamente lo que me molesta más. Aparte de eso, en el labio tengo una hinchazón —que me preocupa sólo por el lado estético— y me duelen los dientes del impacto con el volante. Posteriormente me llevaron a tomar radiografías. Verificó que no hubo daño en columna ni fractura en el brazo, así es que a estas alturas del partido, todo magullado con los dolores y los achaques normales de haberme impactado contra una mole de varias toneladas y estar a punto de meterme debajo del mismo, puedo considerar que el saldo fue positivo. Corrí con mucha suerte. No dejo de pensar todos los pequeños detalles que hacen de la vida lo que realmente es... fantaseo en si me hubiera puesto el cinturón (que, a pesar de normalmente usarlo, por esta ocasión no traía porque era un viaje «corto» de regreso a casa), si no hubiera volteado a ver el celular, si hubiera ido más despacio y demás eventos que normalmente hubieran podido haber evitado la catástrofe; sin embargo también me asustan los escenarios con un final menos feliz: si el remolque hubiera estado unos centímetros más alto, el cofre no hubiera recibido el impacto.

Hay una teoría de choques de un tal Gurdjieff, en donde se dice que todo nuestro aprendizaje es a base de sufrimiento. Cuando una persona no sufre, se estanca. Se queda quieta sin obligarse a mover. Todos tenemos cierto tipo de sufrimiento (sólo es cuestión de pensar todas las cosas que hacemos sin realmente quererlas hacer), pero a veces aprendemos a manejarlo y nos vamos quedando estáticos, sin evolucionar. Es entonces cuando un choque de sufrimiento es necesario para reactivarnos. Lo narrado aquí fue el mío. Una fuerte llamada de atención que, amablemente, me invita a no dar lo que tengo por sentado y a luchar por esa consciencia que —como se puede comprobar— me elude.

Peritos
Edad del inconsciente accidentado: 35 años.
Foto: Álvaro (mi cuñado).

miércoles, 16 de octubre de 2013

Fuera de contexto


Miércoles de clase de natación. Miguel ya había salido y estábamos en los vestidores, después de que se bañara. En ese momento entra uno de sus maestros y comienza a platicar con mi hijo sobre la clase que acababa de tomar, mientras se iba desvistiendo para ir a las regaderas. Al quitarse la playera —y debido a su sobrepeso— se dejó ver una barriga de buen tamaño, a lo que el niño sin dudarlo comentó —en voz muy, muy alta—: «¡Ay! ¡Tu sí que estás panzón!» Por supuesto le dije discretamente al Migue que no dijera eso mientras deseaba internamente que todo el asunto no hubiera sucedido. Vergüenza ajena le llaman muchos a este tipo de situaciones y todos los niños eventualmente salen con un comentario del estilo; sin embargo lo interesante aquí es que no lo hizo con afán de burlarse o por pretender ser grosero. En nuestra casa, a mis hijos yo les llamo «papito» y Gaby le dice «flaquito» a Migue, mientras que a Rafa le dice de cariño «panzón». Para mis niños es de lo más común el utilizar ese mote de forma amistosa. Su profesor ciertamente no lo tomó a mal, pero de seguro no le encantó el comentario.

Situaciones similares suceden siempre que los comentarios se toman fuera de contexto. Para cualquier persona que no tuviera el antecedente de que así le llamamos de cariño a Rafa, el adjetivo pudiera parecerle un insulto de un escuincle irreverente. A mí me hizo recordar la cantidad de veces que le llamó así a su hermano con una enorme carga de cariño fraterno. Es normal que tomemos cualquier parecer que otra persona expresa según lo que conocemos de esa frase (o cómo la hemos usado en el pasado); pero es muy importante tener en cuenta que, a pesar de lo que pensemos, probablemente esa no era la interpretación que nuestro interlocutor intentaba comunicar. 

Peritos
Edad del Migue: 4 años, 5 meses.
Foto: Neil. Moralee vía photopin cc

lunes, 30 de septiembre de 2013

¡Qué padres padres!


Hay ciertas temporadas en las que la economía se pone un poco apretada. En algunas situaciones los gastos son muy obvios, como el pago de colegiatura o inscripciones, los útiles escolares, la cuesta de enero, los eventos y regalos en navidad, etc., pero hay otras eventualidades que no son tan fácilmente identificables y que representan para nosotros los padres un sacrificio a veces grande —a veces no tanto— pero que hacemos por el amor que le tenemos a los hijos. Hoy estoy pasando por una situación de estas.

Pues con la novedad que el Rafita ya no cabe en la cuna en la que está metido y entonces hemos llegado al triste aserto de que es imperativo comprarle una cama. Cuando se lo comentamos al chiquillo, el Migue vio burro y se le ofreció viaje: «Yo también quiero comprar una cama», dijo. En un principio simplemente nos pareció irrisoria su petición; pero tras dedicarle dos segundos de análisis a la idea, notamos —con mucha desilusión— que también tendríamos que darle una. El mueble que tiene por el momento fue usado por Gaby... ¡cuando era soltera! La base ya tiene una pata rota y con el peso de un adulto, el colchón se hunde en demasía. No hay posibilidad de escape. Miguel estuvo bastante contento al escuchar que él también tendría un nuevo lugar para dormir. Como consecuencia, lo que otrora fuera una cama (que es una inversión de determinado tamaño), se vuelve ahora una renovación de recámara (pues incluiremos también un buró) y, debido a eso, requerimos de un gasto sustancialmente más grande.

