viernes, 30 de enero de 2015

Herencia macabra


Obviamente nuestros hijos heredan algunos de nuestros rasgos. Esos pequeños elementos que los hacen parecerse o actuar como nosotros, que los identifican como de nuestra sangre. Y también heredan muchas de las cosas que no nos gustan: huesos largos, facciones raras, dedos de los pies curiosos, problemas cardíacos o incluso tendencias emocionales. Mis dos hijos despliegan un abanico de atributos que son fácilmente rastreables a sus progenitores; pero lo que aún no puedo explicarme es lo que heredó Rafael:

En una ocasión Gaby escuchó ruido en la cocina. Ella estaba en la planta alta, y pensó «seguramente están los niños buscando los dulces que les acabo de prohibir». 
—Niños —les llamó desde la recámara—, ¿que están haciendo? No se vayan a comer los dulces.
—Yo no fui, fue Rafael —contesta Miguel.
—Yo no fui dijo su hermano inmediatamente—, fue mi colita invisible de trapo.

Gaby rió tanto que por la siguiente media hora no pudo articular palabra. No se de quién sacó esa «colita», pero estoy casi seguro de que no es mía.

Peritos
Foto: Daniel Bammert vía photopin cc

domingo, 18 de enero de 2015

Injusticia


Cada vez que pierdo la cabeza al tratar de educar a mis hijos, mi bestia interna toma control. Un proceso típico de transformación empieza con unos niños demasiado hiperactivos que se entretienen en cosas destructivas o peligrosas, continúa con mis múltiples llamadas de atención y termina con ser ignorado todas las veces —incluso se burlan de lo que les digo—. Llegado a este punto, mi buena voluntad se va al caño y me despojo de cualquier reminiscencia de ser humano. El ogro arriba con bombo y platillo. En muchas ocasiones parece que sólo con eso los chiquillos se cuadran.

En uno de esos regaños —o más bien vociferaciones—, el pobre de Miguel subió triste a su cuarto, repelando de que lo había regañado. En su diálogo interno (que pude escuchar gracias al monitor para bebé que hay en su recámara) distinguí un «siempre me regañan a mí, nunca regañan a Rafa». En esos tiempos lo tomé por exageración y enojo del niño; pero he llegado a percibir que efectivamente no regañamos a su hermano con la misma severidad que a él. Para justificarme pensé «bueno, eso es normal porque es el grande, y no se les pueden exigir las mismas cosas»; pero después vi algo más profundo: noté que a Rafael le importa un comino que lo regañemos. Hace berrinche, chilla, se enoja, arroja lo que tenga en las manos, se avienta al piso, patalea... y tres segundos después se levanta como si nada y sigue haciendo exactamente lo mismo que le dijimos que no hiciera. Miguel en cambio es más sensible. A él le duelen las reprimendas. Se siente mal, culpable. Se ve como un niño malo y se lo autorecrimina.

Con esto, caí en la cuenta de que la razón por la que amonesto más a Miguel es que él si me hace caso; mientras que cuando intento llamarle la atención a Rafa, me ignora. Eso a mi ego le duele mucho. Mi mente cree en la idea de que un padre que no mantiene a su hijo comportándose de manera impecable en todo momento no tiene autoridad. Es un mal padre. Entonces, simplemente evito el conflicto, pasando por alto ciertos comportamientos en Rafa que representarían una severa llamada de atención en Miguel. Al observar esta situación, me doy cuenta de que es mi idea de padre perfecto la que propicia el trato desigual; la que regaña al grande por situaciones nimias para sentir que se ostenta la autoridad porque reacciona ante mi muestra de poder. Y es también por eso que con Rafael soy más permisivo que como lo era con Migue a su edad. 

La imagen de «buen papá» que persigo de manera inconsciente es —precisamente— la que genera la injusticia. Es un comportamiento aprendido que estoy tratando de olvidar; pero por el momento, cuando yo obtengo mi diploma, los que pagan los platos rotos son mis hijos. 

