martes, 11 de octubre de 2016

Crónica de una separación anunciada - Parte III


Foto: MWeiss-Art (cc)

Esta es la tercera de cuatro partes. En ellas procuro expresar —paso por paso— las emociones que viví durante el proceso de mi divorcio.

Nota: Esta es tan sólo parte de la historia. Es media versión. Mi visión. Es mi sentir, mi interpretación, lo vivido al caminar por este proceso y no pretendo indicar que lo que se encuentra aquí es la verdad absoluta. La mente se nubla cuando es inundada por emociones de pena y mancha la percepción de lo que hay afuera. Es una historia que pareciera no ser buena, pero no hay villanos. Un hecho cuyo final se sigue escribiendo y, en lontananza, creo que bien manejada puede ser una experiencia enriquecedora, liberadora y de mucho crecimiento para todos los involucrados.

Tercera parte: ODIO
(leer antes la segunda parte) 


La decisión ya estaba tomada. La separación era segura. Ella comenzó a buscar casa; pero durante esa búsqueda seguíamos viviendo juntos... y en esa convivencia forzada, nació un odio acérrimo. Una tempestad de emociones que me arrastró, incluso a pesar de estar plenamente consciente de lo irracional de mis actos. Sin lugar a dudas fue una de las pruebas más difíciles que la vida me ha puesto.

No estoy seguro de cómo inicia el proceso, pero siento que aceptar el final de mi matrimonio generó una sensación de fracaso en mí, que a su vez se transformó en vergüenza y culpa. Para defenderme de los «ataques» que yo mismo me hacía, el pecado lo fui transfiriendo poco a poco. Entonces ¿qué era lo menos doloroso? Colgarle los errores al otro. Culparme a mí resultaba molesto, así que comencé a imputarle los desaciertos a Gaby. En mi mente yo había hecho todo bien: yo quería mantener viva la relación, yo le había «permitido» ir a los talleres de desarrollo personal, yo era el marido perfecto. Yo, víctima; yo, víctima. No había otra solución que achacarle cuanto surgiera de emociones —justificadas o no—. Mi jurado interno había llegado al veredicto: ella era la culpable de la totalidad de las fallas.


La línea de pensamiento anterior (desatinada, por cierto) determinó muchas de mis acciones en los dos meses siguientes. Y, por desgracia, fue cuando comenzamos a redactar el Convenio de Divorcio Voluntario. Fue el caos. Intentar separar las decisiones racionales como lo que se debe plasmar en dicho convenio de las emociones de odio que me obligaban a intentar no sólo sacar provecho, sino dañarla, eran todo un desafío. Un reto que me rebasó. Recuerdo cierta vez que nos reunimos a discutir los términos del acuerdo. Todo marchaba bien y, de pronto, sin previo aviso, la conversación «amistosa» se transformó en una guerra horripilantemente encarnecida de egos lastimados a punto de destrozarse. Desesperación. Frustración. Desprecio. Impotencia. Rabia. Odio. Cualquier adjetivo queda corto. Mi cuerpo quería contorsionarse. Me obligué —repetidamente— a permanecer sentado, a no salir huyendo... y, de pronto, alguna frase salió de su boca que me hizo reflexionar. "De verdad estoy muy enojado" —pensé. Así se lo dije, y consideré poco prudente seguir «acordando» bajo ese estado. Evitamos tocar el tema por algunos meses.

Trabajar el odio fue un verdadero calvario. Cualquier detalle minúsculo era acrecentado, generalizado y repudiado de forma exorbitante. Esa emoción negativa es una capa viscosa de aversión que se adhiere a tu piel y no te deja respirar. Se permea en absolutamente todo lo que haces. Lo inhalas. Lo vives. Lo emanas. Te vuelves irascible, arisco, intolerante. Tu vida simplemente es peor. No te permites disfrutarla. Y ese alquitrán brota de tu corazón porque tu mente no puede conciliar lo que ocurre y lo que te quieres que pase. Es una fea forma de arruinarte la vida. 