Aquí me puse a pensar en retrospectiva acerca de todas las cosas que recibí de mis padres y que daba por sentado. El hecho de tener un techo (y sí, ya también tengo que impermeabilizar), muebles en la casa, juguetes, ropa, útiles escolares, leche, pan en la alacena y demás cosas que se daban por sentado o que aparecían mágicamente no se considera y no se aprecia nunca cuando uno es niño. O al menos yo no lo hice. Vamos, ni siquiera notaba que alguien tenía que ir a comprar algo tan simple como el agua, mucho menos valoré verdaderamente el esfuerzo que mis padres hacían. Ahora que lo estoy viviendo desde el otro lado y que a veces me cuestan trabajo algunas cosas, entonces realmente comprendo la complejidad y la extensión de toda la labor que significa dar sustento como padre (y sólo estamos hablando de la parte económica... dejaremos lo emocional para otra entrada). Este es el momento en el que me toca pagar —rezagadamente— a mis progenitores haciendo lo mismo que ellos conmigo y dándoles ahora todo a mis hijos; sin embargo aún falta una parte que sólo se puede compensar a través del agradecimiento: voltear la mirada y por lo menos hacerles saber que ahora reconozco y valoro todo el esfuerzo que vivieron para hacer de mi vida lo que es hoy. Sólo así se sentirán recompensados no sólo por el tipo de persona que soy o por la forma en que les pago a mis hijos lo que recibí, sino por la mera comprensión y validación de todo su trabajo y ahínco. Y puede ser que, mientras ellos leen estas líneas, en su interior dirán —tal vez con alegría—: «valió la pena».


Papá, mamá: Gracias.

Peritos
Foto: Clearly Ambiguous vía photopin cc

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Castigo terrible


Siendo las ocho y media de la noche, los niños están a punto de dormir; sin embargo el Migue quiere jugar con la computadora por última vez antes de irse a la cama. Tras varios intentos fallidos por conseguir el permiso paterno, decide rogarle a la madre:
—Mamá, quiero jugar con la compu.
—No Miguel. Ya es hora de dormir.
—¡Por favor! —implora, con su vocecita de niño mimado.
—Lo siento, papito. Ya es muy tarde para estar jugando.
Entonces, sus ojitos se entornaron y, con una voz de amenaza pura, le dijo a Gaby:
—Entonces, si no me dejas jugar... ¡me voy a lavar los dientes otra vez!

Gaby casi se orina de la risa, mientras que mi hijo cumplió su amenaza.

Peritos
Edad de Miguel: 4 años, 4 meses
Foto: mauren veras vía photopin cc

jueves, 29 de agosto de 2013

Mar de culpas

Foto: caese vía photopin cc

Desde hace ya un tiempo me enojo por todo. Les grito a los niños, no les tengo paciencia y me cabreo con mi esposa. Nada me satisface en la casa. Siempre estoy de mal humor. Y lo peor de todo es que no me daba cuenta.

He aquí mi andar en el proceso de darme cuenta, de volverme consciente, de regresar de mi confinamiento en ese «mar de culpas» en el que había naufragado y de encontrar de nueva cuenta mi centro, mi luz, mi paz. Las culpas que forman este océano son aquellas que yo impongo en los demás para poder negar mi responsabilidad. Culpo a otros de lo que me sucede y así no tener que enfrentar el hecho de que el único que puede cambiar mi vida soy yo. Escribo esto —exponiendo mis miedos y mi esencia— para dejar una boya a aquellos que sienten estar pasando por lo mismo. De llegar a la orilla prometo encender un faro para, como mínimo, servir de referencia. Entiendo que mi camino no será el mismo que el de los demás, pero nunca sobra por lo menos saber que no se está solo en el naufragio. Para mí fue importante.


*   *   *


EL CAMINO DE LA AGRESIÓN

Foto: Funky64 vía photopin cc
Un día como cualquier otro. Una travesura como muchas antes... y exploté. Agarré al Rafa de forma bastante brusca mientras le gritaba. Gaby me lo quitó suavemente de las manos, se lo llevó y me dijo: «No sé qué traes, pero llevas varios días que no te calienta ni el sol. ¿Qué te está pasando?» El tema se dejó por la paz ahí, pero la semilla de esa frase germinó. Efectivamente mis reacciones eran exageradas y, como ella lo había comentado, llevaba varios días así. Hice acopio de todas mis destrezas y comencé a observarme cada vez que me enojaba.

Durante mi tiempo de observación, me percaté de que cuando los niños me alteraban, me convertía en un monstruo. Perdía toda compostura y me superaba la situación. Era ahogarme en un vaso de agua. Al verme en mi enojo, descubrí que culpaba a los niños por mi desquicie; pero la verdad es que en todos los casos ya estaba irascible y poco tolerante. Tratando de encontrarle sentido a todo, noté —curiosamente— que siempre que perdía la consciencia Gaby estaba presente. Entonces acepté que estaba enojado con ella; concluí que me frustraba no poder enfrentarme al enojo que le tenía, y esto lo manifestaba en forma de agresión hacia los niños. Había determinado que, contra lo que pensaba, mis hijos no eran los «culpables» de mi ira.


