jueves, 30 de mayo de 2013

Lucha libre


En las luchas libres de parejas, normalmente un luchador está en el ring mientras el otro espera pacientemente a que le den el relevo (con una palmada en la mano) para poder entrar a la acción. La vida de padre no es muy distinta.

Tuve un día cansado y estresante. Llevamos a los niños a visitar a mis suegros y, cuando ya nos íbamos, el Migue se soltó haciendo un berrinche porque no se quería ir. Total que media hora después ya lo estábamos subiendo al auto —llorando, por supuesto— y nos encaminamos a la casa. Se le notaba el cansancio y estaba llore y llore y llore y llore... hasta que me sacó de quicio. Traté de ser lo más paciente que pude, pero mi conscienciómetro tiene un límite, así que hubo un punto en el que me cansé. «No quiero ir a la casa», «mañana no quiero ir a la escuela», «quiero ir con los abuelos». Pretexto tras pretexto y tragedia tras tragedia no le permitían dejar el llanto ni diez segundos. Yo, hasta la madre. Al final le solté un insulto: «¡Miguel ya me hartaste!» del cual me arrepentí inmediatamente. «Ya no te quiero», «no vas a ser mi papá», «ya te gastaste» (sí, gastaste=hartaste según su léxico), «¿por qué te gasté?», «quería abrazarte, pero ya no porque me regañaste»... Llegamos a la casa y yo estaba fúrico, con unas ganas impresionantes de encerrarlo en algún lado y dejar de escuchar el escándalo. Y fue entonces cuando me relevaron en el ring: «Vente Migue. Papá está cansado. Vamos a llevarte a dormir».

Gaby lo subió, lo ayudó a cambiarse y lo acostó. Miguel tardó cerca de dos minutos en quedarse profundamente dormido. No se lo dije, pero le agradecí  infinitamente el relevo. Hay situaciones que, simplemente, nos rebasan en determinado momento. Parte del trabajo de ser padres conscientes es evitar que en esos casos salga nuestro lado animal a relucir; y tener una pareja en la lucha sirve en demasía. Muchas gracias Gordita. Esta entrada está dedicada a ti.

Peritos
Foto: The CJM vía photopin cc

De lo que se trata...


Decidimos meter al Migue y al Rafa a clases de natación. En parte para que hagan algo de ejercicio y en parte porque consideramos que es un seguro de vida. Hoy fue a su primera clase, y le pregunté:
—Migue, ¿cómo te fue?
—La miss me prestó un Aironman —dijo, haciendo alusión al juguete que le dio la instructora (que, por cierto, era Flash) para entretenerlo en lo que le tocaba turno a sus compañeros de clase.
—Oye, ¿y sabes cómo se llama tu miss?
—No.
—¿No le preguntaste su nombre?
—No —dijo extrañado, como si fuera inconcebible.
—¿Y por qué no?
—Pues porque no se trata de preguntar.
—¿No?
—No, papá. ¡Se trata de nadar!

Cabe mencionar que la maestra se llama Miriam.

Peritos
Foto: Hani Amir vía photopin cc

jueves, 23 de mayo de 2013

Coming Home

Año con año la compañía Google hace un concurso llamado "Doodle 4 Google", en el que invitan a alumnos de entre preprimaria y preparatoria a hacer un diseño como los que aparecen de vez en cuando en su página principal. Este año el tema en el que se basaron los diseños fue "My Best Day Ever" (algo así como "El mejor día de mi vida").

Quise hacer una entrada mencionando ésto (con todo y que ya he sido criticado cuando subo un texto en donde no menciono ni al Migue ni al Rafa) porque la ganadora fue una chica llamada Sabrina (de tercero de prepa), y eligió como mejor día de su vida aquel en el que se reunió con su padre, después de que éste estuviera en Irak por dieciocho meses. Dejo bajo estas líneas la imagen original. La obra ingresó al concurso bajo el título "Coming Home", con la siguiente leyenda: "When I was 10 years old, my dad came home from war. This was my best day ever.", cuya traducción es algo así: "Cuando tenía diez años, mi papá regresó de la guerra. Este fue el mejor día de mi vida".


Da clic en la imagen para agrandarla


Este dibujo logró hacer que me brotaran un par de lágrimas. Qué alegría y qué orgullo ser el padre de alguien que te incluye en el mejor día de su vida. Un puesto al que todos los papás aspiramos. Es un excelente ejemplo de la importancia de la figura paterna en la familia. Mis mejores deseos para Sabrina y su papá.

