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| Foto: caese vía photopin cc |
Desde hace ya un tiempo me enojo por todo. Les grito a los niños, no les tengo paciencia y me cabreo con mi esposa. Nada me satisface en la casa. Siempre estoy de mal humor. Y lo peor de todo es que no me daba cuenta.
He aquí mi andar en el proceso de darme cuenta, de volverme consciente, de regresar de mi confinamiento en ese «mar de culpas» en el que había naufragado y de encontrar de nueva cuenta mi centro, mi luz, mi paz. Las culpas que forman este océano son aquellas que yo impongo en los demás para poder negar mi responsabilidad. Culpo a otros de lo que me sucede y así no tener que enfrentar el hecho de que el único que puede cambiar mi vida soy yo. Escribo esto —exponiendo mis miedos y mi esencia— para dejar una boya a aquellos que sienten estar pasando por lo mismo. De llegar a la orilla prometo encender un faro para, como mínimo, servir de referencia. Entiendo que mi camino no será el mismo que el de los demás, pero nunca sobra por lo menos saber que no se está solo en el naufragio. Para mí fue importante.
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| Foto: Funky64 vía photopin cc |
Durante mi tiempo de observación, me percaté de que cuando los niños me alteraban, me convertía en un monstruo. Perdía toda compostura y me superaba la situación. Era ahogarme en un vaso de agua. Al verme en mi enojo, descubrí que culpaba a los niños por mi desquicie; pero la verdad es que en todos los casos ya estaba irascible y poco tolerante. Tratando de encontrarle sentido a todo, noté —curiosamente— que siempre que perdía la consciencia Gaby estaba presente. Entonces acepté que estaba enojado con ella; concluí que me frustraba no poder enfrentarme al enojo que le tenía, y esto lo manifestaba en forma de agresión hacia los niños. Había determinado que, contra lo que pensaba, mis hijos no eran los «culpables» de mi ira.
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| Foto: Laurent Lavì Lazzeresky vía photopin cc |
En mis elucubraciones mentales básicamente la culpé de mi «situación» porque me sentía presionado y estresado debido a la desigual carga de responsabilidades en la casa. Me parecía que todo lo hacía yo: darles de comer, llevarlos y recogerlos de la escuela, cuidarlos en la tarde, etc.; pero cuanto más le decía que tenía la culpa, más me percataba de que en realidad la causa real no era esa. Que había algo más abajo. Algo aún oculto. Ella me cuestionó: «¿Qué necesitas de mí?» y entonces me preguntó por cada uno de los hechos de los que me estaba quejando, hasta que comprendí que aunque me diera todo eso, seguiría repelando de algo y que la base de todo el problema era que yo no me encontraba contento. No estaba a gusto. Me dí cuenta de que aún si ella hiciera todas las labores domésticas, algo seguiría estando mal. Que no es eso lo que busco y que es solamente un pretexto. Sé que hay algo más que no logro identificar. Unos cuantos minutos de diálogo y resolvimos que las obligaciones no estaban tan «lateralizadas» como me parecían. Ella tiene su buena parte de tareas, pero estaba minimizándolas para poder ponerme en el lugar de víctima. Entonces, ¿qué diablos es lo que me tiene así? Seguí en el proceso de observarme cuando me enojaba, para descubrir la verdad. Entonces encontré otro «culpable»: el estrés.
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| Foto: abbilder vía photopin cc |
Luchar contra el estrés es luchar con un fantasma. Es intentar controlar la tos dejando de respirar en vez de lidiar con la enfermedad que la ocasiona. Es un absurdo. Para eliminar el estrés hay que evitar los actos, situaciones y pensamientos que lo desatan. Luchar con los generadores en vez de con el síntoma. Y no siempre están visibles. Se esconden... o, mejor dicho, los escondemos. Los ocultamos porque preferimos vivir en una situación problemática pero sabida, que salir a algún estilo de vida desconocido. Nos da miedo lo que no hemos experimentado y por eso preferimos quedarnos en lo que nos es familiar, por mucho daño que nos haga.
Mi estrés me llevó a buscar su origen en mi economía (o la falta de ella), en el trabajo, en la familia —nuclear y extendida—, en mi estilo de vida, en los amigos, los vicios, los hábitos... y he de admitir que su hallazgo me eludió por mucho tiempo; pero un día encontré esa raíz: mi falta de sentido. El estancamiento de mi desarrollo personal. La realización personal es la que me hace estar bien conmigo mismo; y si no estoy bien en ese rubro, es imposible que convivir sanamente con los demás. El no tener un rumbo trazado en mi vida y encontrarme a la deriva generaba en mí una profunda tristeza que sólo se sobrellevaba arrojando enojo —para ocultarla— a aquellos que tocaban esa parte de mi superficie. Siempre ha sido más fácil estar enfadado o iracundo con los demás que aceptar que no sé qué hacer con mi vida; y eso es deprimente.
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| Foto: h.koppdelaney vía photopin cc |
Entonces me hice a la tarea de contestarlas. Determiné que faltaba dedicarme tiempo, y busqué espacios (que no soltaré jamás) para sacar de mi mente, de una vez y por todas, esas respuestas que tanto anhelaba. No pude, pero vaya que disfruté ese tiempo. En él encontré qué quería de mi vida en seis meses; y noté también que cuando pensaba no en meses, sino en años, la idea cambiaba —a veces radicalmente—; y ésta a su vez se volvía obsoleta cuando planeaba en el orden de décadas, en lugar de años. «¿Por qué es tan difícil dar con esto?», pensé. Y poco a poco nació la idea «¿Y si lo estoy haciendo al revés?, ¿qué sucede si en vez de pensar en un plazo largo, pienso en un plazo mucho muy pequeño?» Y fue cuando intenté responder: «¿qué quiero de mi vida ahora?»
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| Foto: khalid almasoud vía photopin cc |
En cuanto el agua se evaporó, encontré únicamente mi responsabilidad donde antes parecía haber culpa ajena. Estoy parado en un desierto, libre de caminar en cualquier dirección. Sigo sin un rumbo fijo, pero ya no es tan necesario porque la vida debe ser disfrutada segundo a segundo. Basar mi felicidad en alcanzar una meta en particular significa que la infelicidad llegará invariablemente cuando algo me desvíe en el camino; sin embargo, si se disfruta cada momento, la vida se adaptará sola al nuevo rumbo sin generar sufrimiento en mí. El momento de construir una vida no fue cuando erré el camino. Es ahora. Lo forjo con cada paso, con cada decisión, cuando tomo las riendas de mi vida y acepto con toda fe que el único capaz de liberarme soy yo. Y he decidido hacerlo.
No tengo destino fijo. No puedo ver más allá del horizonte, pero ocuparme únicamente del paso actual aligera la carga. La vida se vuelve más noble. Y aquello que otrora fue un mar, hoy se vuelve un oasis. Un paraíso. Un motivo para seguir de pie e invitar a otros a que unan sus pasos con los míos... especialmente cuando sienten que han naufragado.
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