*   *   *


EL CAMINO DEL ENOJO

Foto: Laurent Lavì Lazzeresky
vía 
photopin cc
Algunos días después, Migue hizo un berrinche. Lo manejé sin mayor problema; en la tarde, con Gaby presente, continuó con el berrinche. No duré ni cinco minutos antes de que todo se fuera al traste. Con este hecho, tome la decisión de hablar. Le expliqué que estaba enfadado, que me parecía que todo mi enojo era hacia ella, y ese era el motivo de mi poca paciencia ante los chiquillos. 

En mis elucubraciones mentales básicamente la culpé de mi «situación» porque me sentía presionado y estresado debido a la desigual carga de responsabilidades en la casa. Me parecía que todo lo hacía yo: darles de comer, llevarlos y recogerlos de la escuela, cuidarlos en la tarde, etc.; pero cuanto más le decía que tenía la culpa, más me percataba de que en realidad la causa real no era esa. Que había algo más abajo. Algo aún oculto. Ella me cuestionó: «¿Qué necesitas de mí?» y entonces me preguntó por cada uno de los hechos de los que me estaba quejando, hasta que comprendí que aunque me diera todo eso, seguiría repelando de algo y que la base de todo el problema era que yo no me encontraba contento. No estaba a gusto. Me dí cuenta de que aún si ella hiciera todas las labores domésticas, algo seguiría estando mal. Que no es eso lo que busco y que es solamente un pretexto. Sé que hay algo más que no logro identificar. Unos cuantos minutos de diálogo y resolvimos que las obligaciones no estaban tan «lateralizadas» como me parecían. Ella tiene su buena parte de tareas, pero estaba minimizándolas para poder ponerme en el lugar de víctima. Entonces, ¿qué diablos es lo que me tiene así? Seguí en el proceso de observarme cuando me enojaba, para descubrir la verdad. Entonces encontré otro «culpable»: el estrés.

*   *   *


EL CAMINO DEL ESTRÉS

Foto: abbilder vía photopin cc
El estrés es el culpable favorito de todos. Cualquier cosa se le puede imputar: desde ligeros cambios de humor hasta la muerte por cáncer. Los médicos lo utilizan mucho —creo yo— para intentar explicar un padecimiento, cuando no identifican a ciencia cierta el motivo de los síntomas en un paciente. Y lo peligroso aquí es que no siempre se sabe qué lo causa. En esta etapa de mi búsqueda me topé con una pared. Una pared invisible e intangible, porque el estrés lo es todo sin ser nada a la vez. Porque puedes decir que una persona está estresada cuando se ve alterada, pero el trasfondo de esa alteración no se considera. Todos atacan a este enemigo con meditaciones, vacaciones, cambio de atmósferas, rastros de vida ascética, retiros, cambios de hábitos, dietas y demás artilugios que funcionan de manera temporal pero que inevitablemente se destinan al fracaso cuando no eliminan de raíz la verdadera causa del problema. Y eso me pasó a mí.

Luchar contra el estrés es luchar con un fantasma. Es intentar controlar la tos dejando de respirar en vez de lidiar con la enfermedad que la ocasiona. Es un absurdo. Para eliminar el estrés hay que evitar los actos, situaciones y pensamientos que lo desatan. Luchar con los generadores en vez de con el síntoma. Y no siempre están visibles. Se esconden... o, mejor dicho, los escondemos. Los ocultamos porque preferimos vivir en una situación problemática pero sabida, que salir a algún estilo de vida desconocido. Nos da miedo lo que no hemos experimentado y por eso preferimos quedarnos en lo que nos es familiar, por mucho daño que nos haga.

Mi estrés me llevó a buscar su origen en mi economía (o la falta de ella), en el trabajo, en la familia —nuclear y extendida—, en mi estilo de vida, en los amigos, los vicios, los hábitos... y he de admitir que su hallazgo me eludió por mucho tiempo; pero un día encontré esa raíz: mi falta de sentido. El estancamiento de mi desarrollo personal. La realización personal es la que me hace estar bien conmigo mismo; y si no estoy bien en ese rubro, es imposible que convivir sanamente con los demás. El no tener un rumbo trazado en mi vida y encontrarme a la deriva generaba en mí una profunda tristeza que sólo se sobrellevaba arrojando enojo —para ocultarla— a aquellos que tocaban esa parte de mi superficie. Siempre ha sido más fácil estar enfadado o iracundo con los demás que aceptar que no sé qué hacer con mi vida; y eso es deprimente.

*   *   *


EL CAMINO DE LA DEPRESIÓN
Foto: h.koppdelaney vía photopin cc
La tristeza que destapé al lidiar con mi estrés se convirtió en la siguiente culpable de mi lista. Y, mientras tocaba fondo, discerní que conforme vas creciendo cronológicamente y te involucras más en situaciones de vida rutinaria, tu alma envejece un poco. La rutina autómata aniquila los deseos de vivir al remover el sentido de vida. El placer por las cosas sencillas se pierde y la vida se sigue por inercia, no por gusto. No hay un fin último. No hay un sentido. No hay una meta. Es un desfile de días de igual magnitud al anterior sin siquiera una orientación. Como andar en el desierto ignorando que el calor te está matando. Es naufragar en alta mar. Significa perder la esperanza. Me percaté que las preguntas que todo el mundo se hace (y que pocos responden a consciencia) para hacer un plan de vida, como «¿qué quiero de mi futuro?», «¿hacia dónde voy?», las eludía con retóricas que realmente nunca entendí.

