martes, 23 de diciembre de 2014

De Santa Claus... y cosas peores


Desde octubre (incluso antes que el igualmente mercadotécnico Halloween) podemos ver en todos los aparadores de las tiendas los variados artículos navideños. Árboles, esferas, renos, muñecos de nieve y demás objetos —un tanto innecesarios, a mi parecer— claman por entrar a nuestros hogares junto con la máxima figura representativa de esta época (no, no es el bebé nacido en el pesebre, muy a pesar de la Iglesia Católica): Santa Claus. Este viejito regordete es el ícono de la Navidad moderna y el más grande incitador al consumismo que la humanidad ha conocido.

En mis épocas de infante recuerdo que la Navidad incluía regalos, pero no a la escala actual (aunque no descarto el hecho de que mi percepción era distinta). En casa de mis abuelos tuvimos siempre intercambios de regalos el veinticuatro; pero San Nicolás, por ser oriundo de otro código postal, no llegaba a mi casa. Cuestionando a mis padres, siempre contestaron que nosotros pertenecíamos al área de distribución de los Reyes Magos. Punto. Sin más explicación.

Años más tarde, Miguel me preguntó exactamente lo mismo: «A Fulanito y a Perenganito les trae regalos Santa Claus, ¿por qué a mí no?». Ante esta interrogativa, respondí exactamente igual que mis padres. Como Migue estaba en sus primeros años, no cuestionó la respuesta y la aceptó como verdad absoluta, lógica e irrefutable. Dos años después, cuando Rafa intentó traer a colación la misma incertidumbre, fue el mismísimo Migue el que contestó como otrora hice yo.

Y desde entonces no se ha vuelto a inquirir el hecho.


***

Hoy en día el que tiene dudas soy yo. Si nos ponemos a analizar la cantidad de cosas que damos por sentadas, ¿cuántas no habrán sido ingresadas a tan temprana edad que no tuvimos tiempo de analizarlas o rebatirlas? Vamos por la vida creyendo poseer la verdad absoluta, cuando en realidad algunos cimientos están construidos sobre mentiras —algunas entregadas con pleno conocimiento de la falacia— o sobre tradiciones fielmente pasadas de generación en generación incluso de manera tan automática e inocente como lo que Migue hizo con su hermano. Creo que es tiempo de detenernos y dedicarle un par de segundos más de raciocinio a los fundamentos de los pleitos ideológicos que causan tanta tristeza, sufrimiento o incluso guerras (léase —entre otros— religión, política o casta) en el mundo; lo complicado es que, precisamente por ser pilares en nuestra construcción mental, son conceptos que difícilmente estamos dispuestos a poner bajo el microscopio.

Aún así ya empecé.

Peritos
Edad de Migue: 5 años, 7 meses.
Edad de Rafa: 3 años, 5 meses.
Foto: José Roitberg vía photopin cc

lunes, 30 de junio de 2014

Identidad


Debido a que recién inicio un nuevo trabajo no tengo días de vacaciones disponibles; así que Gaby y yo decidimos que, para que nuestros hijos no se quedaran sin salir este verano, se iría con ellos a un pueblo en el estado de Jalisco llamado Tapalpa. Ahí un amigo nuestro tiene una finca que opera como comunidad, donde cualquiera puede hospedarse. Los niños disfrutan del contacto con la naturaleza, mientras que los adultos se permiten aprender distintas labores desde el cultivo de hortalizas orgánicas hasta la creación de composta, pasando por talleres de meditación, cocina vegetariana y construcción orgánica con trencadís. Para no abandonarlos a su suerte —o, mejor dicho, para no sentir que los abandonaba a su suerte— viajé con ellos hasta la Granja Kaypacha, únicamente como compañero de jornada y me regresé al día siguiente para poder cumplir con mis obligaciones laborales.

En el camino de regreso, se me humedecieron los ojos. Aún no había salido de ese pueblo mágico cuando ya los extrañaba. Una parte de mí en realidad se quedaba con ellos; y, entonces, eso me hizo reflexionar cuánto basamos nuestra identidad en los roles que jugamos. Es decir: cuando me preguntan "¿quién eres?", contesto "soy el papá de Migue y Rafa", o me presento como el esposo de Gaby... así que si ellos me faltan, no sé quien soy. No estoy completo. ¿Quién soy realmente? ¿Por qué uso esa faceta como definición de mi identidad? Si sólo fuera eso, cuando ellos me llegaran a faltar perdería mi esencia. ¿Acaso no puedo ser sin necesitar nada ni nadie? 

Mi vida aún se determina según estos roles, pero espero el día en que me pueda definir por lo que traigo adentro, y no por cómo actúo afuera, porque cuando de verdad mi identidad venga desde mi interior, seré 100% libre al no tener que cumplir con lo que se espera de mí en los diferentes papeles que ejecuto¡Qué desdicha la nuestra!, porque necesitamos otras figuras y múltiples representaciones para sentirnos llenos, útiles, vivos. Cuando aquello que dicta quiénes somos está determinado por una postura familiar, social, religiosa o incluso por inclinaciones deportivas o políticas, estamos destinados a sufrir una y otra vez, porque todo cambia y sólo cuando tu esencia viene desde tu interior es que se puede alcanzar la paz; y un ser en paz es un ser consciente.

Peritos
Foto: Granja Kaypacha