¡Estoy encabronadísimo! Pido amablemente al lector que disculpe el léxico que utilizaré en esta entrada, pero el nudo que siento en las tripas no parece querer desaparecer pronto, así que pienso neutralizarlo a base de sacar la emoción escribiendo malas palabras en este espacio.
Resulta que todo de pocas tuercas para comenzar a comer, salvo un poco de resistencia puesta por el buen Molcas para poner la mesa —que básicamente se limita a colocar los manteles sobre la misma—. Nos sentamos a comer mis dos hijos y yo. Les sirvo la sopa: rica sopa de pasta con harto caldo. El Molquititas no puede zampársela solo, así que yo pongo mi atención en administrársela, mientras el Molcas está jugando con la cuchara. ¡Buaaaaaaaaaaaaaammmmmmmmmmm!, pasa la cuchara-avión por enfrente; se convierte en un caballito o sabrán sus sesos qué, pero el punto es que le digo «M´hijo, deja de jugar y ponte a comer».
Sigo cucharada tras cucharada, llenándole el buche al Molquititas, cuando ahora el otro parece estar representando toda una telenovela (sí, las 10 temporadas completas) con múltiples personajes... interpretados todos —claro está— por la cuchara. «¡Miguel, no juegues!» El necio papá otra vez a tratar de establecer la razón en el escuincle.
Las últimas gotas de la sopa del chiquito están entrando a su boca, cuando de pronto todo el desmadre que trae el grande se detiene de repente. Como todo buen padre, rápidamente deduje que algo no estaba bien, y cuando volteo a verlo, el plato prácticamente vacío y la sopa en él. «¡Me lleva la chingada!» —pensé. Boiler de furia a punto de explotar. Solté el plato del Rafa, tomé la mano del Migue, y de ahí en adelante todo fue como en espiral hacia abajo. Manoteé, grité, pataleé —o así me pareció—, me lo llevé casi a rastras a cambiar mientras él me lloraba y me pedía que no lo castigara de cuantas formas posibles se le ocurrieron. Yo, en este punto, callado; porque de haber abierto mi bocota, ahora estaría en una esquina arrepentido en vez de en la computadora, enfurecido.
—¡NO TE FIJAS! ¡SIEMPRE JUGANDO! ¡TE ESTOY DICIENDO! ¿POR QUÉ NO ME HACES CASO? —éstas y otras letanías una y otra y otra vez mientras lo cambiaba. El niño llorando, y el hermano pequeño... bueno, en este punto no existía para mí. Duro y dale a ver si por fin le entra en la cabeza que no se debe jugar en la mesa, con la esperanza de que sea la última vez. Unos cuantos gritos míos y varias lágrimas y llanto suyo después, regresamos a la mesa. Yo fúrico y con toda la emoción retorciéndome los intestinos, Miguel mansito, mansito. Terminó por fin con las tres pinches cucharadas que le quedaron.
Un brócoli y escasos trozos de pollo más tarde, volvió a ponerse a jugar... ¡ahora con el puto tenedor! En este punto ya no podía más. Lo miré fijamente. De forma seria y tajante le dije «come», y no le levanté la vista hasta que terminó con el plato.
Así que, en esta ocasión podemos poner el nuevo marcador en la guerra padre-hijos: niño=58,721; papá=0. ¿Soy un papá consciente? ¡Ni madres! La consciencia de plano hoy no se dignó aparecer; pero ni modo. En esta lucha diaria a veces se gana y a veces se pierde. Hoy yo perdí, y con mi pérdida, mis hijos también.
Peritos

1 comentario:
gracias por las reflexiones y el aprendizaje, saludos!
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