Desde octubre (incluso antes que el igualmente mercadotécnico Halloween) podemos ver en todos los aparadores de las tiendas los variados artículos navideños. Árboles, esferas, renos, muñecos de nieve y demás objetos —un tanto innecesarios, a mi parecer— claman por entrar a nuestros hogares junto con la máxima figura representativa de esta época (no, no es el bebé nacido en el pesebre, muy a pesar de la Iglesia Católica): Santa Claus. Este viejito regordete es el ícono de la Navidad moderna y el más grande incitador al consumismo que la humanidad ha conocido.
En mis épocas de infante recuerdo que la Navidad incluía regalos, pero no a la escala actual (aunque no descarto el hecho de que mi percepción era distinta). En casa de mis abuelos tuvimos siempre intercambios de regalos el veinticuatro; pero San Nicolás, por ser oriundo de otro código postal, no llegaba a mi casa. Cuestionando a mis padres, siempre contestaron que nosotros pertenecíamos al área de distribución de los Reyes Magos. Punto. Sin más explicación.
Años más tarde, Miguel me preguntó exactamente lo mismo: «A Fulanito y a Perenganito les trae regalos Santa Claus, ¿por qué a mí no?». Ante esta interrogativa, respondí exactamente igual que mis padres. Como Migue estaba en sus primeros años, no cuestionó la respuesta y la aceptó como verdad absoluta, lógica e irrefutable. Dos años después, cuando Rafa intentó traer a colación la misma incertidumbre, fue el mismísimo Migue el que contestó como otrora hice yo.
Y desde entonces no se ha vuelto a inquirir el hecho.
***
Hoy en día el que tiene dudas soy yo. Si nos ponemos a analizar la cantidad de cosas que damos por sentadas, ¿cuántas no habrán sido ingresadas a tan temprana edad que no tuvimos tiempo de analizarlas o rebatirlas? Vamos por la vida creyendo poseer la verdad absoluta, cuando en realidad algunos cimientos están construidos sobre mentiras —algunas entregadas con pleno conocimiento de la falacia— o sobre tradiciones fielmente pasadas de generación en generación incluso de manera tan automática e inocente como lo que Migue hizo con su hermano. Creo que es tiempo de detenernos y dedicarle un par de segundos más de raciocinio a los fundamentos de los pleitos ideológicos que causan tanta tristeza, sufrimiento o incluso guerras (léase —entre otros— religión, política o casta) en el mundo; lo complicado es que, precisamente por ser pilares en nuestra construcción mental, son conceptos que difícilmente estamos dispuestos a poner bajo el microscopio.
Aún así ya empecé.
Peritos
Edad de Migue: 5 años, 7 meses.
Edad de Rafa: 3 años, 5 meses.
Foto: José Roitberg vía photopin cc
Edad de Migue: 5 años, 7 meses.
Edad de Rafa: 3 años, 5 meses.
Foto: José Roitberg vía photopin cc