Peritos

domingo, 19 de mayo de 2013

Sinceridad


—Papá, adivina qué le dije a Sofi.
—¿Qué le dijiste?
—Le dije de juego.
—¿Qué?
—Le dije que le iba a pegar, ¡pum!, en la nariz, así: ¡pam! —E hizo un movimiento con el brazo, levantando su puño hacia el frente, como atacando a un enemigo invisible delante de él.
—Oye, Migue, pero no le puedes estar pegando a tu prima ni de juego. ¿Entiendes? Pegar no está bien.
—¡Pero era de juego! No le pegué... —y, casi en un susurro, añadió:— tan fuerte.

Peritos
Foto: atlnav vía photopin cc

viernes, 17 de mayo de 2013

Interpretaciones encontradas


Hoy fue un día complicado y estresante. Hay días así. Salí del trabajo a medio día para ir a comer, pasé por los niños a su escuela y llegué a casa. No había sopa hecha, entonces saqué un arroz instantáneo para prepararlo en la estufa.

El empaque dice cocinar a fuego lento durante diez minutos, por lo que diez minutos lo dejé. Pinches instrucciones. El arroz se quemó. Más tarde Gaby llegó. Preguntó si quedaba arroz para ella a lo que contesté que sí, pero que se me había quemado; me dijo entonces que tiraría la parte quemada. Reproduzco a continuación el final de ese diálogo tal y como ocurrió:
—Voy a tirar el arroz —dijo, tras servirse un poco y observar el resto, negro y pegado a la cacerola—.
—Tira sólo lo que está quemado —respondí, implicando que había partes «salvables»—.
—Sí, ya me serví lo otro.
—Pues entonces tíralo —dije, molesto—.

En este punto, mi paciencia era tan pequeña como el núcleo de una amiba. Estaba molesto, irritable y su comentario me hizo enojar y ponerme a la defensiva... ¿por qué? Porque lo que yo escuché fue ésto:
No manches. Quemaste todo el arroz. Lo tengo que tirar y ya sabes que no me gusta tirar la comida —dijo, tras servirse un poco y observar el resto, negro y pegado a la cacerola—.
—No todo está malo. Tira sólo lo que está quemado —respondí, implicando que había partes «salvables»—.
—Lo poco útil ya me lo serví, pero quemaste prácticamente todo. Nada más se puede salvar.
—Pues si tanto te molesta que haya quemado el arroz, tíralo y prepárate otro a tu gusto —dije, molesto—.

¿Hay diferencia entre los diálogos? Sí. Mucha. Resulta que el diálogo inferior (el que yo interpreté) es personal, es decir, ataca mi capacidad e integridad; a diferencia del primero, en donde el tema es el arroz. Entiendo que esta interpretación ocurrió dentro de mi cabeza y me queda claro que no es lo que realmente me quiso decir, pero no puedo sacudirme la sensación de rechazo y de agresión en contra de mi persona.

¿Cuántas veces reaccionamos y tomamos posturas o actitudes basándonos en un diálogo que nunca ocurrió? Como respuesta, me atrevería a decir que «prácticamente todo el tiempo». Escuchar el segundo diálogo es interpretar lo ocurrido según mi estado de ánimo, haciendo que mis aptitudes dependan de la hazaña. En cambio, el primero simplemente narra un hecho. Pone distancia entre nosotros y lo narrado. Lo sucedido nos es inocuo. Cuando aprenda a escuchar así, podré declararme «padre consciente».

Peritos
Foto: Anz-i vía photopin cc

miércoles, 15 de mayo de 2013

En evidencia


NOTA: La siguiente entrada trata un tema que algunas personas «sensibles» pueden considerar ofensivo o inapropiado. Por favor, si usted se cataloga dentro de este grupo —o alguno similar—, absténgase de leerla. Hay otras entradas de lectura más «sana». Lea esas. De igual forma si no tiene hijos probablemente no entenderá la profundidad del hecho aquí relatado. Gracias.

Estábamos jugando el Migue y un servidor en la casa cuando, de pronto, la Madre Naturaleza me obligó a hacer una pausa. «Sigue solito un rato, Migue. Tengo que ir al baño. Ahorita regreso.» le dije, para que me disculpara unos minutos. De camino al cuarto de aseo, sonó el teléfono, así que tomé el auricular y le contesté a mi prima, la madrina de Migue. Después del típico y cordial saludo, le pregunté si quería hablar con su ahijado. Asintió, así que puse el altavoz para que Migue pudiera escucharla.
—¡Hola, Migue! ¿Cómo estás?
—Bien.
—Oye, y ¿qué estás haciendo?
—Estoy jugando a las luchitas, pero mi papá no puede jugar conmigo porque va a hacer popó.