Entonces me hice a la tarea de contestarlas. Determiné que faltaba dedicarme tiempo, y busqué espacios (que no soltaré jamás) para sacar de mi mente, de una vez y por todas, esas respuestas que tanto anhelaba. No pude, pero vaya que disfruté ese tiempo. En él encontré qué quería de mi vida en seis meses; y noté también que cuando pensaba no en meses, sino en años, la idea cambiaba —a veces radicalmente—; y ésta a su vez se volvía obsoleta cuando planeaba en el orden de décadas, en lugar de años. «¿Por qué es tan difícil dar con esto?», pensé. Y poco a poco nació la idea «¿Y si lo estoy haciendo al revés?, ¿qué sucede si en vez de pensar en un plazo largo, pienso en un plazo mucho muy pequeño?» Y fue cuando intenté responder: «¿qué quiero de mi vida ahora?»

*   *   *


Foto: khalid almasoud vía photopin cc

EL CAMINO DE LA ILUSIÓN

Ahora me encuentro de frente a ese mar de culpas. Culpas ajenas. Todas imputadas. Y súbitamente me doy cuenta que ese océano en realidad no existe. Que nadie tiene culpa alguna, que es la ilusión de mirar a lontananza exhausto por el largo caminar. Como si vieras húmedo a lo lejos el camino que lleva varias horas bajo el sol. Una farsa. Una distorsión.

En cuanto el agua se evaporó, encontré únicamente mi responsabilidad donde antes parecía haber culpa ajena. Estoy parado en un desierto, libre de caminar en cualquier dirección. Sigo sin un rumbo fijo, pero ya no es tan necesario porque la vida debe ser disfrutada segundo a segundo. Basar mi felicidad en alcanzar una meta en particular significa que la infelicidad llegará invariablemente cuando algo me desvíe en el camino; sin embargo, si se disfruta cada momento, la vida se adaptará sola al nuevo rumbo sin generar sufrimiento en mí. El momento de construir una vida no fue cuando erré el camino. Es ahora. Lo forjo con cada paso, con cada decisión, cuando tomo las riendas de mi vida y acepto con toda fe que el único capaz de liberarme soy yo. Y he decidido hacerlo.

No tengo destino fijo. No puedo ver más allá del horizonte, pero ocuparme únicamente del paso actual aligera la carga. La vida se vuelve más noble. Y aquello que otrora fue un mar, hoy se vuelve un oasis. Un paraíso. Un motivo para seguir de pie e invitar a otros a que unan sus pasos con los míos... especialmente cuando sienten que han naufragado.

Peritos

martes, 20 de agosto de 2013

Nueva amiga



Por fin terminaron las vacaciones, y los escuincles van de vuelta a la escuela. De su primer día de clases regresaron contentos a la casa. Cuando estábamos comiendo, Gaby interrogó al mayor para saber cómo le había ido en su día:

—Migue, ¿cómo te fue en tu primer día de clases?
—Bien —dijo, sin quitar la vista de la sopa.
—¡Pero platícame! ¿Tienes la misma miss?
—No. Es otra.
—¿Y tus compañeros? ¿Están todos? ¿Hay alguno nuevo?
—Pues yo tengo una amiga bien padre.
—Ah, ¿sí? ¿Y quién es tu amiga bien padre?
—Es una amiga nueva... que no conozco y que se me olvidó su nombre.

Peritos
Edad del Migue: 4 años, 2 meses.
Foto: Zitona vía Flickr cc

viernes, 16 de agosto de 2013

La mosca



Todos sentados a la mesa y, de pronto, un objeto volador ya identificado la sobrevuela. En efecto, estoy hablando de ese bichito que zumba y zumba. Aquel que se para en la comida a ensuciar con sus patitas llenas de excremento mientras se acicala la trompa nomás pararse en alguna superficie. Era el insecto al que llamamos mosca.

Intentamos ignorarla por algunos momentos, pero fue demasiado insistente para posarse sobre el pollo —recién empanizado— de los niños. Se llevaron a cabo varios intentos fallidos por disuadirla en su invasión a la mesa hasta que, harto, me levanté para ir por el asesino que nos defendería de esa intrusa: el matamoscas; sin embargo, en el preciso instante en que el objeto es puesto en evidencia, el díptero desapareció. Ni rastro de ella. ¡Menuda suerte! Una vez que me siento (guardando de nuevo el instrumento), la muy socarrona sale de nueva cuenta al ataque. Esta vez me pongo en pie —muy lentamente— mientras sostengo el arma pegada a mi pierna, evitando así que note la presencia de lo que la llevará a su tumba; sin embargo el animalito es demasiado insistente en ubicarse sobre los alimentos y la mesa, haciendo imposible asestar un golpe sin volver incomibles las viandas. Tras varios momentos de intensidad absoluta y viendo que ella no daría su brazo a torcer, les digo al resto de los comensales: «Espanten a la mosca cuando la vean parada en la mesa, para que se vaya a la ventana».

