martes, 11 de octubre de 2016

Crónica de una separación anunciada - Parte I

Foto: yumikrum (cc)

Esta es la primera de cuatro partes. En ellas procuro expresar —paso por paso— las emociones que viví durante el proceso de mi divorcio.

Nota: Esta es tan sólo parte de la historia. Es media versión. Mi visión. Es mi sentir, mi interpretación, lo vivido al caminar por este proceso, y no pretendo indicar que lo que se encuentra aquí es la verdad absoluta. La mente se nubla cuando es inundada por emociones de pena y mancha la percepción de lo que hay afuera. Es una historia que pareciera no ser buena, pero no hay villanos. Un hecho cuyo final se sigue escribiendo y, en lontananza, creo que bien manejada puede ser una experiencia enriquecedora, liberadora y de mucho crecimiento para todos los involucrados.

Primera parte: SEPARACIÓN 
«Quiero separarme» fueron sus palabras. Y la sorpresa aseguró que la palidez conquistara mi semblante. Mi mente se puso en blanco y tardé varios segundos en digerir la frase. No encontré palabras de réplica.

Hace exactamente un año tuve esa conversación con Gaby. He de admitir que la noticia no era lo que se dice nueva, aunque, por motivos que comentaré más tarde, sí me cayó de sorpresa. Y no la considero nueva porque había ya antecedentes de varios intentos por escapar de manera no tan tajante de la rutina del matrimonio. Lo que a primera vista parecía una pareja si no perfecta, por lo menos estable, había pasado ya por varios altibajos y un par de temporadas de visita con psicólogos.

Desde pocos meses de casados, el choque cultural que tuvimos (sin entrar en detalles, ya que no es el tema a tratar ni el lugar adecuado) nos llevó al diván por primera vez. Saliendo de ese bache, creí que habíamos librado lo peor, pero al parecer la raíz del problema siguió, oculta, en algún lugar de nuestros inconscientes, porque resurgió. Y desde hace cuatro años se mantuvo haciendo mella en la relación, cosa que culminó  —con broche de oro— en una petición de separación. Léase divorcio.

Esos fueron los hechos. Y esta entrada y las subsiguientes en mi blog no se enfocarán en los catalizadores. No ahondaré en la historia ni buscaré culpables. No. No sería sano ni productivo. Esta crónica sólo usará ese momento como punto de partida. Tomará ese detonante y revisará —en su lugar— la experiencia de superar un duelo de este calibre. Y, tal vez para alguien más en una situación similar, pueda hacerle saber que no está solo.


***

Hace cuatro años comenzó mi separación. Sólo que yo me di cuenta tres años más tarde. Fue un proceso silencioso que atacó a mi esposa bajo la forma de hartazgo y depresión. La rutina era el pan de cada día en nuestro matrimonio, pero a mí no me afectaba (o eso pensaba), y lo que al principio me parecía simplemente como apatía en ella culminó en un formato de cansancio y sueño constante. No vi señales de alarma entonces; pero ahora, mirando hacia atrás, me parecen claras. 

Hace tres años encontró un poco de paz en meditaciones y talleres de superación personal. Intentó acercarme a todo eso que le apasionaba entonces, desgraciadamente mi ser no resonaba con muchas de esas actividades; incluso en cierta ocasión comentó que le gustaría salir de la ciudad, vivir en una comunidad fuera de las grandes poblaciones. Y yo —definitivamente— no comparto ese estilo de vida. Estoy muy acostumbrado a la tecnología y las comodidades citadinas y, a diferencia de ella, los sacrificios necesarios para subsistir en la mancha urbana no me son molestos. La acompañé en algunas ocasiones, pero no disfruto estar allá mucho tiempo, así que su insistencia para permanecer más en ese espacio se fue incrementando hasta que comenzó a ir a dicho lugar sola y por períodos cada vez más prolongados. He de confesar que durante estas visitas, pasé por ciertas crisis de identidad que me sacudieron. Tal vez no era tan inmune a la rutina como pensaba.

Cierto día dijo que quería estar por tiempo indefinido allá. Aplazó esos planes y fue hasta un año más tarde que se decidió a ir. Duró tres meses fuera... y aquí comienza verdaderamente la historia.

