Miércoles de clase de natación. Miguel ya había salido y estábamos en los vestidores, después de que se bañara. En ese momento entra uno de sus maestros y comienza a platicar con mi hijo sobre la clase que acababa de tomar, mientras se iba desvistiendo para ir a las regaderas. Al quitarse la playera —y debido a su sobrepeso— se dejó ver una barriga de buen tamaño, a lo que el niño sin dudarlo comentó —en voz muy, muy alta—: «¡Ay! ¡Tu sí que estás panzón!» Por supuesto le dije discretamente al Migue que no dijera eso mientras deseaba internamente que todo el asunto no hubiera sucedido. Vergüenza ajena le llaman muchos a este tipo de situaciones y todos los niños eventualmente salen con un comentario del estilo; sin embargo lo interesante aquí es que no lo hizo con afán de burlarse o por pretender ser grosero. En nuestra casa, a mis hijos yo les llamo «papito» y Gaby le dice «flaquito» a Migue, mientras que a Rafa le dice de cariño «panzón». Para mis niños es de lo más común el utilizar ese mote de forma amistosa. Su profesor ciertamente no lo tomó a mal, pero de seguro no le encantó el comentario.
Situaciones similares suceden siempre que los comentarios se toman fuera de contexto. Para cualquier persona que no tuviera el antecedente de que así le llamamos de cariño a Rafa, el adjetivo pudiera parecerle un insulto de un escuincle irreverente. A mí me hizo recordar la cantidad de veces que le llamó así a su hermano con una enorme carga de cariño fraterno. Es normal que tomemos cualquier parecer que otra persona expresa según lo que conocemos de esa frase (o cómo la hemos usado en el pasado); pero es muy importante tener en cuenta que, a pesar de lo que pensemos, probablemente esa no era la interpretación que nuestro interlocutor intentaba comunicar.

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