Una vez dada la instrucción, sólo era cuestión de seguirla en su zigzagueante trayecto hasta que se ubicara en un punto que permitiera mi ataque. La futura víctima voló ingenua hasta la esquina de la mesa —a escasos centímetros del Migue— que, en cuanto la vió (y acatando la orden como todo buen soldado), acercó su cara a ella y le gritó: «¡BUUUUUU!»

Peritos
Edad del Migue: 4 años, 2 meses.
Foto: olga.palma vía photopin cc

jueves, 15 de agosto de 2013

Eternidad


En aquel remoto tiempo en el que era pequeño, mi familia me apodaba "el Avoyito" porque —cuenta la leyenda— cuando me hablaban para comer o salir o cualquier otra cosa que implicara dejar el juego en el que estaba, siempre contestaba «Avoy-é» (que se traduciría a algo como «ahí voy, eh»). Durante años y años fui motivo de risas entre la familia por esa frasecilla; y ahora me está tocando ver el otro lado de la moneda, ya que cuando le pido a Miguel que haga algo (lavarse los dientes, vestirse, ponerse los zapatos, etc.) y tiene que dejar el juego en el que está, me dice «sí» (cuando tengo suerte y me contesta) pero sigue inmerso en su juego. Hay que repetir la «orden» unas cuantas veces antes de que le entre en la mollera; y cuando por fin logras que comience la actividad solicitada, se toma tooooooooodo el tiempo del mundo. Es, en términos cotidianos, eterno; y para ser sincero es desesperante cuando tengo la premura de llegar a algún lugar o simplemente cuando lo estoy esperando para hacer algo.

En una ocasión, platicando con la directora de su escuela, nos dijo algo que me dejó pensando (haciendo referencia, principalmente, a su lentitud): «Él tiene sus tiempos para hacer las cosas. No lo apresuren. Dejen que haga las cosas a su ritmo»; y entonces entendí el simbolismo oculto de la palabra eterno. Significa que él vive el presente en todo momento. Existe en la eternidad. Sin pasado ni futuro. No tiene preocupaciones por lo que fue o lo que será. Solo le interesa el momento en el que actualmente se encuentra; y eso es disfrutar la vida al máximo. No digo que planear está mal, pero casi siempre mis actividades son un medio para un fin. Un simple paso para lograr alguna otra cosa que a su vez es otra tarea sólo para completar algo más... y así hasta que me llegue el día de dejar este mundo y nunca habré alcanzado la meta última. Si, en cambio, le hiciera como mi hijo y disfrutara cada momento, podría perderme en cualquier actividad. Dejarnos llevar por el presente. Entiendo que la vida moderna es demasiado agitada y no da tiempo para esto, pero también me queda claro que la decisión de qué tanto me dejo atrapar por esa vida moderna es sólo mía. Se podrá argumentar que el trabajo y las ocupaciones son necesarias para tener los bienes, pero en muchos casos esos bienes a los que tanto aspiro son cosas que no disfruto por mucho tiempo (por estar ocupado en obtener más bienes), así qué ¿qué caso tiene acumular lo que no se puede gozar?

Peritos
Edad del Migue: 3 años, 6 meses.
Foto: bogenfreund vía photopin cc

martes, 30 de julio de 2013

Vidente


Ambos niños están sentados en sus sillas especiales para el auto. El carro está en movimiento y les puse sus cinturones de seguridad antes de iniciar la marcha. Rafael es un escapista asombroso y continuamente está sacando los brazos por debajo de los tirantes de la silla, para quedar sujeto únicamente por el cinto que le amarra la cintura.

—Papá, el Rafa piensa sacar las manos.
—¿Y cómo sabes qué está pensando? —lo interrogué, francamente divertido por la curiosa selección de palabras.
—¿Verdad Rafa? —le preguntó a su hermano.
—Sí, Guigue —contesta el otro, sin hacerle caso.
—¿Ya ves papá? Lo sé porque me dijo.

Peritos
Edad del Migue: 4 años, 2 meses.
Edad del Rafa: 2 años.
Foto: ollycoffey vía photopin cc

miércoles, 24 de julio de 2013

La bestia

Foto: Paco Ruiz vía photopin cc

bestia.
(Del lat. bestĭa).

1. f. monstruo (|| ser fantástico que causa espanto).
2. com. Persona ruda e ignorante. U. t. c. adj.



En casi todas las entradas de este blog enumero alguna situación en la que pierdo el control. Describo escenas de cuando mi bestia interna sale a la luz y me transformo en una criatura irracional (y muy enojona, diría el Migue); y desde hace varios días ya no la puedo controlar. Ayer comencé una racha crítica: me desespero con Gaby y con los niños por cualquier cosa y quiero estar solo. Les grito, los amedrento, los regaño y demás acciones propias del monstruo, pero muy alejadas de la consciencia que pretendo personificar. Hoy hasta a mi perro le tocó una regañiza sólo porque estaba molesto. ¿Qué me está pasando?



Da clic para ampliar la imagen.