Peritos
Edad de Miguel: 4 años y medio
Edad de Rafael: 2 años, 4 meses
Foto: Rae Allen vía photopin cc

lunes, 12 de enero de 2015

De bromas, engaños y mentiras


Para el cuarto cumpleaños de Migue le hicimos una fiestecita con sus amigos de la escuela, y varios le llevaron regalos. Cuando una de sus amigas le preguntó que si le gustó lo que le había dado, la respuesta fue: «Sí, pero me gustó más el coche de Espáiderman». Me quedé callado, pero mi mente internamente rezó: «Eso no se dice. Es falta de educación».

¿Por qué me quedé callado? Porque dijo la verdad. ¿Y por qué es falta de educación? Porque lastima a los demás. Así que he aquí mi dilema: no quiero que aprenda a mentir, pero la mentira es necesaria para la vida en sociedad. Vivimos bajo una estructura social bastante mentirosa. No sólo mentimos a diestra y siniestra, sino que es más que socialmente aceptado. Es necesario. Una obligación. Utilizamos para la «buena convivencia» desde la mentira más noble como la del señor gordito vestido de rojo en los últimos meses del año (sí, ese que anuncia Coca-Cola), hasta las mentiras más dañinas, pasando por las que infringen la ley o las típicas preguntas «¿cómo me queda?, ¿te gusta? ¿me veo gorda?, ¿qué te parece?», que buscan una respuesta únicamente si se opina lo que el interlocutor espera escuchar.

A todo esto podemos agregarle las bromas y los engaños a modo de juego. Antes de su cumpleaños su madrina le preguntó si quería una piñata. Migue obviamente lo afirmó, y ella le dijo que «podía ser una piñata con verduritas en vez de dulces». Migue se enojó y dijo «no es cierto, es mentira». Aún no entendía la sutil diferencia entre una mentira, un engaño y una broma. Todo para él era embuste y, lo peor, es que ahora considera mentir válido porque los adultos —léase «papá»— usamos las bromas de forma cotidiana como medio de interacción.

Peritos
Edad de Miguel: Exactamente 4 años.
Foto: double : zanzo vía photopin cc

viernes, 2 de enero de 2015

Carácter I

El carácter de una persona es el conjunto de cualidades que la distinguen de otra. Mucho se debate sobre si esa forma de ser es obra del orden de los nucleótidos dentro de nuestro maravilloso ácido desoxirribonucleico (alias genes), o si todo es moldeado por la formación y el medio ambiente en el que el individuo se desarrolla. Yo soy de la idea que ni fu ni fa. Ambas cosas influyen en gran medida a que las personas desarrollen o generen un modus operandi característico. Para mostrar esto, hice una serie de relatos que indican de una u otra forma las diferencias en forma de ser de mis hijos. Ya sean innatas o generadas por interacción entre ellos.


El escalador:
Día de trabajo normal. Llego a la casa en la tarde y lo primero que me encuentro tras cruzar el umbral es a Miguel, en el estudio, trepado dos entrepaños arriba en el estante, mientras que el Rafa lo observaba con total detalle desde abajo. En un impetuoso movimiento, suelto lo que traigo en las manos para ir a descolgar al mono del mueble.
—Miguel, ¿qué haces? El librero se te puede caer encima y lastimarlos a ti y a tu hermano que está ahí parado.
—Estoy subiendo.
—Pero es un librero m'hijo, no se sube por ahí. Tu hermano te está viendo. Mejor enséñale otras cosas.
—Pero él me enseñó —dijo, señalándolo.
Y entonces volteé a ver, incrédulo, al pequeño Rafael. Y noté que no estaba precisamente inmóvil. Intentaba subir una pierna y luego la otra al primer anaquel, sin mucho éxito; y ahí entendí que la idea original había sido suya. Él es por naturaleza más inquieto que Migue, así que seguramente estaba ahí, intentando trepar sin éxito por su baja estatura y coordinación primitiva, hasta que su hermano seguramente pensó «pero yo sí alcanzo, ¿pues por qué no me subo yo?». Y cuando estaba iniciando la escalada, llegué yo para interrumpir su ascenso.

Al Migue nunca se le ocurrió emprender semejante actividad cuando tenía la edad de Rafa. Tuvo que llegar el hermano para que la idea cruzara por su cabeza.

Peritos
Edad de Miguel: 3 años, 6 meses.
Edad de Rafael: 1 año, 4 meses.
Foto: Iain K. MacLeod vía photopin cc