martes, 30 de julio de 2013

Vidente


Ambos niños están sentados en sus sillas especiales para el auto. El carro está en movimiento y les puse sus cinturones de seguridad antes de iniciar la marcha. Rafael es un escapista asombroso y continuamente está sacando los brazos por debajo de los tirantes de la silla, para quedar sujeto únicamente por el cinto que le amarra la cintura.

—Papá, el Rafa piensa sacar las manos.
—¿Y cómo sabes qué está pensando? —lo interrogué, francamente divertido por la curiosa selección de palabras.
—¿Verdad Rafa? —le preguntó a su hermano.
—Sí, Guigue —contesta el otro, sin hacerle caso.
—¿Ya ves papá? Lo sé porque me dijo.

Peritos
Edad del Migue: 4 años, 2 meses.
Edad del Rafa: 2 años.
Foto: ollycoffey vía photopin cc

miércoles, 24 de julio de 2013

La bestia

Foto: Paco Ruiz vía photopin cc

bestia.
(Del lat. bestĭa).

1. f. monstruo (|| ser fantástico que causa espanto).
2. com. Persona ruda e ignorante. U. t. c. adj.



En casi todas las entradas de este blog enumero alguna situación en la que pierdo el control. Describo escenas de cuando mi bestia interna sale a la luz y me transformo en una criatura irracional (y muy enojona, diría el Migue); y desde hace varios días ya no la puedo controlar. Ayer comencé una racha crítica: me desespero con Gaby y con los niños por cualquier cosa y quiero estar solo. Les grito, los amedrento, los regaño y demás acciones propias del monstruo, pero muy alejadas de la consciencia que pretendo personificar. Hoy hasta a mi perro le tocó una regañiza sólo porque estaba molesto. ¿Qué me está pasando?



Da clic para ampliar la imagen.

Durante mi infancia, todos los comportamientos inapropiados fueron reprimidos. A base de condicionamiento modifiqué todas mis actitudes para que cuadraran con lo que la sociedad, familia y religión exigían. Nadie me preguntó a mí qué es lo que quería. Ni siquiera yo. Ahora, al mirar en mis hijos todos esos actos que yo aprendí a refundir en lo más recóndito de mi mente, surge una necesidad imperante por querer que ellos inhiban esas actitudes también. El Migue, por supuesto, me reta y hace que sienta que pierdo el control de la situación (que, de hecho, no tengo); entonces la bestia surge para demostrarle al niño quién manda. Es un intento pusilánime por lograr en él una represión igual a la mía. Y aquí es donde patino. Patino porque no creo que sea el camino a seguir, pero tampoco sé qué hacer. Entiendo que hay cosas que no puedo permitir porque ponen en riesgo a mis pequeños, pero otras simplemente son mal vistas sólo por costumbre. No hay peligro real. Y en algunos casos, tras dedicarle unos segundos de consideración, ni siquiera los creo erróneos.

Cuando la consciencia se retira —dejándome como bestia—, mis actos son irracionales y exagerados. Grito y obligo a los niños a que me obedezcan ya sólo por el simple hecho de dominarlos. Me pierdo en ese animal hasta que algo me fuerza a retomar consciencia; y puede pasar mucho tiempo para llegar a ese punto.

Al consultar a los «expertos» en el área, hay varias opiniones encontradas: las corrientes conservadoras piensan que esas emociones deben ser reguladas por completo. Eliminadas. El control no debe perderse nunca. Creo que jamás lograré dominar esto y que lo único que se logra es alimentar al monstruo interno, en espera del día en que llegue el catalizador indicado que nos hará perder la cordura por completo. Y en algunos casos será un viaje sin retorno. Otros dicen que debería hundirme en las emociones; pero estos no saben la desesperación que representa. No ven el daño que le hago a los que me rodean y en especial a aquellos que amo más. No conocen a «mi» bestia. ¿Cómo es posible que esperemos que la sociedad esté llena de buenos elementos si no soy yo quien educa a mis hijos? Es el animal. Admito que no está en todo momento, pero se filtra a través de mis palabras, se disfraza en mis posturas, se hace presente en las cosas que hago. Esa criatura es la que está dejando el legado en mis hijos. Mis niños están absorbiendo rápidamente todo y creando su propia quimera. Después, como todo buen «papá consciente» les enseñaré a encerrarla; pero esa no es la solución porque tarde o temprano saldrá a la luz. Y no será agradable. Probablemente lo hará hasta que ellos tengan sus propios hijos, preservando así la esencia misma de ese ente generación tras generación. No. Hay que conocerla desde antes. No negarla. Identificar dónde empieza uno y termina la otra; porque no necesita mucho para ser liberada. Es sólo cuestión de empezar a golpear la jaula, y el mundo se encarga de golpear en los puntos indicados, porque es en sí un reflejo de nosotros mismos. Y de todo el mundo, nuestro más fiel espejo son los hijos.

