Ocho treinta de la mañana, llegando tarde —otra vez— a la escuela. Ayudo al Migue a salir del auto y para poder sacar a su hermano, le digo: «Espérame aquí, no te bajes de la banqueta», a lo que escucho un eco de mis palabras con un sonsonete burlesco, típico de los niños cuando quieren molestar a sus compañeritos (con todo y el movimiento lateral de la cabeza): «Espérame aquí, no te bajes de la banqueta».
De inmediato, una sensación de nudo en el estómago aparece y, junto con ella, unos deseos increíblemente poderosos de abofetearlo y ponerle una regañiza capaz de suprimir cualquier intento futuro de mofa similar; pero me contuve. Aguardé inmóvil durante lo que me parecieron minutos y, en ese tiempo, mi mente se debatió entre llevar a cabo la sentencia o perdonar al acusado:
—¡Se burló de mí! ¡Debería darle un manazo en la boca, para que aprenda que a su padre no se le falta al respeto de esta manera! —Inició la mente.
—No lo creo. Más bien me parece que no quiso burlarse —continuó la mente, a modo de respuesta... ¡a sí misma!—. Pareciera que sólo está pasando por una etapa.
—¿Una etapa? ¡Eso es una clara afronta a mi autoridad! Si ahora permito eso, ¿quién sabe qué se atreverá a hacer cuando sea un adolescente?
—Sólo está imitando. Yo hago lo mismo cuando él se pone a llorar. Lo imito para causarle un estado de shock y que deje de llorar por un rato. Luego lo distraigo. Hago eso desde que está en la cuna. Incluso lo he visto hacer exactamente lo mismo con su hermano. ¿Cómo puedo regañarlo por algo que yo le enseñé?
—Bueno, pero yo lo hago sólo para que deje de llorar. Él lo hizo por molestar. Me está faltando al respeto.
—¿Al respeto? ¡Sólo está jugando! ¡Míralo! —En estos momentos, el Migue estaba hablando en voz alta, jugando absorto con el coche que tenía entre las manos, completamente ignorante del duelo que se debatía en mi cabeza.
—Bueno, a lo mejor no lo hizo con intención, pero aún así es una falta de respeto. Comportamientos como esos deben ser suprimidos; si no, va a saber que me puede insultar y que no hay consecuencias.
—Más bien me parece que temo perder un supuesto poder que tengo como padre. Como si sólo a través del miedo pudiera doblegarlo, o hacerme respetar. ¿Por qué no puedo pedirle amablemente que deje de hacerlo? Tan sólo hay que hacerle ver que esa actitud es ofensiva.... ¡claro, eso y dejarlo de hacer yo!
—¡No tiene nada que ver conmigo! ¡No es importante si yo lo hago o no! Lo importante es que él no me lo vuelva a hacer.
—¡Claro que tiene que ver conmigo! Mientras yo lo haga, él lo seguirá haciendo; y para colmo le parecerá lo normal y natural. Jamás verá el error en la acción, porque fue educado así. Mi ejemplo pesa más que las palabras. Soy un mentiroso e hipócrita si pretendo disuadirlo de algo que yo mismo acostumbro.
—¡¿HIPÓCRITA?! ¡Soy su padre! ¡Él hace lo que yo diga!
—¿Lo que yo diga? ¡Ja! Más bien quiero decir: «él imita lo que yo hago».
—Bueno, sí. Lo he visto imitarme antes. Tiene actitudes, frases y gestos iguales a los míos. Pero yo nunca he arremedado a mi padre.
—Pero a él sí. ¿Qué diferencia hay para un niño? Él aprende que yo imito, así que imita. No se fija en si lo hago en la intimidad de la casa, con el perro; o en una plaza pública al mismísimo Papa.
En ese momento, el Migue apartó la mirada de su juguete y volteó hacia mí (probablemente atraído por el silencio). Inmediatamente notó en mi cara que algo no iba bien. Como mi proceso mental me dejó rumiando las conclusiones y sus implicaciones —que aún sigo reflexionando—, no atiné a decir o hacer absolutamente nada, aparte de soltar un «No vuelvas a hacer eso». Si bien es cierto que detuve mi mano para no herirlo físicamente, con el supuesto «regaño» tuvo suficiente como para sentirse amenazado. Agachó la cabeza y dejó de hablar por un momento.
Peritos
Foto: Light Seeker vía photopin cc