Me gustaría contar que superé la etapa por mis propios méritos; pero no es completamente cierto. Los síntomas disminuyeron en cuanto ella se salió de la casa; y, ya con más calma, pude darme tiempo para —en silencio, oscuridad y solitud— sincerarme con mis más negros pensamientos y aceptarlos. Sólo entonces ese odio se disipó, y llegó un momento de comprensión del otro, de dicha; un período en el que sale el sol en mi corazón, el cielo se despeja, las nubes mentales se van y la polarización se acaba. Entendí que no todo es blanco o negro y aprendes a apreciar y reconocer la gama de colores que la vida te presenta. No es felicidad. Es plenitud. Las siguientes dos semanas fueron una verdadera bendición. Me sentía feliz por el simple hecho de estar vivo. Sólo mirar al cielo brindaba una calma inexplicable. Sentía compasión y amor por prácticamente todos los demás. Estaba en paz. Lástima que duró poco.

***

La minicalma posterior a la tormenta se volvió huracán cuando le tocó el turno a ella. La «custodia compartida» acordada se había hecho una rutina que pendía de un hilo muy delgado; y en cuestión de semanas, el comportamiento de Gaby comenzó a cambiar. La notaba todo el tiempo molesta. No sabía como tratarla. Y la bomba explotó cuando me marcó para decirme que quería hablar conmigo. Me citó en un café y dijo varias cosas que me lastimaron como no creí posible. Detalles que no vale la pena repetir, pero que dolieron de forma desproporcionada. Mientras estaba ahí sentado escuchando esas palabras, mi mente divagó... me recuerdo pensando "¿qué pedo? ¿quién es esta pinche vieja con la que no tengo nada en común, que dice tantas cosas con las que no comulgo? ¿Dónde está la mujer con la que me casé?"

Recuerdo que salí enojado, alterado, con palpitaciones, y estaba pensando "no mames, diez años de matrimonio y de repente sale una persona completamente desconocida a decir este tipo de mamadas". Además eran golpes muy dolorosos, hechos con exactitud quirúrgica para maximizar el daño. Me tomó algunos días darme cuenta que el estado de odio que viví me hubiera fácilmente orillado a agredirla de forma muy similar si no fuera de una personalidad más bien introvertida. Y entonces nació una empatía y compasión. Gracias a que yo ya había vivido esa etapa de odio y saber lo difícil que es controlar ese remolino de emociones que te arrastra sin dar oportunidad a que puedas defenderte, pude entender por lo que estaba pasando, y hacer más llevaderos los agravios. Agradezco el hecho de que hubiera podido lidiar con esas emociones antes que ella, porque esa experiencia y lo difícil que me fue superarla fueron la clave para no juzgarla.

Necesitaba hablar con alguien, como ya lo había hecho antes; pero las reacciones eran negativas. Platicar de esto con una persona era ver sus ojos abrirse como platos, y reconocer la mirada de rechazo, de repudio ante lo que estaban escuchando. Y decidí no tocar el tema más para no manchar una imagen de alguien que, como yo, y como seguramente la mayoría de personas en algún momento de su vida, simplemente no pudo con la carga emocional que estaba viviendo en ese momento. Más adelante cuando toda esta situación terminó, cuando ella pudo procesar ésto y cuando pudo admitir que estaba muy enojada, la situación recuperó un tono más amistoso.

Después, en algunas conversaciones, ya una vez superada la situación crítica, me cuestionaban: "¿pero ella por qué está enojada?" y la razón —creo— es muy sencilla: aún cuando ella tomó la decisión, también le representa un duelo. Después de todo fueron prácticamente diez años juntos. Gaby también está sufriendo una pérdida, al igual que varios de mis amigos y familiares. Esta decisión tuvo repercusiones más allá de mi núcleo familiar.

Peritos
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