domingo, 23 de junio de 2013

En el supermercado


Hoy fui de compras al súper. Me llevé yo solo a mis dos chamacos. Iniciamos la jornada bien, con mucho ánimo. A Rafa lo coloqué en el asiento del carrito y al Migue lo puse temporalmente en la canastilla, con la idea de bajarlo y que caminara cuando ya no quedara espacio. Revisé mi lista de compras: básicamente lo mismo de todas las semanas.

Empezamos en el área de frutas: plátanos, mangos, guayabas, duraznos... yo preguntaba dónde estaban y esperaba a que alguno me señalara la fruta, la embolsaba y se la pasaba a Migue para que la «acomodara» a su lado. Terminando con la fruta, fuimos a la carne; sin embargo, la habían movido de lugar. Encontré rápidamente con la mirada el letrero que indicaba el nuevo sitio de los cárnicos y empujé el carrito hacia ahí. El siguiente elemento de mi lista eran algunos alimentos enlatados. Nos dirigí al pasillo correspondiente y, para mi sorpresa, ahí sólo había pastas. «¿Qué diablos? ¿Por qué no están los enlatados aquí?» pensé, con algo de molestia. Busqué entre los letreros que cuelgan del techo sin éxito. Dejé a los niños a la orilla del pasillo trece y caminé hasta el ocho sin ver nada de latas. No me pude alejar más para no perder a los escuincles de vista. «¡Puta madre!, ¿pues dónde están las pinches latas?» Comencé a invertir mi manera de hacer compras. Normalmente veo la lista y, como sé —o sabía— dónde tienen las cosas, voy hacia donde estén los artículos más cercanos. Ahora tenía que ver de pasillo en pasillo qué había, y luego hacer la referencia contra mi lista. ¡Era una monserga! Como no podía abandonar a mis hijos a su suerte para agilizar mi recorrido, tenía que ir por todos los pasillos uno por uno empujando el cochecito hasta dar con algo.

Nueve pasillos después estaba hasta la madre. Pensé «¡¡¡a quién chingados se le ocurre cambiar las pinches cosas de lugar!!!» He de admitir que hasta llamé pendejos a los empleados de la tienda (probablemente incluso en voz alta). Mi cabeza, como ollita de presión, estaba silbando. No me podía entrar en la sesera que en el transcurso de una semana hubieran movido toda la tienda. «¡Qué estupidez!» Para estas alturas, mi límite de tolerancia estaba en cero. Y, como era predecible, los niños ya estaban desesperados y comenzaron a jalarse, pegarse, escupirse, gritarse; uno lloraba, el otro decía: «papá, ya me quiero bajar», etc. Yo en mi traje de bestia (que, últimamente me pongo casi a diario), con zancadas grandes y movimientos torpes y bruscos (hasta podría jurar que estaba encorvado), agarrando cuanto pudiera medio cuadrar con la lista para irme lo más pronto posible. Continué en silencio —salvo los típicos gruñidos y quejas del monstruo—, sin siquiera hacerle caso a los niños para no desquitarme con ellos. Mi cara era la de pocos amigos. Para el último pasillo, el Migue ya estaba enterrado bajo los diversos artículos, y ahí estaban las malditas latas. Noté que no tenía todo lo indicado en la lista, pero al menos ya tenía lo importante y me fui a hacer la cochina cola. Una laaaaaaaarga cola para que nos cobraran. Llegamos por fin a la caja. Los niños en un punto ya insoportable. A estas alturas ya les había gritado y los tenía amenazados con... ni me acuerdo qué. Pagué, subí todo —niños incluidos— al carro y me fui a la casa.

Ya estoy en mi casa, ya escribí esta entrada y todavía no se me bajan el enojo, la frustración y demás emociones. Lo peor de todo es que no sé ni siquiera por qué estoy tan molesto. Dos minutos de reflexión y comprendes que la tienda reorganiza constantemente sus anaqueles. Es lo normal, lo esperado. En esos mismos dos minutos incluso entendí que estoy así por cosas sin importancia, pero la cuestión es que en este estado me puse y así sigo... y ahora, ¿cómo me lo quito?

Peritos 
  Edad del Migue: 4 años
Edad del Rafa: 1 año, 9 meses
Foto: andrewXu vía photopin cc

domingo, 16 de junio de 2013

Masaje


Domingo. Día del padre. Tempranito por la mañana me dieron un masaje por este día. A las ocho y cuarto de la mañana estaba acostado y el masajista estaba preparándose. He de aceptar que el masaje fue raro (creo que le llaman masaje Shiatsu, Tailandés u oriental), porque comenzó cuando el masajista se paró... ¡sobre mí! Colocó sus pies en mi espalda alta y comenzó a recorrer mi espina hacia  arriba y hacia abajo. Un rato después, se dejó caer —o así lo sentí yo— y acabó de sentón sobre mis lumbares bajas, siguiendo de sentón en sentón hasta llegar a estar casi sobre las cervicales. Esto continuó por varios minutos y la verdad hubo momentos en los que dolía. Terminé por decir «gracias, pero ya no quiero más masaje» y me levanté de mi cama.

Bueno, considerando que el masajista tiene dos años, creo que no estuvo tan mal. ¡Feliz día del padre!

