El otro día salíamos rumbo a su clase de música. Dentro de la casa, le dije a Migue: «Cuida a tu hermano, voy a guardar las cosas en el carro y nos vamos». Salí por unos cinco segundos y, de repente, escucho a Miguel: «Papá, Rafa ya se bajó a la calle».
Volteé y noté a Migue en la banqueta, viendo hacia su izquierda. Sigo su mirada y noto al Rafita que, no sólo había salido a la cochera, sino que pasó de largo y ya estaba a la mitad de la calle. Pánico. La consciencia se retira. Mi mente se disuelve y surge una Quimera interna... transformación total. Reviso la postura de Miguel. Asombro absoluto, no creo que se aventure más allá de la banqueta. Examino ambos lados de la calle. No hay vehículos circulando. Termino de aventar las cosas en el coche. Corro lo más rápido que puedo. Rafael corre, alejándose de mí. «¡El escuincle cree que estoy jugando!» pensé.
—¡RAFAEL —lo llamo—! ¡RAFAEL! —De nuevo. Lo alcanzo y lo levanto con un movimiento brusco, tomándolo de la muñeca y lo coloco, cual bulto de comida para perros, bajo mi brazo—. ¡LES DIJE QUE NO SE BAJARAN! ¡LA CALLE ES PELIGROSA! ¡NO DEBES CRUZAR! —todo con gritos histéricos mientras camino a paso rápido de regreso al auto. El niño comienza a llorar, terriblemente asustado. No sabe qué está ocurriendo. Paso junto al Migue que me ve pasmado. Meto a Rafael en el auto. Lo siento en su silla contra su voluntad. Le impongo el cinturón. El peligro ha pasado, pero el miedo, enojo y demás emociones siguen. Me dirijo hacia Miguel, y comienzo—: ¡TE ESTOY DICIENDO QUE CUIDES A TU HERMANO! ¿NO VES QUE ES MÁS CHICO? ¡LO PUDIERON HABER ATROPELLADO! ¡TE PEDÍ QUE NO LO DEJARAS SALIR!...
De pronto, me veo a mí mismo gritándole a mi hijo; a un chiquillo asustado que estaba jugando, como los niños deben hacerlo, en vez de cuidar a su hermano, como los padres deben hacerlo. La consciencia ha regresado. El miedo es súbitamente reemplazado por la culpa. Las lágrimas de la frustración y la angustia se apelmazan en mis ojos. Lentamente dejo de gritar, doy un respiro —entrecortado— y me siento en el escalón de la entrada de la casa.
—Miguel, ven por favor —el Migue, con cara de miedo o tal vez aturdimiento total se me acerca, en una actitud de sumisión—. Hijo, lo siento. No debí gritarte. Tú no eres el responsable de cuidar a tu hermano. Soy yo quien debe hacerlo —el volumen de las lágrimas sobre el globo ocular por fin rompe la tensión superficial y algunas corren por mis mejillas, en silencio. Tomo a mi hijo entre los brazos y le doy un abrazo de Hulk—. Perdón por gritarte. Me asusté.
El niño me devuelve el abrazo; cuando me suelta, me mira, y una tímida sonrisa me asegura que ya todo está bien. En el interior del auto está un Rafael llorando histéricamente. Me disculpo también con él y lo tranquilizo. Subo a Miguel de forma muy tranquila en el carro y nos vamos...
Hoy encontré un arma útil contra esa Quimera que surge cuando mis peores miedos y emociones toman posesión de mi cuerpo: la observación. Tomar distancia y ver la situación como si fuera un espectador, me da una perspectiva distinta, que puede ser un claro indicador de cuándo está actuando el padre y cuándo la bestia.
Peritos

3 comentarios:
... Cuando uno no atina en el diario actuar con los hijos, en el momento exacto interviene el Ángel de la Guarda y entonces, surge el milagro. Los escenarios que nuestra mente crea, revolotean y simplemente no das crédito a lo sucedido y a lo que pudo ser. Sin duda, das gracias a Dios.
Me gusta tu idea de escribir tus experiencias y permitir hacer comentarios. No dudo que en poco tiempo, podrás crear un libro.
Tío Flaco.
que padre que aún perdiendo la perspectiva logre recobrarla tan solo unos instantes después.
@Julius:
Estoy trabajando para que llegue el día en el que no pierda la perspectiva. De ahí nació la idea del blog. Lo veo como una herramienta para dejar herencia de mis intentos, errores y éxitos.
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