Mientras mi comadre sufría un ataque de risa, yo decidí morir temporalmente... de vergüenza.

Peritos
Foto: Diego Dalmaso vía photopin cc

martes, 14 de mayo de 2013

Grito de auxilio


A veces comemos en casa de mis padres. En esas ocasiones, como regla general, los niños comen primero (y con niños me refiero no sólo a mis hijos, sino a sus primos también) y después salen disparados a la planta alta a disfrutar de unos cuantos dulces —cortesía del abuelo— mientras ven la televisión.

Todo normal en este día, hasta que escuchamos unos gritos de Miguel: «¡¡¡PAPAAAAAAAAÁ!!!» El modo del llamado sugería premura, así que todos los comensales detuvimos la conversación para escuchar con más atención. «¡¡¡PAPAAAAAAAAÁ!!!» Otra vez. Surgió la duda. ¿Había pasado algo? Esos gritos no eran normales y, aunque no se escuchaba un llanto de fondo, sospeché que algo iba mal.
¡¡¡PAPAAAAAAAAÁ!!!
—¿Qué pasó Miguel? —respondí en un tono elevado de voz, para que me escuchara.
¡¡¡PAPAAAAAAAAÁ!!!
Cuando no respondió a mi pregunta, comencé a preocuparme. Eso estaba raro. Me levanté de golpe de la mesa y me encaminé al piso superior. Mi mente ya había reproducido de forma secuencial todos los posibles escenarios. Cualquier cosa que pudo haber salido mal, desde un dulce derretido hasta un chamaco embarrado en las escaleras, ya lo había previsto. Me puse nervioso. Aceleré el paso y subí brincando los escalones de dos en dos. Al llegar arriba lo vi sentado en el sillón... demasiado cómodo como para una emergencia, pero completamente estático. «¿Le habrá pasado algo a alguno de sus primos o a Rafa?» Mi mente estaba divagando.
—¿Qué pasó Miguel?
—Ah —dijo quitando la mirada de la pantalla—, ¿me pasas los colores?
—...

Peritos
  Foto: Kendra Martinez vía photopin cc

lunes, 13 de mayo de 2013

Entre hermanos


El Migue nunca se ha distinguido por ser el mejor comensal. Son horas las que se pasa sentado a la mesa (o frente a la sopa) y, siguiendo esa línea, su lunch regresaba completo. Finalmente, decidí hacer algo al respecto: le prometí una barra de cereal como premio cuando se comiera el almuerzo, así que básicamente le envío una a diario junto con el resto de sus alimentos; cuando se come todo, se gana la barra del siguiente día.

En alguna ocasión, revisando la lonchera de mis dos criaturitas, noté que Rafa había regresado con parte de su comida intacta.
—Rafael, ¿no te acabaste tu jamón?
—¿No le va a tocar barrita? —preguntó Migue, con cara de preocupación. No supe qué contestar, ya que con el Rafa no tengo el mismo problema. A él ni siquiera le mando el dichoso cereal—. Porque no se acabó su lunch, ¿verdad? —Insistente, el niño quería asegurarse que la barra se le iba a negar a su hermano menor. Pensé que sería un caso típico de cuando los hijos  toman el papel de juez, poniendo bajo el microscopio todas las acciones de sus pares. En esta edad ese tipo de conducta prolifera, y normalmente lo que buscan es un orden, estructura e igualdad de cómo se aplican las «reglas del juego»; sin embargo, mi silencio se alargó y lo tomó como afirmación. Y fue entonces cuando me sorprendió:
—Papá, no lo puedes dejar sin barrita.
—¿Por qué no, m'hijo?
—Porque... —dijo mientras sus ojos deambulaban por la habitación, buscando una respuesta «lógica»— porque lo que pasa es que sí se quiso comer todo su lunch.
—Y, ¿entonces? ¿Por qué estoy viendo el jamón aquí?
—¡Ay, papá! ¡Pues porque te quería compartir!

No pude más que esbozar una inmensa sonrisa e inflar el pecho de orgullo.

Peritos
Foto: ahhyeah vía photopin cc