Durante mi infancia, todos los comportamientos inapropiados fueron reprimidos. A base de condicionamiento modifiqué todas mis actitudes para que cuadraran con lo que la sociedad, familia y religión exigían. Nadie me preguntó a mí qué es lo que quería. Ni siquiera yo. Ahora, al mirar en mis hijos todos esos actos que yo aprendí a refundir en lo más recóndito de mi mente, surge una necesidad imperante por querer que ellos inhiban esas actitudes también. El Migue, por supuesto, me reta y hace que sienta que pierdo el control de la situación (que, de hecho, no tengo); entonces la bestia surge para demostrarle al niño quién manda. Es un intento pusilánime por lograr en él una represión igual a la mía. Y aquí es donde patino. Patino porque no creo que sea el camino a seguir, pero tampoco sé qué hacer. Entiendo que hay cosas que no puedo permitir porque ponen en riesgo a mis pequeños, pero otras simplemente son mal vistas sólo por costumbre. No hay peligro real. Y en algunos casos, tras dedicarle unos segundos de consideración, ni siquiera los creo erróneos.

Cuando la consciencia se retira —dejándome como bestia—, mis actos son irracionales y exagerados. Grito y obligo a los niños a que me obedezcan ya sólo por el simple hecho de dominarlos. Me pierdo en ese animal hasta que algo me fuerza a retomar consciencia; y puede pasar mucho tiempo para llegar a ese punto.

Al consultar a los «expertos» en el área, hay varias opiniones encontradas: las corrientes conservadoras piensan que esas emociones deben ser reguladas por completo. Eliminadas. El control no debe perderse nunca. Creo que jamás lograré dominar esto y que lo único que se logra es alimentar al monstruo interno, en espera del día en que llegue el catalizador indicado que nos hará perder la cordura por completo. Y en algunos casos será un viaje sin retorno. Otros dicen que debería hundirme en las emociones; pero estos no saben la desesperación que representa. No ven el daño que le hago a los que me rodean y en especial a aquellos que amo más. No conocen a «mi» bestia. ¿Cómo es posible que esperemos que la sociedad esté llena de buenos elementos si no soy yo quien educa a mis hijos? Es el animal. Admito que no está en todo momento, pero se filtra a través de mis palabras, se disfraza en mis posturas, se hace presente en las cosas que hago. Esa criatura es la que está dejando el legado en mis hijos. Mis niños están absorbiendo rápidamente todo y creando su propia quimera. Después, como todo buen «papá consciente» les enseñaré a encerrarla; pero esa no es la solución porque tarde o temprano saldrá a la luz. Y no será agradable. Probablemente lo hará hasta que ellos tengan sus propios hijos, preservando así la esencia misma de ese ente generación tras generación. No. Hay que conocerla desde antes. No negarla. Identificar dónde empieza uno y termina la otra; porque no necesita mucho para ser liberada. Es sólo cuestión de empezar a golpear la jaula, y el mundo se encarga de golpear en los puntos indicados, porque es en sí un reflejo de nosotros mismos. Y de todo el mundo, nuestro más fiel espejo son los hijos.

He pensado cómo luchar con la bestia, pero aún no lo infiero, y probablemente lo que sucede es que no la conozco. No se cuales son sus fuerzas ni sus debilidades. No se qué la motiva de día y qué la mantiene tranquila y durmiendo de noche; así que el primer paso es el conocimiento. Es admitir que está ahí para darnos la oportunidad de conocerla. Eventualmente sabré cuándo quiere surgir y podré adelantarme a los hechos. Podré detenerla antes de que la transformación sea completa, o dejarla correr libremente cuando la situación lo permita.

Peritos
Foto: Christophe MacLaren vía photopin cc

jueves, 11 de julio de 2013

Eso no es bonito


De un tiempo para acá, los niños hacen su desmadre por la casa y no pelan ni a Gaby ni a mí. Malditas vacaciones. Son una bendición para ellos, pero a nosotros nos ponen en jaque porque, por desgracia, los dos tenemos que trabajar. Resulta que al encerrar a dos niños sin dormir y a un padre histérico en una casa, se obtendrá un manicomio. Y hoy estuvo de locos. Andaban los dos con su relajo cuando el Rafa agarró un juego llamado Comesolo (mostrado en la imagen), que consiste en un tablero de madera y varias canicas de vidrio. Se metió una de las bolas a la boca y entonces, de inmediato me sulfuré —un poco más de lo que ya estaba—: «Rafael, deja eso —dije, pero ni me volteó a ver—. ¿No entiendes que no debes agarrar los adornos de mamá?, y mucho menos metértelos a la boca. No te los metas a la boca. ¡A LA BOCA NO!» Dicho esto (y debido a que fui olímpicamente ignorado), me lo llevé a tiempo fuera y lo dejé ahí un par de minutos. Todas las emociones apelmazadas en la boca del estómago me tenían muy inestable. Ciento veinte segundos después, sale el chilpayate de su esquina de castigo y va directo... sí, ¡al pinche adorno! ¡Vuelve la burra al trigo! Me encabrono de nueva cuenta. Le quito las cosas de otra vez y le suelto un manazo. Me lo llevo otra vez a la sillita y lo obligo a sentarse.
—Rafael, ¿no entiendes? Te vas a quedar otros dos minutos aquí; y la próxima vez que te metas eso a la boca, te voy a pegar —le dije con una frustración y un enojo verdaderamente apabullantes.
—Papá —intervino el Migue—, ¿ya vas a empezar a pegar?
—¿Qué? —le pregunté, ido por la cólera.
Que si le vas a pegar. Le dijiste que le ibas a pegar, y eso no es bonito —agregó, resaltando las últimas tres palabras con un dejo dulce, melodioso e inocente.