He pensado cómo luchar con la bestia, pero aún no lo infiero, y probablemente lo que sucede es que no la conozco. No se cuales son sus fuerzas ni sus debilidades. No se qué la motiva de día y qué la mantiene tranquila y durmiendo de noche; así que el primer paso es el conocimiento. Es admitir que está ahí para darnos la oportunidad de conocerla. Eventualmente sabré cuándo quiere surgir y podré adelantarme a los hechos. Podré detenerla antes de que la transformación sea completa, o dejarla correr libremente cuando la situación lo permita.

Peritos
Foto: Christophe MacLaren vía photopin cc

jueves, 11 de julio de 2013

Eso no es bonito


De un tiempo para acá, los niños hacen su desmadre por la casa y no pelan ni a Gaby ni a mí. Malditas vacaciones. Son una bendición para ellos, pero a nosotros nos ponen en jaque porque, por desgracia, los dos tenemos que trabajar. Resulta que al encerrar a dos niños sin dormir y a un padre histérico en una casa, se obtendrá un manicomio. Y hoy estuvo de locos. Andaban los dos con su relajo cuando el Rafa agarró un juego llamado Comesolo (mostrado en la imagen), que consiste en un tablero de madera y varias canicas de vidrio. Se metió una de las bolas a la boca y entonces, de inmediato me sulfuré —un poco más de lo que ya estaba—: «Rafael, deja eso —dije, pero ni me volteó a ver—. ¿No entiendes que no debes agarrar los adornos de mamá?, y mucho menos metértelos a la boca. No te los metas a la boca. ¡A LA BOCA NO!» Dicho esto (y debido a que fui olímpicamente ignorado), me lo llevé a tiempo fuera y lo dejé ahí un par de minutos. Todas las emociones apelmazadas en la boca del estómago me tenían muy inestable. Ciento veinte segundos después, sale el chilpayate de su esquina de castigo y va directo... sí, ¡al pinche adorno! ¡Vuelve la burra al trigo! Me encabrono de nueva cuenta. Le quito las cosas de otra vez y le suelto un manazo. Me lo llevo otra vez a la sillita y lo obligo a sentarse.
—Rafael, ¿no entiendes? Te vas a quedar otros dos minutos aquí; y la próxima vez que te metas eso a la boca, te voy a pegar —le dije con una frustración y un enojo verdaderamente apabullantes.
—Papá —intervino el Migue—, ¿ya vas a empezar a pegar?
—¿Qué? —le pregunté, ido por la cólera.
Que si le vas a pegar. Le dijiste que le ibas a pegar, y eso no es bonito —agregó, resaltando las últimas tres palabras con un dejo dulce, melodioso e inocente.

Y entonces la consciencia regresó. ¡Chale! Ni modo. Otra vez la bestia se salió del huacal; pero para justificarlo ostento el miedo —tal vez no tan irracional— de que si se sigue metiendo esas madres a la boca, una se le quedará a medio gaznate. Y entonces sí, pinche susto del que tal vez no me pueda reponer.

Peritos
Edad del Rafa: 2 años, 0 meses, 0 días.
Edad del Migue: 4 años, 2 meses.
Foto: Comesolo, producto de ARTE por manos mexicanas

sábado, 6 de julio de 2013

Reporte de un incidente



Sábado, 6:52 hrs.
El miembro más pequeño de la familia ya está gritando. Sus padres no saben desde qué hora se despertó, pero exige su leche. Tras un corto debate, la madre acude en su auxilio. El lácteo es servido en una mamila y se le entrega al infante, tal como lo solicitó. Ella remueve el receptáculo de orina y lo sustituye por uno nuevo. Devuelve al niño a la seguridad de su cuna para que devore su bebida. No podrá salir sin ayuda.


