jueves, 28 de marzo de 2013

Arremeda, remedador


Ocho treinta de la mañana, llegando tarde —otra vez— a la escuela. Ayudo al Migue a salir del auto y para poder sacar a su hermano, le digo: «Espérame aquí, no te bajes de la banqueta», a lo que escucho un eco de mis palabras con un sonsonete burlesco, típico de los niños cuando quieren molestar a sus compañeritos (con todo y el movimiento lateral de la cabeza): «Espérame aquí, no te bajes de la banqueta».

De inmediato, una sensación de nudo en el estómago aparece y, junto con ella, unos deseos increíblemente poderosos de abofetearlo y ponerle una regañiza capaz de suprimir cualquier intento futuro de mofa similar; pero me contuve. Aguardé inmóvil durante lo que me parecieron minutos y, en ese tiempo, mi mente se debatió entre llevar a cabo la sentencia o perdonar al acusado:
—¡Se burló de mí! ¡Debería darle un manazo en la boca, para que aprenda que a su padre no se le falta al respeto de esta manera! —Inició la mente.
—No lo creo. Más bien me parece que no quiso burlarse —continuó la mente, a modo de respuesta... ¡a sí misma!—. Pareciera que sólo está pasando por una etapa.
—¿Una etapa? ¡Eso es una clara afronta a mi autoridad! Si ahora permito eso, ¿quién sabe qué se atreverá a hacer cuando sea un adolescente?
—Sólo está imitando. Yo hago lo mismo cuando él se pone a llorar. Lo imito para causarle un estado de shock y que deje de llorar por un rato. Luego lo distraigo. Hago eso desde que está en la cuna. Incluso lo he visto hacer exactamente lo mismo con su hermano. ¿Cómo puedo regañarlo por algo que yo le enseñé?
—Bueno, pero yo lo hago sólo para que deje de llorar. Él lo hizo por molestar. Me está faltando al respeto.
—¿Al respeto? ¡Sólo está jugando! ¡Míralo! —En estos momentos, el Migue estaba hablando en voz alta, jugando absorto con el coche que tenía entre las manos, completamente ignorante del duelo que se debatía en mi cabeza.
—Bueno, a lo mejor no lo hizo con intención, pero aún así es una falta de respeto. Comportamientos como esos deben ser suprimidos; si no, va a saber que me puede insultar y que no hay consecuencias.
—Más bien me parece que temo perder un supuesto poder que tengo como padre. Como si sólo a través del miedo pudiera doblegarlo, o hacerme respetar. ¿Por qué no puedo pedirle amablemente que deje de hacerlo? Tan sólo hay que hacerle ver que esa actitud es ofensiva.... ¡claro, eso y dejarlo de hacer yo!
—¡No tiene nada que ver conmigo! ¡No es importante si yo lo hago o no! Lo importante es que él no me lo vuelva a hacer.
—¡Claro que tiene que ver conmigo! Mientras yo lo haga, él lo seguirá haciendo; y para colmo le parecerá lo normal y natural. Jamás verá el error en la acción, porque fue educado así. Mi ejemplo pesa más que las palabras. Soy un mentiroso e hipócrita si pretendo disuadirlo de algo que yo mismo acostumbro.
—¡¿HIPÓCRITA?! ¡Soy su padre! ¡Él hace lo que yo diga!
—¿Lo que yo diga? ¡Ja! Más bien quiero decir: «él imita lo que yo hago».
—Bueno, sí. Lo he visto imitarme antes. Tiene actitudes, frases y gestos iguales a los míos. Pero yo nunca he arremedado a mi padre.
—Pero a él sí. ¿Qué diferencia hay para un niño? Él aprende que yo imito, así que imita. No se fija en si lo hago en la intimidad de la casa, con el perro; o en una plaza pública al mismísimo Papa.