Durante esta estancia prolongada, la gente comenzó a notar cosas que no les cuadraban. ¿Dónde está Gaby?, ¿por qué tanto tiempo?, ¿con quién se quedan los niños? Éstas y más cuestiones que, aparentemente sólo pretenden informar, venían cargadas con —lo que a mí me parecía— un juicio desbordante en la mayoría de los casos. De algunas personas notas el verdadero interés por tu bienestar, pero de otras sólo percibía el dejo a morbo, o a rechazo hacia las decisiones que estábamos tomando, poniendo en evidencia la desviación de nuestros actos para con las normas sociales «aceptadas» o establecidas. No con todos pasaba, pero así lo sentía con la mayoría. La gente habla. Habla sin saber y sin pensar. Y, no sabiendo y no pensando, lastima. ¿Qué le digo a la sociedad para no alimentar su obeso morbo? ¿Que no les importa? ¿Que no estoy en humor de decir nada, pero prefiero dar cualquier información con tal de que ellos no se inventen su propia versión deformada? ¿Que ella prefiere estar lejos a estar con su marido? ¿Que no tengo ni puta idea de qué está pasando por su cabeza? ¿Que yo también estoy en crisis y que me cuesta horrores poner una cara de serenidad? ¿Que a veces un abrazo en silencio genera más empatía que hacer comparaciones entre mi vida y la de los demás? ¿Que no necesitan saber con detalle las cosas, ni «comunicar» a otros lo que «creen que está pasando», que seguro estará errado porque les falta información que jamás tendrán? ¿Que demuestra más carácter e integridad el quedarse callado —y admitir que no es tu batalla— en lugar esparcir chisme basado en trozos de interpretaciones de los hechos? ¿Que cuando nos tratan como víctima y/o victimario acidifica la crítica que ya corroe el alma y encajona en un rol del que es dificilísimo salir? La presión social es una monserga. Los juicios emitidos sin conocimiento de causa son angustiantes y, en muchos casos, fulminantes. O al menos para mí lo fueron.

En este período, mi forma de pensar sobre nuestro matrimonio cambió. Acepté que no siempre di lo mejor de mí y supuse que ella regresaría con una visión similar, con ganas de acrecentar la relación. Me equivoqué. A su regreso tuvo lugar el diálogo que abre esta entrada. No supe qué decir. Y, honestamente, en ese momento, lo único que pude pensar fue: «¿qué le voy a decir a la gente?»


***

Al día de hoy estoy en paz con todo lo narrado arriba (aunque acepto que al escribirlo reviví algunas emociones). Y ahora, con más claridad mental, veo que yo también emitía juicios al suponer que todos me juzgaban, sin saber si era o no cierto; pero lo que más me duele es que aún no escapo del hábito de satisfacer a la sociedad por encima de mi propio bienestar. Muchas decisiones que tomo siguen siendo con base en lo que los demás pensarán, no porque yo desee actuar de esa forma. Y estoy seguro que no estoy solo en esto. Es —todavía— un trabajo en proceso...


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Crónica de una separación anunciada - Parte II


Esta es la segunda de cuatro partes. En ellas procuro expresar —paso por paso— las emociones que viví durante el proceso de mi divorcio.

Nota: Esta es tan sólo parte de la historia. Es media versión. Mi visión. Es mi sentir, mi interpretación, lo vivido al caminar por este proceso y no pretendo indicar que lo que se encuentra aquí es la verdad absoluta. La mente se nubla cuando es inundada por emociones de pena y mancha la percepción de lo que hay afuera. Es una historia que pareciera no ser buena, pero no hay villanos. Un hecho cuyo final se sigue escribiendo y, en lontananza, creo que bien manejada puede ser una experiencia enriquecedora, liberadora y de mucho crecimiento para todos los involucrados.