Sábado, 7:07 hrs.
El llanto del chiquillo despierta de nueva cuenta a los padres. Es consistentemente ignorado hasta que se vuelve insoportable. La progenitora —de nuevo— se levanta. Lo saca de la seguridad de la cuna y lo coloca en su recámara, incitándolo a que juegue de forma «silenciosa». Como medida precautoria, cualquier contenedor de líquido que pudiera ser derramado se retira de la escena. De igual forma, el dispositivo de iluminación nocturna alias «la lucecita» es retirado del contacto. El contacto mismo es protegido por un tapón especial plástico para evitar incidentes de electrocución. El ambiente está listo. El sujeto queda solo en él.


Sábado, 7:29 hrs.
Un extraño ruido despierta al padre. Él, todavía adormilado, abre los ojos para encontrar a su prole husmeando entre los objetos almacenados dentro de su buró. Molesto, le indica al chamaco que deberá retornar a su recámara y cierra el cajón. Le deja muy en claro que está «metiendo las narices en lugares prohibidos». El niño regresa a la seguridad de su cuarto.


Sábado, 7:53 hrs.
El padre abre los ojos para encontrarse frente a frente con el trasero de su hijo. Un desagradable olor parece haber sido el causante de extraerlo del mundo de Morfeo. Tras un minucioso y peligrosísimo examen (jalando el pañal hasta observar la división entre glúteos), el progenitor corrobora que el riesgo biológico fue únicamente debido a gases —ya inhalados—. Una inspección rápida a la escena le demuestra que el niño, sentado en la almohada, está jugando con todos los objetos colocados sobre la mesa de noche. La escena previamente mencionada, donde el escuincle es devuelto a su recámara se repite. Esta vez se le imprime un poco de más «autoridad» a la voz, para asegurar el no retorno del infante.


Sábado, 7:57 hrs.
El sujeto reaparece. La «autoridad» impresa en la voz fue —para no variar— inútil. Esta vez se utiliza el método de volumen, que sustituye a la «autoridad». El sujeto regresa a su hábitat. El padre se sume en sus sueños de nueva cuenta.


Sábado, 8:19 hrs.
—Papá, Woody, Boz, cayó. —Le indica el pequeño a un papá que apenas puede abrir los ojos debido al sopor en que se encuentra. Le toma al padre un par de segundos que le funcione la mollera.
—¿Qué?
—Woody, Boz, cayó. Cayó, papá. Cayó.
—Rafa, vé a jugar a tu...
En ese momento, un extraño aroma llega al padre. No es desecho tóxico —como en la vez anterior—. Esta vez es algo distinto. Dulzón. Demasiado concentrado. Le evoca... desodorante... limpiapisos... ¡LOCIÓN! «¡Maldíta sea!, ¡Rafael se bañó en loción!» pensó.
—¿Tiraste la loción? —preguntó mientras se levantaba rápidamente para dirigirse al baño de los niños. Buscó en el sitio donde sabía que estaba aquella botella (una colonia infantil enfrascada en un recipiente azul, que muestra un cocodrilo jugando fútbol) y ahí se confirmaron todos sus temores: ¡el lugar se encontraba vacío!

Salió —cual perro de caza— olfateando el piso para ubicar la mayor concentración del aroma. No fue muy difícil dar con el sitio: en el centro del cuarto se encontraba la buscada botella... en un charco de líquido aromático de aproximadamente cincuenta centímetros de diámetro. El padre, mirando al cielo, extendió sus brazos y dijo: «¡¡¡NOOOOOOOOOOOOOOOOO!!!»

Escasos segundos después arribó la madre, atraída por los gritos del marido. La escena del crimen era evidente. El olor fastidioso.
—Rafael, ¿qué hiciste? —preguntó tranquilamente mientras colocaba al niño (que, por cierto, estaba descalzo) sobre la cama, para ponerle calcetines y zapatos.
Páidernan.
—¿Le pusiste loción al Spiderman?
—Sí.
—Ah. Huele rico.
El equipo de limpieza —consistente en el padre y un bonche de toallas de papel— llega y rápidamente el cuarto queda limpio. El frasco vacío es desechado. Un auto y dos muñecos de Spiderman son enviados al área de desinfección (el lavabo del baño). La esquina del cobertor de la cama escurre el —aromático— líquido. Se esperan horas y horas de aromaterapia. Aún no se saben los efectos secundarios. El incidente ha sido contenido.



Sábado, 19:33 hrs.
A pesar de la rápida respuesta de los padres para minimizar los daños, el lugar sigue oliendo —fuertemente— a la loción. La madre, cuando lo nota, inspira hondo y se ríe. Al padre le da náuseas.

