Hoy fui de compras al súper. Me llevé yo solo a mis dos chamacos. Iniciamos la jornada bien, con mucho ánimo. A Rafa lo coloqué en el asiento del carrito y al Migue lo puse temporalmente en la canastilla, con la idea de bajarlo y que caminara cuando ya no quedara espacio. Revisé mi lista de compras: básicamente lo mismo de todas las semanas.
Empezamos en el área de frutas: plátanos, mangos, guayabas, duraznos... yo preguntaba dónde estaban y esperaba a que alguno me señalara la fruta, la embolsaba y se la pasaba a Migue para que la «acomodara» a su lado. Terminando con la fruta, fuimos a la carne; sin embargo, la habían movido de lugar. Encontré rápidamente con la mirada el letrero que indicaba el nuevo sitio de los cárnicos y empujé el carrito hacia ahí. El siguiente elemento de mi lista eran algunos alimentos enlatados. Nos dirigí al pasillo correspondiente y, para mi sorpresa, ahí sólo había pastas. «¿Qué diablos? ¿Por qué no están los enlatados aquí?» pensé, con algo de molestia. Busqué entre los letreros que cuelgan del techo sin éxito. Dejé a los niños a la orilla del pasillo trece y caminé hasta el ocho sin ver nada de latas. No me pude alejar más para no perder a los escuincles de vista. «¡Puta madre!, ¿pues dónde están las pinches latas?» Comencé a invertir mi manera de hacer compras. Normalmente veo la lista y, como sé —o sabía— dónde tienen las cosas, voy hacia donde estén los artículos más cercanos. Ahora tenía que ver de pasillo en pasillo qué había, y luego hacer la referencia contra mi lista. ¡Era una monserga! Como no podía abandonar a mis hijos a su suerte para agilizar mi recorrido, tenía que ir por todos los pasillos uno por uno empujando el cochecito hasta dar con algo.
Nueve pasillos después estaba hasta la madre. Pensé «¡¡¡a quién chingados se le ocurre cambiar las pinches cosas de lugar!!!» He de admitir que hasta llamé pendejos a los empleados de la tienda (probablemente incluso en voz alta). Mi cabeza, como ollita de presión, estaba silbando. No me podía entrar en la sesera que en el transcurso de una semana hubieran movido toda la tienda. «¡Qué estupidez!» Para estas alturas, mi límite de tolerancia estaba en cero. Y, como era predecible, los niños ya estaban desesperados y comenzaron a jalarse, pegarse, escupirse, gritarse; uno lloraba, el otro decía: «papá, ya me quiero bajar», etc. Yo en mi traje de bestia (que, últimamente me pongo casi a diario), con zancadas grandes y movimientos torpes y bruscos (hasta podría jurar que estaba encorvado), agarrando cuanto pudiera medio cuadrar con la lista para irme lo más pronto posible. Continué en silencio —salvo los típicos gruñidos y quejas del monstruo—, sin siquiera hacerle caso a los niños para no desquitarme con ellos. Mi cara era la de pocos amigos. Para el último pasillo, el Migue ya estaba enterrado bajo los diversos artículos, y ahí estaban las malditas latas. Noté que no tenía todo lo indicado en la lista, pero al menos ya tenía lo importante y me fui a hacer la cochina cola. Una laaaaaaaarga cola para que nos cobraran. Llegamos por fin a la caja. Los niños en un punto ya insoportable. A estas alturas ya les había gritado y los tenía amenazados con... ni me acuerdo qué. Pagué, subí todo —niños incluidos— al carro y me fui a la casa.
Ya estoy en mi casa, ya escribí esta entrada y todavía no se me bajan el enojo, la frustración y demás emociones. Lo peor de todo es que no sé ni siquiera por qué estoy tan molesto. Dos minutos de reflexión y comprendes que la tienda reorganiza constantemente sus anaqueles. Es lo normal, lo esperado. En esos mismos dos minutos incluso entendí que estoy así por cosas sin importancia, pero la cuestión es que en este estado me puse y así sigo... y ahora, ¿cómo me lo quito?