Segunda parte: RECHAZO
(leer antes la primera parte) 



Gaby volvió después de sus tres meses de «retiro», y soltó la noticia que destrozaría todos mis planes de vida, para regresarse otro mes más a la comunidad. El golpe fue tan contundente que caí en depresión durante cerca de tres semanas. Bulleron, como pocas veces en mi vida, los sentimientos de rechazo, abandono, culpa, vergüenza... sentí la punzada del fracaso en todo su esplendor. Mi matrimonio, el símbolo máximo de un «hasta que la muerte los separe» se desmoronaba ante mis incrédulos ojos. La tristeza era una constante y, de no haber tenido a los niños a mi cargo, probablemente me hubiera paralizado de forma irrebatible. Muchos días se resumieron en lograr sobrevivir en modo autómata las actividades diurnas, para luego tirarme a intentar llorar —sin éxito— en la noche, repitiendo el ciclo a la mañana siguiente. La presión social seguía constante (o en aumento) y generaba —mezclada con mi sentimiento de culpa— una desazón tan grande que me llevó al ostracismo. Evitar a la sociedad —familia incluida— me parecía la mejor acción a tomar para no sentir el aguijón del juicio en mi obrar; sin embargo yo era mi propio juez, y uno excesivo.

Ese estado tuvo un período muy curioso. El llanto simplemente se bloqueó. Durante las noches en que la tristeza no podía mantenerse en mi interior, comenzaban a correr las lágrimas; pero cuando apenas iniciaba el pecho a inundarse de esa sensación de pesadumbre y de un lamento sincero —de esos que te doblegan y salen limpiando hasta el más recóndito espacio del alma—, la emoción se detenía, las lágrimas se retractaban de improviso y el llanto simplemente se apagaba. Lejos de ser un proceso que me permitiera descansar, era frustrante. ¿Por qué no podía simplemente sacar todo lo que estaba atorado, para empezar desde cero? A la fecha lo desconozco, pero ese bloqueo —aunque hoy ya no me estorba, porque la pena cesó— siento que no ha desaparecido.

Después de que Gaby terminara su exilio, comenzó mi etapa de negociación. No podía entender su lógica de separación. Acepto que nuestro matrimonio tenía muchas fallas, pero no me parecían tan graves como para terminar la relación. Entonces creí que podría llegar a echar atrás su decisión. Prometí cambiar. Pregunté varias veces las causas. Cuestioné los motivos. Su resolución era irrevocable. ¿Por qué yo no podía estar incluido en sus planes? Hablaba sobre salir de la urbe, desapegarse de todo, pero a leguas se interpretaba en su discurso (bueno, yo era el que hacía esa «traducción») que su vida simplemente sería más feliz sin mí.

Seguimos conviviendo bajo el mismo techo por cinco meses más. Durante este tiempo viví el periodo de intentar repararnos; y posteriormente sufrí de desesperación, ataques de ansiedad, palpitaciones, y una inestabilidad en mi vida que hacían una verdadera tormenta de las cosas más inocuas. Percibí el mundo como no sólo variante en demasía, sino además agresivo para conmigo. Y entre todo este negro panorama, una luz se encendió: comencé a platicar mis tragedias con un muy buen amigo, que atinó a no emitir juicios sino a escuchar. Largas conversaciones —monólogos en realidad— se llevaron a cabo. Y el cielo comenzó a despejarse. Admití que el problema era más de lo que podía manejar por mí mismo; pero no consideraba aún que fuera algo que requiriera de un «profesional». Siento que fue una decisión acertada. La apertura con él me permitió sentirme apoyado. Poco a poco fui compartiendo distintas partes a otras personas de confianza. Una anécdota por aquí, otra remembranza por allá, un hombro para llorar acullá. No confiaba todo a todos, pero con pequeños relatos en los oídos adecuados mi mundo cambió. Me asombré del maravilloso poder y tamaño de mi red social. Encontré personas que, estando en situaciones difíciles, me extendían la mano para ayudar. Un par en circunstancias de verdad complejas. Incluso tuve conversaciones en extremo reveladoras con personas de las cuales no esperaba absolutamente nada. ¡Qué agradable sorpresa! A todos y cada uno de ellos les estoy muy agradecido. El silencio había terminado. La sensación de rechazo y abandono lentamente entró en recesión.