Peritos
Edad del Rafa: 1 año, 11 meses.
Foto: Shiatsu Loft Berlin vía photopin cc

viernes, 14 de junio de 2013

¡Cereal!


Recientemente les compramos a los niños un cereal que son bolitas de chocolate. Les gustó bastante. Hoy en la mañana, cuando Rafa despertó, lo escuchamos decir con un tono de inmensa alegría: «¡ceral!», lo cual se nos hizo raro, porque estaba en su cuna (aún no aprende a bajarse) y normalmente sólo los dejamos subir líquidos a su recámara. Pensando que tal vez Miguel se había escabullido a la cocina para llevarle de contrabando un plato de cereal a su hermano, Gaby fue a ver qué pasaba.

Regresó para contarme el hecho: efectivamente, Rafita se había encontrado una bolita que parecía de chocolate. Cabe mencionar que no era cereal... y que su pañal estaba lleno.

Peritos
Edad del Rafa: 1 año, 11 meses;
edad del Migue: 4 años, 1 mes.
Foto: jProgr vía photopin cc

domingo, 9 de junio de 2013

Para despistar


Todos los niños se ponen nefastos cuando están cansados. El Rafa no es la excepción. En su modalidad chilletas, ya nos había comenzado a desquiciar, así que decidimos ponerlo a dormir... o sea, llevarlo a su cama. El chamaquito está muy familiarizado con la rutina de la siesta, que es darle su leche y ponerlo en la cuna. La leche de hecho la relaciona directamente con irse a dormir, así que para preguntarle a Gaby si le iba preparando la mamila, decidí hablar en «código», con el fin de evitar que el Rafa entendiera que estaba a punto de visitar el reino de Morfeo:

—Éste —señalando con la mirada a Rafa— ya me tiene hasta la coronilla.
—Sí —respondió la mamá—. Está cansado desde hace rato.
—¿Y si le preparo su lácteo? ¿A ver si clava el pico? —Y tras ver que asentía, me dirigí al niño:— Rafa, ¿me acompañas por una mamililla? —Y comencé a quitarle los huaraches.
—No, no, no papá —rezongó mientras se agarraba los pies.
—Bueno, entonces voy solo —dije, mientras me acercaba a la puerta, esperando que él quisiera venir conmigo.
—¡No papá! ¡No vayas! —respondió inmediatamente. Sonreí para mis adentros. Regresé y le terminé de quitar el calzado rápidamente.
—Dile a mamá que ya nos vamos. Que vamos por tu líquido mágico.
—Adiós mamá. Cheche mamá.

Efectivamente, «cheche» en rafesco significa leche. A veces como padres no nos damos cuenta de qué tan avanzados están los niños en sus capacidades de entendimiento y los subestimamos. Esto ocurre más en niños como el Rafa, que aún no se expresan bien, pero que entienden prácticamente todo. Nosotros haciendo juegos de palabras a lo grande, para que el escuincle supiera desde un principio qué tramábamos.

Peritos
Edad del Rafita: 1 año, 11 meses.
Foto: nerissa's ring vía photopin cc

lunes, 3 de junio de 2013

Fracaso


Domingo:
A casi todos los niños les gustan los columpios, y mis hijos no son la excepción. Resulta que estando el Rafa sentado al pie del columpio (comiendo tierra, literalmente), el Migue se subió y comenzó a mecerse. Vi en cámara lenta la esquina metálica del asiento mientras se movía peligrosamente cerca de la cara del Rafita. Rápidamente mi mente calculó la trayectoria y anticipó el final: el columpio iba a terminar partiéndole el rostro al chiquito.
«Miguel, no te  columpies. Está Rafael ahí». Grité sin éxito. Me ignoró. «¡MIGUEL! ¡NO TE COLUMPIES!» volví a gritar —sin que siquiera me volteara a ver— mientras estaba ya a media carrera para detenerlo. Cuando llegué a donde estaban detuve el juego con una mano, mientras que con la otra alejaba al cometierra de la zona de peligro. Miguel, enojado por mi intervención, se bajó y comenzó a repelar y a aventar el columpio a pesar de estar sostenido por mi mano... y fue ahí donde me perdí. Mi consciencia se retiró mientras una bestia en posesión de mi cuerpo arrastraba al Migue para ponerlo en "tiempo fuera" por no hacerme caso. Aquél, como marranito en matadero; y yo, como siempre: enfurecido. Pareciera que es mi estado natural últimamente. En resumen, el Migue se la pasó haciendo gran escándalo durante el castigo en tanto que un servidor mentaba madres internamente.

Al terminar el aislamiento le dije: «Migue, a la próxima hazme caso. No me gusta que ni me voltees a ver cuando te hablo». Él no dijo palabra y se retiró cabizbajo. Se le arruinó el resto del día.

Lunes:
Tras un minucioso examen, el doctor le sacó un tapón de cerilla de los oídos: «con esta cantidad de mugre probablemente ya no escuchaba bien».


Hay ocasiones en las que, debido a la susceptibilidad de los padres en determinado momento, los castigos impuestos no tienen una proporción adecuada en relación con la falta cometida. Ésta fue una.



Peritos
Foto: Sippanont Samchai vía photopin cc