Y entonces la consciencia regresó. ¡Chale! Ni modo. Otra vez la bestia se salió del huacal; pero para justificarlo ostento el miedo —tal vez no tan irracional— de que si se sigue metiendo esas madres a la boca, una se le quedará a medio gaznate. Y entonces sí, pinche susto del que tal vez no me pueda reponer.

Peritos
Edad del Rafa: 2 años, 0 meses, 0 días.
Edad del Migue: 4 años, 2 meses.
Foto: Comesolo, producto de ARTE por manos mexicanas

sábado, 6 de julio de 2013

Reporte de un incidente



Sábado, 6:52 hrs.
El miembro más pequeño de la familia ya está gritando. Sus padres no saben desde qué hora se despertó, pero exige su leche. Tras un corto debate, la madre acude en su auxilio. El lácteo es servido en una mamila y se le entrega al infante, tal como lo solicitó. Ella remueve el receptáculo de orina y lo sustituye por uno nuevo. Devuelve al niño a la seguridad de su cuna para que devore su bebida. No podrá salir sin ayuda.


Sábado, 7:07 hrs.
El llanto del chiquillo despierta de nueva cuenta a los padres. Es consistentemente ignorado hasta que se vuelve insoportable. La progenitora —de nuevo— se levanta. Lo saca de la seguridad de la cuna y lo coloca en su recámara, incitándolo a que juegue de forma «silenciosa». Como medida precautoria, cualquier contenedor de líquido que pudiera ser derramado se retira de la escena. De igual forma, el dispositivo de iluminación nocturna alias «la lucecita» es retirado del contacto. El contacto mismo es protegido por un tapón especial plástico para evitar incidentes de electrocución. El ambiente está listo. El sujeto queda solo en él.


Sábado, 7:29 hrs.
Un extraño ruido despierta al padre. Él, todavía adormilado, abre los ojos para encontrar a su prole husmeando entre los objetos almacenados dentro de su buró. Molesto, le indica al chamaco que deberá retornar a su recámara y cierra el cajón. Le deja muy en claro que está «metiendo las narices en lugares prohibidos». El niño regresa a la seguridad de su cuarto.


Sábado, 7:53 hrs.
El padre abre los ojos para encontrarse frente a frente con el trasero de su hijo. Un desagradable olor parece haber sido el causante de extraerlo del mundo de Morfeo. Tras un minucioso y peligrosísimo examen (jalando el pañal hasta observar la división entre glúteos), el progenitor corrobora que el riesgo biológico fue únicamente debido a gases —ya inhalados—. Una inspección rápida a la escena le demuestra que el niño, sentado en la almohada, está jugando con todos los objetos colocados sobre la mesa de noche. La escena previamente mencionada, donde el escuincle es devuelto a su recámara se repite. Esta vez se le imprime un poco de más «autoridad» a la voz, para asegurar el no retorno del infante.


Sábado, 7:57 hrs.
El sujeto reaparece. La «autoridad» impresa en la voz fue —para no variar— inútil. Esta vez se utiliza el método de volumen, que sustituye a la «autoridad». El sujeto regresa a su hábitat. El padre se sume en sus sueños de nueva cuenta.


Sábado, 8:19 hrs.
—Papá, Woody, Boz, cayó. —Le indica el pequeño a un papá que apenas puede abrir los ojos debido al sopor en que se encuentra. Le toma al padre un par de segundos que le funcione la mollera.
—¿Qué?
—Woody, Boz, cayó. Cayó, papá. Cayó.
—Rafa, vé a jugar a tu...
En ese momento, un extraño aroma llega al padre. No es desecho tóxico —como en la vez anterior—. Esta vez es algo distinto. Dulzón. Demasiado concentrado. Le evoca... desodorante... limpiapisos... ¡LOCIÓN! «¡Maldíta sea!, ¡Rafael se bañó en loción!» pensó.
—¿Tiraste la loción? —preguntó mientras se levantaba rápidamente para dirigirse al baño de los niños. Buscó en el sitio donde sabía que estaba aquella botella (una colonia infantil enfrascada en un recipiente azul, que muestra un cocodrilo jugando fútbol) y ahí se confirmaron todos sus temores: ¡el lugar se encontraba vacío!

Salió —cual perro de caza— olfateando el piso para ubicar la mayor concentración del aroma. No fue muy difícil dar con el sitio: en el centro del cuarto se encontraba la buscada botella... en un charco de líquido aromático de aproximadamente cincuenta centímetros de diámetro. El padre, mirando al cielo, extendió sus brazos y dijo: «¡¡¡NOOOOOOOOOOOOOOOOO!!!»