Y fue entonces cuando la culpa se transfirió. Sin darme cuenta, al escuchar algunos de los comentarios que recibía de mi situación, surgieron las preguntas de ¿por qué Gaby decide mi vida?, ¿por qué yo era el que tenía que ajustarse?, ¿qué había hecho para merecer eso?, ¿acaso iba a permitir ser una víctima de sus caprichos? Esas y otras preguntas generaron una metamorfosis; y mientras en mi mente la paz parecía dibujarse en el horizonte, en el fondo de mi corazón se había gestado el odio...




Peritos
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Crónica de una separación anunciada - Parte III


Foto: MWeiss-Art (cc)

Esta es la tercera de cuatro partes. En ellas procuro expresar —paso por paso— las emociones que viví durante el proceso de mi divorcio.

Nota: Esta es tan sólo parte de la historia. Es media versión. Mi visión. Es mi sentir, mi interpretación, lo vivido al caminar por este proceso y no pretendo indicar que lo que se encuentra aquí es la verdad absoluta. La mente se nubla cuando es inundada por emociones de pena y mancha la percepción de lo que hay afuera. Es una historia que pareciera no ser buena, pero no hay villanos. Un hecho cuyo final se sigue escribiendo y, en lontananza, creo que bien manejada puede ser una experiencia enriquecedora, liberadora y de mucho crecimiento para todos los involucrados.

Tercera parte: ODIO
(leer antes la segunda parte) 


La decisión ya estaba tomada. La separación era segura. Ella comenzó a buscar casa; pero durante esa búsqueda seguíamos viviendo juntos... y en esa convivencia forzada, nació un odio acérrimo. Una tempestad de emociones que me arrastró, incluso a pesar de estar plenamente consciente de lo irracional de mis actos. Sin lugar a dudas fue una de las pruebas más difíciles que la vida me ha puesto.

No estoy seguro de cómo inicia el proceso, pero siento que aceptar el final de mi matrimonio generó una sensación de fracaso en mí, que a su vez se transformó en vergüenza y culpa. Para defenderme de los «ataques» que yo mismo me hacía, el pecado lo fui transfiriendo poco a poco. Entonces ¿qué era lo menos doloroso? Colgarle los errores al otro. Culparme a mí resultaba molesto, así que comencé a imputarle los desaciertos a Gaby. En mi mente yo había hecho todo bien: yo quería mantener viva la relación, yo le había «permitido» ir a los talleres de desarrollo personal, yo era el marido perfecto. Yo, víctima; yo, víctima. No había otra solución que achacarle cuanto surgiera de emociones —justificadas o no—. Mi jurado interno había llegado al veredicto: ella era la culpable de la totalidad de las fallas.


La línea de pensamiento anterior (desatinada, por cierto) determinó muchas de mis acciones en los dos meses siguientes. Y, por desgracia, fue cuando comenzamos a redactar el Convenio de Divorcio Voluntario. Fue el caos. Intentar separar las decisiones racionales como lo que se debe plasmar en dicho convenio de las emociones de odio que me obligaban a intentar no sólo sacar provecho, sino dañarla, eran todo un desafío. Un reto que me rebasó. Recuerdo cierta vez que nos reunimos a discutir los términos del acuerdo. Todo marchaba bien y, de pronto, sin previo aviso, la conversación «amistosa» se transformó en una guerra horripilantemente encarnecida de egos lastimados a punto de destrozarse. Desesperación. Frustración. Desprecio. Impotencia. Rabia. Odio. Cualquier adjetivo queda corto. Mi cuerpo quería contorsionarse. Me obligué —repetidamente— a permanecer sentado, a no salir huyendo... y, de pronto, alguna frase salió de su boca que me hizo reflexionar. "De verdad estoy muy enojado" —pensé. Así se lo dije, y consideré poco prudente seguir «acordando» bajo ese estado. Evitamos tocar el tema por algunos meses.