Peritos
Edad del Rafa: 1 año, 11 meses
Foto: Profound Whatever vía photopin cc

miércoles, 3 de julio de 2013

Berrinches múltiples



Domingo. Los niños quieren ir al parque, así que mi esposa y yo los llevamos y los vemos jugar. Todo bien hasta que, saliendo del parque, el Migue se baja de la banqueta sin fijarse. Una camioneta viene por la calle y ambos padres gritamos al unísono «¡Miguel! ¡Fíjate!», mientras corríamos a agarrarlo para devolverlo a la seguridad de la acera. Por supuesto, se asustó. Sentir de repente dos manos que te toman y te jalan hacia atrás no es la mejor sensación del mundo. Comenzó a llorar y a decir que se asustó, que no le gustaba que le gritaran, etc. Cuando pudimos calmarlo —un poco—, le explicamos que simplemente queríamos que se fijara siempre antes de cruzar la calle. Y a partir de este momento, todo fue cuesta abajo...

Una vez en la casa, piden un dulce. Ya es tarde, pero por ser vacaciones Gaby les da uno a cada uno. Cuando Miguel se acaba su dulce, pide otro a lo que le contestamos que ya comió uno. Y entonces empieza otro berrinche. Comenzó a tratar de levantar la mesa, como intentando voltearla. Intenté calmarlo con palabras tranquilas, pero me ignoró. Cuando impedí que siguiera moviendo la mesa, fue al bote de basura y se dispuso a patearlo. Una y otra y otra vez. Cada vez más fuerte, hasta que lo levanté, entonces comenzó a patearme. Lo solté y fue de vuelta al bote. Gritando, manoteando y haciendo un mar de lágrimas... y entré en modalidad de bruto. Lo alcé con ambas manos y me lo llevé a tiempo fuera. No se quiso quedar. Lo senté unas dieciocho veces más, hasta que me embrutecí mas y le grité. Se quedó sentado, pero con un llanto impresionante. Pasados cuatro minutos, que se me hicieron eternos, fui por él. Todavía lloraba desconsoladamente —aunque a un volumen más moderado—, así que me lo llevé afuera  de la casa y me senté en la entrada, para tener una plática padre-hijo:

—¡Papáááááááá! —dijo, todavía con voz entrecortada y los ríos de lágrimas a ambos lados de la cara mientras salíamos de la casa— ¿Me vas a dejar aquí afuera?
—No, Migue. ¿Cómo crees que te voy a dejar afuera? Te quiero mucho. No te dejaría nunca afuera solito.
—Eeeesque, ¿por qué me sacasteeeee? —dijo, con más sollozo.
—Porque quiero platicar contigo, papito. Nada más. Quiero saber qué sientes. ¿Estás enojado? ¿Por qué pateaste el bote?
—Porque estaba triste.
—¿Triste de qué?
—Porque no quería que me regañaras.
—¿Y crees que pateando el bote no te voy a regañar?
Es que me puse triste porque me quiero portar bien pero no puedo. Quiero portarme siempre bien pero no puedo y me pongo triste porque me porto mal y me vas a regañar. —Y con esto me puse a pensar: «¿Lo estoy presionando demasiado? ¿Le genera mucho estrés tener que comportarse en todo momento?» La verdad es que el Migue es un niño bien portado. En general (salvo por los berrinches) hace caso y es muy prudente. ¿Acaso todo es una estrategia para que no lo regañe? ¿O yo estoy fomentando los berrinches al presionarlo, castigarlo o gritarle de forma muy dura? 
—M'hijo, tirar la mesa o patear el bote de basura no sirve si lo que quieres es que no te regañe. Mejor, si un día sientes que no te puedes portar bien, avísame. Y nos portamos mal un ratito. Y si estás enojado y quieres pegarle a algo, tenemos un cojín especial al que le puedes pegar todo lo que quieras; pero no hagas ese tipo de berrinches.
—Bueno.


***


Algunos días más tarde, el Migue se me acerca y me dice: «Papá, me quiero portar un poquito mal». Ese día comieron un dulce después de desayunar.



No sé qué hacer en estos casos. Veo a Miguel y creo, sinceramente, que le cuesta trabajo controlar sus emociones; así que decidí dejar de ser tan estricto. Confío en que tendrá mucho tiempo para dominarlas. De esta forma se relaja él, me relajo yo y, tal vez, las cosas fluirán mejor.

Peritos
Edad del Migue: 4 años, 1 mes
Foto: woodleywonderworks vía photopin cc