martes, 11 de octubre de 2016

Crónica de una separación anunciada - Parte II


Esta es la segunda de cuatro partes. En ellas procuro expresar —paso por paso— las emociones que viví durante el proceso de mi divorcio.

Nota: Esta es tan sólo parte de la historia. Es media versión. Mi visión. Es mi sentir, mi interpretación, lo vivido al caminar por este proceso y no pretendo indicar que lo que se encuentra aquí es la verdad absoluta. La mente se nubla cuando es inundada por emociones de pena y mancha la percepción de lo que hay afuera. Es una historia que pareciera no ser buena, pero no hay villanos. Un hecho cuyo final se sigue escribiendo y, en lontananza, creo que bien manejada puede ser una experiencia enriquecedora, liberadora y de mucho crecimiento para todos los involucrados.

Segunda parte: RECHAZO
(leer antes la primera parte) 



Gaby volvió después de sus tres meses de «retiro», y soltó la noticia que destrozaría todos mis planes de vida, para regresarse otro mes más a la comunidad. El golpe fue tan contundente que caí en depresión durante cerca de tres semanas. Bulleron, como pocas veces en mi vida, los sentimientos de rechazo, abandono, culpa, vergüenza... sentí la punzada del fracaso en todo su esplendor. Mi matrimonio, el símbolo máximo de un «hasta que la muerte los separe» se desmoronaba ante mis incrédulos ojos. La tristeza era una constante y, de no haber tenido a los niños a mi cargo, probablemente me hubiera paralizado de forma irrebatible. Muchos días se resumieron en lograr sobrevivir en modo autómata las actividades diurnas, para luego tirarme a intentar llorar —sin éxito— en la noche, repitiendo el ciclo a la mañana siguiente. La presión social seguía constante (o en aumento) y generaba —mezclada con mi sentimiento de culpa— una desazón tan grande que me llevó al ostracismo. Evitar a la sociedad —familia incluida— me parecía la mejor acción a tomar para no sentir el aguijón del juicio en mi obrar; sin embargo yo era mi propio juez, y uno excesivo.

Ese estado tuvo un período muy curioso. El llanto simplemente se bloqueó. Durante las noches en que la tristeza no podía mantenerse en mi interior, comenzaban a correr las lágrimas; pero cuando apenas iniciaba el pecho a inundarse de esa sensación de pesadumbre y de un lamento sincero —de esos que te doblegan y salen limpiando hasta el más recóndito espacio del alma—, la emoción se detenía, las lágrimas se retractaban de improviso y el llanto simplemente se apagaba. Lejos de ser un proceso que me permitiera descansar, era frustrante. ¿Por qué no podía simplemente sacar todo lo que estaba atorado, para empezar desde cero? A la fecha lo desconozco, pero ese bloqueo —aunque hoy ya no me estorba, porque la pena cesó— siento que no ha desaparecido.

Después de que Gaby terminara su exilio, comenzó mi etapa de negociación. No podía entender su lógica de separación. Acepto que nuestro matrimonio tenía muchas fallas, pero no me parecían tan graves como para terminar la relación. Entonces creí que podría llegar a echar atrás su decisión. Prometí cambiar. Pregunté varias veces las causas. Cuestioné los motivos. Su resolución era irrevocable. ¿Por qué yo no podía estar incluido en sus planes? Hablaba sobre salir de la urbe, desapegarse de todo, pero a leguas se interpretaba en su discurso (bueno, yo era el que hacía esa «traducción») que su vida simplemente sería más feliz sin mí.

Seguimos conviviendo bajo el mismo techo por cinco meses más. Durante este tiempo viví el periodo de intentar repararnos; y posteriormente sufrí de desesperación, ataques de ansiedad, palpitaciones, y una inestabilidad en mi vida que hacían una verdadera tormenta de las cosas más inocuas. Percibí el mundo como no sólo variante en demasía, sino además agresivo para conmigo. Y entre todo este negro panorama, una luz se encendió: comencé a platicar mis tragedias con un muy buen amigo, que atinó a no emitir juicios sino a escuchar. Largas conversaciones —monólogos en realidad— se llevaron a cabo. Y el cielo comenzó a despejarse. Admití que el problema era más de lo que podía manejar por mí mismo; pero no consideraba aún que fuera algo que requiriera de un «profesional». Siento que fue una decisión acertada. La apertura con él me permitió sentirme apoyado. Poco a poco fui compartiendo distintas partes a otras personas de confianza. Una anécdota por aquí, otra remembranza por allá, un hombro para llorar acullá. No confiaba todo a todos, pero con pequeños relatos en los oídos adecuados mi mundo cambió. Me asombré del maravilloso poder y tamaño de mi red social. Encontré personas que, estando en situaciones difíciles, me extendían la mano para ayudar. Un par en circunstancias de verdad complejas. Incluso tuve conversaciones en extremo reveladoras con personas de las cuales no esperaba absolutamente nada. ¡Qué agradable sorpresa! A todos y cada uno de ellos les estoy muy agradecido. El silencio había terminado. La sensación de rechazo y abandono lentamente entró en recesión.

Y fue entonces cuando la culpa se transfirió. Sin darme cuenta, al escuchar algunos de los comentarios que recibía de mi situación, surgieron las preguntas de ¿por qué Gaby decide mi vida?, ¿por qué yo era el que tenía que ajustarse?, ¿qué había hecho para merecer eso?, ¿acaso iba a permitir ser una víctima de sus caprichos? Esas y otras preguntas generaron una metamorfosis; y mientras en mi mente la paz parecía dibujarse en el horizonte, en el fondo de mi corazón se había gestado el odio...




Peritos
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