Esta es la primera de cuatro partes. En ellas procuro expresar —paso por paso— las emociones que viví durante el proceso de mi divorcio.
Nota: Esta es tan sólo parte de la historia. Es media versión. Mi visión. Es mi sentir, mi interpretación, lo vivido al caminar por este proceso, y no pretendo indicar que lo que se encuentra aquí es la verdad absoluta. La mente se nubla cuando es inundada por emociones de pena y mancha la percepción de lo que hay afuera. Es una historia que pareciera no ser buena, pero no hay villanos. Un hecho cuyo final se sigue escribiendo y, en lontananza, creo que bien manejada puede ser una experiencia enriquecedora, liberadora y de mucho crecimiento para todos los involucrados.
Primera parte: SEPARACIÓN
«Quiero separarme» fueron sus palabras. Y la sorpresa aseguró que la palidez conquistara mi semblante. Mi mente se puso en blanco y tardé varios segundos en digerir la frase. No encontré palabras de réplica.
Hace exactamente un año tuve esa conversación con Gaby. He de admitir que la noticia no era lo que se dice nueva, aunque, por motivos que comentaré más tarde, sí me cayó de sorpresa. Y no la considero nueva porque había ya antecedentes de varios intentos por escapar de manera no tan tajante de la rutina del matrimonio. Lo que a primera vista parecía una pareja si no perfecta, por lo menos estable, había pasado ya por varios altibajos y un par de temporadas de visita con psicólogos.
Desde pocos meses de casados, el choque cultural que tuvimos (sin entrar en detalles, ya que no es el tema a tratar ni el lugar adecuado) nos llevó al diván por primera vez. Saliendo de ese bache, creí que habíamos librado lo peor, pero al parecer la raíz del problema siguió, oculta, en algún lugar de nuestros inconscientes, porque resurgió. Y desde hace cuatro años se mantuvo haciendo mella en la relación, cosa que culminó —con broche de oro— en una petición de separación. Léase divorcio.
Esos fueron los hechos. Y esta entrada y las subsiguientes en mi blog no se enfocarán en los catalizadores. No ahondaré en la historia ni buscaré culpables. No. No sería sano ni productivo. Esta crónica sólo usará ese momento como punto de partida. Tomará ese detonante y revisará —en su lugar— la experiencia de superar un duelo de este calibre. Y, tal vez para alguien más en una situación similar, pueda hacerle saber que no está solo.
***
Hace cuatro años comenzó mi separación. Sólo que yo me di cuenta tres años más tarde. Fue un proceso silencioso que atacó a mi esposa bajo la forma de hartazgo y depresión. La rutina era el pan de cada día en nuestro matrimonio, pero a mí no me afectaba (o eso pensaba), y lo que al principio me parecía simplemente como apatía en ella culminó en un formato de cansancio y sueño constante. No vi señales de alarma entonces; pero ahora, mirando hacia atrás, me parecen claras.
Hace tres años encontró un poco de paz en meditaciones y talleres de superación personal. Intentó acercarme a todo eso que le apasionaba entonces, desgraciadamente mi ser no resonaba con muchas de esas actividades; incluso en cierta ocasión comentó que le gustaría salir de la ciudad, vivir en una comunidad fuera de las grandes poblaciones. Y yo —definitivamente— no comparto ese estilo de vida. Estoy muy acostumbrado a la tecnología y las comodidades citadinas y, a diferencia de ella, los sacrificios necesarios para subsistir en la mancha urbana no me son molestos. La acompañé en algunas ocasiones, pero no disfruto estar allá mucho tiempo, así que su insistencia para permanecer más en ese espacio se fue incrementando hasta que comenzó a ir a dicho lugar sola y por períodos cada vez más prolongados. He de confesar que durante estas visitas, pasé por ciertas crisis de identidad que me sacudieron. Tal vez no era tan inmune a la rutina como pensaba.
Cierto día dijo que quería estar por tiempo indefinido allá. Aplazó esos planes y fue hasta un año más tarde que se decidió a ir. Duró tres meses fuera... y aquí comienza verdaderamente la historia.
Durante esta estancia prolongada, la gente comenzó a notar cosas que no les cuadraban. ¿Dónde está Gaby?, ¿por qué tanto tiempo?, ¿con quién se quedan los niños? Éstas y más cuestiones que, aparentemente sólo pretenden informar, venían cargadas con —lo que a mí me parecía— un juicio desbordante en la mayoría de los casos. De algunas personas notas el verdadero interés por tu bienestar, pero de otras sólo percibía el dejo a morbo, o a rechazo hacia las decisiones que estábamos tomando, poniendo en evidencia la desviación de nuestros actos para con las normas sociales «aceptadas» o establecidas. No con todos pasaba, pero así lo sentía con la mayoría. La gente habla. Habla sin saber y sin pensar. Y, no sabiendo y no pensando, lastima. ¿Qué le digo a la sociedad para no alimentar su obeso morbo? ¿Que no les importa? ¿Que no estoy en humor de decir nada, pero prefiero dar cualquier información con tal de que ellos no se inventen su propia versión deformada? ¿Que ella prefiere estar lejos a estar con su marido? ¿Que no tengo ni puta idea de qué está pasando por su cabeza? ¿Que yo también estoy en crisis y que me cuesta horrores poner una cara de serenidad? ¿Que a veces un abrazo en silencio genera más empatía que hacer comparaciones entre mi vida y la de los demás? ¿Que no necesitan saber con detalle las cosas, ni «comunicar» a otros lo que «creen que está pasando», que seguro estará errado porque les falta información que jamás tendrán? ¿Que demuestra más carácter e integridad el quedarse callado —y admitir que no es tu batalla— en lugar esparcir chisme basado en trozos de interpretaciones de los hechos? ¿Que cuando nos tratan como víctima y/o victimario acidifica la crítica que ya corroe el alma y encajona en un rol del que es dificilísimo salir? La presión social es una monserga. Los juicios emitidos sin conocimiento de causa son angustiantes y, en muchos casos, fulminantes. O al menos para mí lo fueron.
En este período, mi forma de pensar sobre nuestro matrimonio cambió. Acepté que no siempre di lo mejor de mí y supuse que ella regresaría con una visión similar, con ganas de acrecentar la relación. Me equivoqué. A su regreso tuvo lugar el diálogo que abre esta entrada. No supe qué decir. Y, honestamente, en ese momento, lo único que pude pensar fue: «¿qué le voy a decir a la gente?»
***
Al día de hoy estoy en paz con todo lo narrado arriba (aunque acepto que al escribirlo reviví algunas emociones). Y ahora, con más claridad mental, veo que yo también emitía juicios al suponer que todos me juzgaban, sin saber si era o no cierto; pero lo que más me duele es que aún no escapo del hábito de satisfacer a la sociedad por encima de mi propio bienestar. Muchas decisiones que tomo siguen siendo con base en lo que los demás pensarán, no porque yo desee actuar de esa forma. Y estoy seguro que no estoy solo en esto. Es —todavía— un trabajo en proceso...
Peritos
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1 comentario:
Hola, me ha parecido genial tu texto. Yo acabo de comenzar un blog escribiendo sobre mis pormenores con la mujer de mi hijo recién nacido. Soy nuevo en esto, y no sé cómo funciona crear comunidad, pero sería genial crear un lazo con tu blog, pues queda claro que lo has escrito con las emociones más calmadas, en ciertos pasajes, y además la calidad de tu escritura da muestras de que eres una persona con una tremenda pluma. Saludos! https://padredeluchin.blogspot.com/
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