En ese momento, el Migue apartó la mirada de su juguete y volteó hacia mí (probablemente atraído por el silencio). Inmediatamente notó en mi cara que algo no iba bien. Como mi proceso mental me dejó rumiando las conclusiones y sus implicaciones —que aún sigo reflexionando—, no atiné a decir o hacer absolutamente nada, aparte de soltar un «No vuelvas a hacer eso». Si bien es cierto que detuve mi mano para no herirlo físicamente, con el supuesto «regaño» tuvo suficiente como para sentirse amenazado. Agachó la cabeza y dejó de hablar por un momento.


Peritos
Foto: Light Seeker vía photopin cc

jueves, 14 de marzo de 2013

El guardián



El otro día salíamos rumbo a su clase de música. Dentro de la casa, le dije a Migue: «Cuida a tu hermano, voy a guardar las cosas en el carro y nos vamos». Salí por unos cinco segundos y, de repente, escucho a Miguel: «Papá, Rafa ya se bajó a la calle».

Volteé y noté a Migue en la banqueta, viendo hacia su izquierda. Sigo su mirada y noto al Rafita que, no sólo había salido a la cochera, sino que pasó de largo y ya estaba a la mitad de la calle. Pánico. La consciencia se retira. Mi mente se disuelve y surge una Quimera interna... transformación total. Reviso la postura de Miguel. Asombro absoluto, no creo que se aventure más allá de la banqueta. Examino ambos lados de la calle. No hay vehículos circulando. Termino de aventar las cosas en el coche. Corro lo más rápido que puedo. Rafael corre, alejándose de mí. «¡El escuincle cree que estoy jugando!» pensé.
—¡RAFAEL —lo llamo—! ¡RAFAEL! —De nuevo. Lo alcanzo y lo levanto con un movimiento brusco, tomándolo de la muñeca y lo coloco, cual bulto de comida para perros, bajo mi brazo—. ¡LES DIJE QUE NO SE BAJARAN! ¡LA CALLE ES PELIGROSA! ¡NO DEBES CRUZAR! —todo con gritos histéricos mientras camino a paso rápido de regreso al auto. El niño comienza a llorar, terriblemente asustado. No sabe qué está ocurriendo. Paso junto al Migue que me ve pasmado. Meto a Rafael en el auto. Lo siento en su silla contra su voluntad. Le impongo el cinturón. El peligro ha pasado, pero el miedo, enojo y demás emociones siguen. Me dirijo hacia Miguel, y comienzo—: ¡TE ESTOY DICIENDO QUE CUIDES A TU HERMANO! ¿NO VES QUE ES MÁS CHICO? ¡LO PUDIERON HABER ATROPELLADO! ¡TE PEDÍ QUE NO LO DEJARAS SALIR!...

De pronto, me veo a mí mismo gritándole a mi hijo; a un chiquillo asustado que estaba jugando, como los niños deben hacerlo, en vez de cuidar a su hermano, como los padres deben hacerlo. La consciencia ha regresado. El miedo es súbitamente reemplazado por la culpa. Las lágrimas de la frustración y la angustia se apelmazan en mis ojos. Lentamente dejo de gritar, doy un respiro —entrecortado— y me siento en el escalón de la entrada de la casa.
—Miguel, ven por favor —el Migue, con cara de miedo o tal vez aturdimiento total se me acerca, en una actitud de sumisión—. Hijo, lo siento. No debí gritarte. Tú no eres el responsable de cuidar a tu hermano. Soy yo quien debe hacerlo —el volumen de las lágrimas sobre el globo ocular por fin rompe la tensión superficial y algunas corren por mis mejillas, en silencio. Tomo a mi hijo entre los brazos y le doy un abrazo de Hulk—. Perdón por gritarte. Me asusté.
El niño me devuelve el abrazo; cuando me suelta, me mira, y una tímida sonrisa me asegura que ya todo está bien. En el interior del auto está un Rafael llorando histéricamente. Me disculpo también con él y lo tranquilizo. Subo a Miguel de forma muy tranquila en el carro y nos vamos...