Trabajar el odio fue un verdadero calvario. Cualquier detalle minúsculo era acrecentado, generalizado y repudiado de forma exorbitante. Esa emoción negativa es una capa viscosa de aversión que se adhiere a tu piel y no te deja respirar. Se permea en absolutamente todo lo que haces. Lo inhalas. Lo vives. Lo emanas. Te vuelves irascible, arisco, intolerante. Tu vida simplemente es peor. No te permites disfrutarla. Y ese alquitrán brota de tu corazón porque tu mente no puede conciliar lo que ocurre y lo que te quieres que pase. Es una fea forma de arruinarte la vida. 

Me gustaría contar que superé la etapa por mis propios méritos; pero no es completamente cierto. Los síntomas disminuyeron en cuanto ella se salió de la casa; y, ya con más calma, pude darme tiempo para —en silencio, oscuridad y solitud— sincerarme con mis más negros pensamientos y aceptarlos. Sólo entonces ese odio se disipó, y llegó un momento de comprensión del otro, de dicha; un período en el que sale el sol en mi corazón, el cielo se despeja, las nubes mentales se van y la polarización se acaba. Entendí que no todo es blanco o negro y aprendes a apreciar y reconocer la gama de colores que la vida te presenta. No es felicidad. Es plenitud. Las siguientes dos semanas fueron una verdadera bendición. Me sentía feliz por el simple hecho de estar vivo. Sólo mirar al cielo brindaba una calma inexplicable. Sentía compasión y amor por prácticamente todos los demás. Estaba en paz. Lástima que duró poco.

***

La minicalma posterior a la tormenta se volvió huracán cuando le tocó el turno a ella. La «custodia compartida» acordada se había hecho una rutina que pendía de un hilo muy delgado; y en cuestión de semanas, el comportamiento de Gaby comenzó a cambiar. La notaba todo el tiempo molesta. No sabía como tratarla. Y la bomba explotó cuando me marcó para decirme que quería hablar conmigo. Me citó en un café y dijo varias cosas que me lastimaron como no creí posible. Detalles que no vale la pena repetir, pero que dolieron de forma desproporcionada. Mientras estaba ahí sentado escuchando esas palabras, mi mente divagó... me recuerdo pensando "¿qué pedo? ¿quién es esta pinche vieja con la que no tengo nada en común, que dice tantas cosas con las que no comulgo? ¿Dónde está la mujer con la que me casé?"

Recuerdo que salí enojado, alterado, con palpitaciones, y estaba pensando "no mames, diez años de matrimonio y de repente sale una persona completamente desconocida a decir este tipo de mamadas". Además eran golpes muy dolorosos, hechos con exactitud quirúrgica para maximizar el daño. Me tomó algunos días darme cuenta que el estado de odio que viví me hubiera fácilmente orillado a agredirla de forma muy similar si no fuera de una personalidad más bien introvertida. Y entonces nació una empatía y compasión. Gracias a que yo ya había vivido esa etapa de odio y saber lo difícil que es controlar ese remolino de emociones que te arrastra sin dar oportunidad a que puedas defenderte, pude entender por lo que estaba pasando, y hacer más llevaderos los agravios. Agradezco el hecho de que hubiera podido lidiar con esas emociones antes que ella, porque esa experiencia y lo difícil que me fue superarla fueron la clave para no juzgarla.

Necesitaba hablar con alguien, como ya lo había hecho antes; pero las reacciones eran negativas. Platicar de esto con una persona era ver sus ojos abrirse como platos, y reconocer la mirada de rechazo, de repudio ante lo que estaban escuchando. Y decidí no tocar el tema más para no manchar una imagen de alguien que, como yo, y como seguramente la mayoría de personas en algún momento de su vida, simplemente no pudo con la carga emocional que estaba viviendo en ese momento. Más adelante cuando toda esta situación terminó, cuando ella pudo procesar ésto y cuando pudo admitir que estaba muy enojada, la situación recuperó un tono más amistoso.

Después, en algunas conversaciones, ya una vez superada la situación crítica, me cuestionaban: "¿pero ella por qué está enojada?" y la razón —creo— es muy sencilla: aún cuando ella tomó la decisión, también le representa un duelo. Después de todo fueron prácticamente diez años juntos. Gaby también está sufriendo una pérdida, al igual que varios de mis amigos y familiares. Esta decisión tuvo repercusiones más allá de mi núcleo familiar.