Escasos segundos después arribó la madre, atraída por los gritos del marido. La escena del crimen era evidente. El olor fastidioso.
—Rafael, ¿qué hiciste? —preguntó tranquilamente mientras colocaba al niño (que, por cierto, estaba descalzo) sobre la cama, para ponerle calcetines y zapatos.
Páidernan.
—¿Le pusiste loción al Spiderman?
—Sí.
—Ah. Huele rico.
El equipo de limpieza —consistente en el padre y un bonche de toallas de papel— llega y rápidamente el cuarto queda limpio. El frasco vacío es desechado. Un auto y dos muñecos de Spiderman son enviados al área de desinfección (el lavabo del baño). La esquina del cobertor de la cama escurre el —aromático— líquido. Se esperan horas y horas de aromaterapia. Aún no se saben los efectos secundarios. El incidente ha sido contenido.



Sábado, 19:33 hrs.
A pesar de la rápida respuesta de los padres para minimizar los daños, el lugar sigue oliendo —fuertemente— a la loción. La madre, cuando lo nota, inspira hondo y se ríe. Al padre le da náuseas.

Peritos
Edad del Rafa: 1 año, 11 meses
Foto: Profound Whatever vía photopin cc

miércoles, 3 de julio de 2013

Berrinches múltiples



Domingo. Los niños quieren ir al parque, así que mi esposa y yo los llevamos y los vemos jugar. Todo bien hasta que, saliendo del parque, el Migue se baja de la banqueta sin fijarse. Una camioneta viene por la calle y ambos padres gritamos al unísono «¡Miguel! ¡Fíjate!», mientras corríamos a agarrarlo para devolverlo a la seguridad de la acera. Por supuesto, se asustó. Sentir de repente dos manos que te toman y te jalan hacia atrás no es la mejor sensación del mundo. Comenzó a llorar y a decir que se asustó, que no le gustaba que le gritaran, etc. Cuando pudimos calmarlo —un poco—, le explicamos que simplemente queríamos que se fijara siempre antes de cruzar la calle. Y a partir de este momento, todo fue cuesta abajo...

Una vez en la casa, piden un dulce. Ya es tarde, pero por ser vacaciones Gaby les da uno a cada uno. Cuando Miguel se acaba su dulce, pide otro a lo que le contestamos que ya comió uno. Y entonces empieza otro berrinche. Comenzó a tratar de levantar la mesa, como intentando voltearla. Intenté calmarlo con palabras tranquilas, pero me ignoró. Cuando impedí que siguiera moviendo la mesa, fue al bote de basura y se dispuso a patearlo. Una y otra y otra vez. Cada vez más fuerte, hasta que lo levanté, entonces comenzó a patearme. Lo solté y fue de vuelta al bote. Gritando, manoteando y haciendo un mar de lágrimas... y entré en modalidad de bruto. Lo alcé con ambas manos y me lo llevé a tiempo fuera. No se quiso quedar. Lo senté unas dieciocho veces más, hasta que me embrutecí mas y le grité. Se quedó sentado, pero con un llanto impresionante. Pasados cuatro minutos, que se me hicieron eternos, fui por él. Todavía lloraba desconsoladamente —aunque a un volumen más moderado—, así que me lo llevé afuera  de la casa y me senté en la entrada, para tener una plática padre-hijo:

—¡Papáááááááá! —dijo, todavía con voz entrecortada y los ríos de lágrimas a ambos lados de la cara mientras salíamos de la casa— ¿Me vas a dejar aquí afuera?
—No, Migue. ¿Cómo crees que te voy a dejar afuera? Te quiero mucho. No te dejaría nunca afuera solito.
—Eeeesque, ¿por qué me sacasteeeee? —dijo, con más sollozo.
—Porque quiero platicar contigo, papito. Nada más. Quiero saber qué sientes. ¿Estás enojado? ¿Por qué pateaste el bote?
—Porque estaba triste.
—¿Triste de qué?
—Porque no quería que me regañaras.
—¿Y crees que pateando el bote no te voy a regañar?
Es que me puse triste porque me quiero portar bien pero no puedo. Quiero portarme siempre bien pero no puedo y me pongo triste porque me porto mal y me vas a regañar. —Y con esto me puse a pensar: «¿Lo estoy presionando demasiado? ¿Le genera mucho estrés tener que comportarse en todo momento?» La verdad es que el Migue es un niño bien portado. En general (salvo por los berrinches) hace caso y es muy prudente. ¿Acaso todo es una estrategia para que no lo regañe? ¿O yo estoy fomentando los berrinches al presionarlo, castigarlo o gritarle de forma muy dura? 
—M'hijo, tirar la mesa o patear el bote de basura no sirve si lo que quieres es que no te regañe. Mejor, si un día sientes que no te puedes portar bien, avísame. Y nos portamos mal un ratito. Y si estás enojado y quieres pegarle a algo, tenemos un cojín especial al que le puedes pegar todo lo que quieras; pero no hagas ese tipo de berrinches.
—Bueno.


***


Algunos días más tarde, el Migue se me acerca y me dice: «Papá, me quiero portar un poquito mal». Ese día comieron un dulce después de desayunar.



No sé qué hacer en estos casos. Veo a Miguel y creo, sinceramente, que le cuesta trabajo controlar sus emociones; así que decidí dejar de ser tan estricto. Confío en que tendrá mucho tiempo para dominarlas. De esta forma se relaja él, me relajo yo y, tal vez, las cosas fluirán mejor.

Peritos
Edad del Migue: 4 años, 1 mes
Foto: woodleywonderworks vía photopin cc