Hoy encontré un arma útil contra esa Quimera que surge cuando mis peores miedos y emociones toman posesión de mi cuerpo: la observación. Tomar distancia y ver la situación como si fuera un espectador, me da una perspectiva distinta, que puede ser un claro indicador de cuándo está actuando el padre y cuándo la bestia.


Peritos
Foto: Pensiero vía photopin cc

miércoles, 13 de marzo de 2013

El evento de la sopa


¡Estoy encabronadísimo! Pido amablemente al lector que disculpe el léxico que utilizaré en esta entrada, pero el nudo que siento en las tripas no parece querer desaparecer pronto, así que pienso neutralizarlo a base de sacar la emoción escribiendo malas palabras en este espacio.

Resulta que todo de pocas tuercas para comenzar a comer, salvo un poco de resistencia puesta por el buen Molcas para poner la mesa —que básicamente se limita a colocar los manteles sobre la misma—. Nos sentamos a comer mis dos hijos y yo. Les sirvo la sopa: rica sopa de pasta con harto caldo. El Molquititas no puede zampársela solo, así que yo pongo mi atención en administrársela, mientras el Molcas está jugando con la cuchara. ¡Buaaaaaaaaaaaaaammmmmmmmmmm!, pasa la cuchara-avión por enfrente; se convierte en un caballito o sabrán sus sesos qué, pero el punto es que le digo «M´hijo, deja de jugar y ponte a comer».

Sigo cucharada tras cucharada, llenándole el buche al Molquititas, cuando ahora el otro parece estar representando toda una telenovela (sí, las 10 temporadas completas) con múltiples personajes... interpretados todos —claro está— por la cuchara. «¡Miguel, no juegues!» El necio papá otra vez a tratar de establecer la razón en el escuincle.

Las últimas gotas de la sopa del chiquito están entrando a su boca, cuando de pronto todo el desmadre que trae el grande se detiene de repente. Como todo buen padre, rápidamente deduje que algo no estaba bien, y cuando volteo a verlo, el plato prácticamente vacío y la sopa en él. «¡Me lleva la chingada!» —pensé. Boiler de furia a punto de explotar. Solté el plato del Rafa, tomé la mano del Migue, y de ahí en adelante todo fue como en espiral hacia abajo. Manoteé, grité, pataleé —o así me pareció—, me lo llevé casi a rastras a cambiar mientras  él me lloraba y me pedía que no lo castigara de cuantas formas posibles se le ocurrieron. Yo, en este punto, callado; porque de haber abierto mi bocota, ahora estaría en una esquina arrepentido en vez de en la computadora, enfurecido.

—¡NO TE FIJAS! ¡SIEMPRE JUGANDO! ¡TE ESTOY DICIENDO! ¿POR QUÉ NO ME HACES CASO? —éstas y otras letanías una y otra y otra vez mientras lo cambiaba. El niño llorando, y el hermano pequeño... bueno, en este punto no existía para mí. Duro y dale a ver si por fin le entra en la cabeza que no se debe jugar en la mesa, con la esperanza de que sea la última vez. Unos cuantos gritos míos y varias lágrimas y llanto suyo después, regresamos a la mesa. Yo fúrico y con toda la emoción retorciéndome los intestinos, Miguel mansito, mansito. Terminó por fin con las tres pinches cucharadas que le quedaron.

Un brócoli y escasos trozos de pollo más tarde, volvió a ponerse a jugar... ¡ahora con el puto tenedor! En este punto ya no podía más. Lo miré fijamente. De forma seria y tajante le dije «come», y no le levanté la vista hasta que terminó con el plato.

Así que, en esta ocasión podemos poner el nuevo marcador en la guerra padre-hijos: niño=58,721; papá=0. ¿Soy un papá consciente? ¡Ni madres! La consciencia de plano hoy no se dignó aparecer; pero ni modo. En esta lucha diaria a veces se gana y a veces se pierde. Hoy yo perdí, y con mi pérdida, mis hijos también.

Peritos
Foto: Bikerock vía photopin cc