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Crónica de una separación anunciada - Parte IV


Foto: hana jang (cc)

Esta es la cuarta y última parte. En ella y las anteriores procuro expresar —paso por paso— las emociones que viví durante el proceso de mi divorcio.

Nota: Esta es tan sólo parte de la historia. Es media versión. Mi visión. Es mi sentir, mi interpretación, lo vivido al caminar por este proceso y no pretendo indicar que lo que se encuentra aquí es la verdad absoluta. La mente se nubla cuando es inundada por emociones de pena y mancha la percepción de lo que hay afuera. Es una historia que pareciera no ser buena, pero no hay villanos. Un hecho cuyo final se sigue escribiendo y, en lontananza, creo que bien manejada puede ser una experiencia enriquecedora, liberadora y de mucho crecimiento para todos los involucrados.

Cuarta parte: GRATITUD
(leer antes la tercera parte) 

Mientras la situación seguía un tanto complicada, cierta noche Gaby llegó a la casa. Nos sentamos los dos y comenzamos a hablar —por enésima vez—. Ella me dijo todas las cosas que no entendía de mi comportamiento y yo le dije todas las cosas que no entendía de su comportamiento; pero algo diferente ocurrió esta vez, porque hablamos no desde el ego —que toma todas nuestras ideas y percepciones como verdad—, sino desde el alma —que admite que muchas veces malinterpretamos las intenciones del otro—. Quitamos las culpas de los enunciados y las reemplazamos por motivos de nuestras interpretaciones. Y a la mitad de la plática, la reconocí: la mujer con la que me había casado había regresado; y entonces, como por arte de magia, de manera inmediata ambos bajamos la guardia, tiramos las armas y decidimos aceptar que nuestra situación había cambiado, pero que eso no nos volvía ni extraños ni enemigos, sino simplemente tendríamos que aprender una nueva forma de convivir. Ese fue el inicio de una etapa de gratitud. Era el momento de reconocer que el hoy duele —y duele mucho—, pero que el dolor actual no invalida todo lo bien vivido en el pasado. No todo fue malo. Hubo momentos difíciles, sí, pero también tuvimos otros muy buenos y toda esa experiencia (y con toda me refiero a toda la experiencia, tanto de los diez años de matrimonio como del proceso de separación) de una u otra forma me ayudó a crecer, a madurar y a conocer muchas cosas de mí mismo que no entendía. Por citar un ejemplo: la bestia —que tanto ha protagonizado en este blog— se ha adormecido; pero eso es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.

En este proceso de gratitud, se desprendió todo el odio y enojo que la etapa pasada generó. Fueron momentos muy liberadores y de plenitud. Recuerdo días en donde simplemente la música que escuchaba me hacía sentir satisfecho con mi vida. No necesitaba nada más en ese momento y sentía como si mi vida —en ese instante— ya hubiera valido la pena. Es una Gratitud con G mayúscula. Hacia la vida, sus enseñanzas, mis experiencias y la gente. Tanto aquella con la que he tenido la fortuna de compartir preciados pedazos de mi caminar por el mundo, como aquellas que no conozco y que me reflejan parte de mi forma de ser. Es una sensación indescriptible. Una totalidad que te hace más consciente, más compasivo, más «en paz».

Esta entrada la aprovecho para también agradecer a todos aquellos que —a su manera— me extendieron la mano; sin embargo la mayoría las personas buscan revertir la decisión (queriendo encontrar una solución), o categóricamente pasar la página, rechazando todo el pasado y, por consiguiente, declarando una guerra; y mis deseos no se mueven en ninguna de estas direcciones. La decisión no es reversible, no por incapacidad de Gaby o mía, sino porque no lo deseamos; y la aceptación de eso fue parte fundamental para encontrarme en paz de nuevo. Aceptar que yo tampoco quiero seguir casado genera una culpa difícil de digerir, pero que bien procesada libera. A todos aquellos que se «aliaron» conmigo en contra de la «enemiga», he de decirles que es tiempo de bajar las armas, al menos las levantadas en mi nombre (porque sé que muchos están en su propio duelo, y es apropiado). Yo ya no estoy en batalla, y su postura de oposición ya no es sólo innecesaria, sino no saludable; por otro lado, el rechazar el pasado sería como decir que todo mi matrimonio fue un error. No lo fue. He de pasar la página, pero no negando lo vivido, sino aprendiendo de ello para crecer. Y así siento que lo estoy haciendo, sólo que yo tiendo a asimilar de forma muy lenta las situaciones. Al día de hoy sólo he logrado trabajar mis estados emocionales y mentales. La cuestión legal ha estado frenada y la retomaré, a mi paso, cuando la madurez emocional me asegure que no se meterán cicatrices o resentimientos en el proceso, porque no son pertinentes y pueden tener consecuencias catastróficas para mis hijos.

Agradezco también a aquellos que se preocupan por mis niños. El hecho de ser hijo de padres divorciados es un proceso que creo se supera y se deja atrás; sin embargo en nuestra sociedad se mira como «estatus», un estigma que te acompaña toda la vida como una herida que nunca puede cerrar. No creo que deba ser así. Creo firmemente que un niño puede crecer sin estar acomplejado por esa situación, y considero que en muchas ocasiones los complejos surgen en el trato que la gente les da a las criaturas, no tanto cómo él ve su vida. «No se lo merecen. Son inocentes. No pueden superarlo.» Son frases comunes en éstos casos. Créanme que Gaby y yo hemos hecho todo lo posible por asegurar que ellos tengan fortaleza emocional para pasar sin daño permanente por el proceso. Y a aquellos que opinan que la separación es un error, creo que es mejor tener dos padres separados —y enteros—, que tenerlos juntos, pero marchitos o amargados por estar en una relación que no satisface a las partes. En todo caso, serán nuestros hijos los únicos con derecho a réplica.

Mi más sincera gratitud a aquellos que buscan mi bienestar. Quiero que sepan que estoy bien. Por lo menos al día de hoy. ¿Mañana lo estaré? No lo sé. Pero me siento más fuerte y capaz de pasar por esos procesos cuando se requiera. Admito que traigo aún mucha, mucha, mucha tristeza atorada y sé que, cuando salga, me derrumbará. Pero ya no tengo miedo. Me creo capaz de levantarme y entiendo que si no ha salido es porque me falta aún camino para poder procesarla; así que si me preguntan que si cambiaría algo, mi respuesta es: no, nada. No cambiaría absolutamente nada. Aprendí mucho de mi matrimonio, de nuestros conflictos durante los primeros años, de mi hijos, de la bestia que surgió, de mi separación, y sigo aprendiendo día con día. No cambiaría absolutamente nada porque mi más grande legado son mis pequeños. Y ellos no estarían aquí si no hubiera sido por mi compañera por casi diez años. Así es que gracias. A todo y todos.


***


He mostrado aquí todo mi proceso y todas mis ideas y, como mencioné en un inicio, no pretendo que sea verdad absoluta lo que digo (siempre hay otra versión de los hechos). He tratado de plasmar lo más fiel posible mi realidad de la situación, y cómo mi forma de ver las cosas ha manchado mi interpretación de las acciones de Gaby. Muchos argumentarán que mi visión está sesgada, y lo está; pero es precisamente esta visión sesgada, este optimismo —estúpido, según algunos—, esta lentitud de acción, esta ingenuidad o inocencia la que me hace resiliente, la que hace que pueda sobrellevar un evento como éste y convertir lo que para la mayoría es una catástrofe y una pérdida en una ganancia. No quiero asegurar que a partir de ahora todo el camino será como un paseo por las nubes, o que todas las complicaciones han quedado atrás, pero al día de hoy, en este momento que estoy sentado escribiendo esta entrada, la vida es buena y casi me atrevo a asegurar que es mejor que cuando estaba casado. No por el hecho de estar separado, sino porque cuando me forzaron a hacerlo aprendí a no dar las cosas por sentado; a saborear cada momento, reconociendo lo efímero que es; a contemplar la gran repercusión de mis decisiones y lo importante de hacerlas de forma consciente; y a entender que nada en este mundo permanece estático.

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