jueves, 24 de octubre de 2013

Choque de sufrimiento



El lector disculpará si el relato que narro a continuación no es del todo exacto. Algunos datos están confusos en mi mente y otros más se fueron borrando poco a poco después del evento; sin embargo algo queda perfectamente claro: esta fue una llamada a la consciencia tan buscada en este blog de una manera completamente inesperada. He aquí lo que me sucedió esa noche:

Llegamos a la casa, después de un día completamente normal y monótono. El carro de Gaby ya no tenía gasolina, así que me lo llevé a la estación de servicio más cercana. Tras cargar, iba pensando en cuál sería mi cena de esa noche. Estaba indeciso entre si alitas de pollo o un elote... esas eran mis preocupaciones en ese momento. Yendo sobre la avenida Bernardo Quintana, tomé el puente de retorno que me llevaría de vuelta a mi casa. Tras tomar la curva que sube al puente, el celular vibró. Sacarlo de mi bolsa y voltear a ver la pantalla consumió el tiempo suficiente para perder la preciosa distancia que había entre mi auto y el tráiler que estaba completamente estático y sin luces frente a mí. Al regresar la mirada hacia el camino, el remolque estaba prácticamente encima. Pisé el freno. Me preparé para el impacto, estirando los brazos completamente, para poner la mayor distancia entre el volante y mi cuerpo. El carro comenzó a frenar, pero la distancia fue poca y se impactó contra el remolque. Por lo alto de este, mi carro no pegó con la defensa, sino que comenzó a pegar a la altura del medio cofre, lo cual fue poco metal para detenerlo. El remolque incursionó prácticamente hasta el parabrisas y mis brazos cedieron ante la fuerza del impacto, llevando mi cara hacia el volante. Me golpeé fuertemente la nariz y los labios.

El aturdimiento en estos eventos es impresionante. Sabía lo que sucedió, pero la cabeza comenzó a divagar y a pensar cosas que no tienen sentido. La famosa «cámara lenta» que se dice que ocurre en situaciones similares no la viví. Simplemente no me dio tiempo. Al verme rodeado de vidrios, intenté salir. Accioné la manija de la puerta del conductor y traté de abrirla, sin éxito. Como la puerta estaba trabada —después comprobé que el marco terminó completamente chueco—, empujé fuertemente con mi mano derecha, generando cortes en toda la mano. En este momento estaba el conductor del tráiler ya a mi lado, preguntándome si me sentía bien. Salí caminando del automóvil y me fui a sentar —o me sentaron, más bien— a la orilla del puente, sobre una banquetita, en lo que arribaban la ambulancia y los demás servicios de auxilio. Cuando por fin mi cerebro comenzaba a caminar de manera normal, decidí llamarle a Gaby. Al buscar el teléfono en mi bolsa, no se encontraba —obviamente— y tuve que regresar al coche. Lo encontré en el piso. Mi nariz estaba sangrando profusamente y mi mano también estaba llena de sangre. Le llamé a mi esposa. No contestó. Le marque a mis padres en espera de que ellos pudieran auxiliarme. Mi mamá me contestó y tras narrarle el incidente le habló a mi cuñado, que salió de su casa para ir donde el choque. Llegó la patrulla y el oficial me preguntó lo que había sucedido. Me pidió que permaneciera sentado. La ambulancia arribó al poco tiempo y me revisaron por completo. Al ver la mano la limpiaron y vendaron. Me encontraba relativamente bien, así es que sólo me hicieron firmar una hoja y se retiraron. Cuando llegó mi cuñado y vio lo sucedido, él tomo control de todo. Llamó al seguro, recogió las cosas que estaban dentro del auto, y atendió la petición de la policía que nos urgía a movernos en cuanto llegó la grúa, dado que estábamos en un lugar peligroso y podíamos ocasionar otro accidente. Nos movimos a la gasolinera más cercana, seguidos por la grúa, la patrulla y el chofer afectado. El frío que yo sentía era bastante fuerte. Temblaba por completo. No sólo por la temperatura del ambiente, sino probablemente por el descenso de adrenalina en mi torrente sanguíneo. La mano comenzaba ya a dolerme. Llegó el ajustador del seguro a ver los daños y después de un rato me informó que mi póliza había expirado dado que no tramité la renovación. El ajustador fue muy amable en todos los sentidos incluso cuando sabía que no tenía ya seguro contratado. El oficial se comportó siempre muy profesional y servicial; y el chofer del tráiler fue también una persona honrada —y se veía verdaderamente preocupado por mi bienestar—, así es que dado que el remolque no sufrió daños sustanciales, acordaron que sólo pagaría una cierta cantidad y nos dejaron partir. Acompañamos a la grúa a dejar el carro en la casa de mi cuñado y de ahí nos dirigimos al hospital.

De camino al hospital mi cuñado le habló a mi primo, que es médico, y nos alcanzó en urgencias. Ahí me volvió a limpiar la mano, a sacarme los pocos vidrios que quedaban incrustados y la vendó. Hasta ahora parece ser el daño más fuerte que sufrí y es básicamente lo que me molesta más. Aparte de eso, en el labio tengo una hinchazón —que me preocupa sólo por el lado estético— y me duelen los dientes del impacto con el volante. Posteriormente me llevaron a tomar radiografías. Verificó que no hubo daño en columna ni fractura en el brazo, así es que a estas alturas del partido, todo magullado con los dolores y los achaques normales de haberme impactado contra una mole de varias toneladas y estar a punto de meterme debajo del mismo, puedo considerar que el saldo fue positivo. Corrí con mucha suerte. No dejo de pensar todos los pequeños detalles que hacen de la vida lo que realmente es... fantaseo en si me hubiera puesto el cinturón (que, a pesar de normalmente usarlo, por esta ocasión no traía porque era un viaje «corto» de regreso a casa), si no hubiera volteado a ver el celular, si hubiera ido más despacio y demás eventos que normalmente hubieran podido haber evitado la catástrofe; sin embargo también me asustan los escenarios con un final menos feliz: si el remolque hubiera estado unos centímetros más alto, el cofre no hubiera recibido el impacto.

Hay una teoría de choques de un tal Gurdjieff, en donde se dice que todo nuestro aprendizaje es a base de sufrimiento. Cuando una persona no sufre, se estanca. Se queda quieta sin obligarse a mover. Todos tenemos cierto tipo de sufrimiento (sólo es cuestión de pensar todas las cosas que hacemos sin realmente quererlas hacer), pero a veces aprendemos a manejarlo y nos vamos quedando estáticos, sin evolucionar. Es entonces cuando un choque de sufrimiento es necesario para reactivarnos. Lo narrado aquí fue el mío. Una fuerte llamada de atención que, amablemente, me invita a no dar lo que tengo por sentado y a luchar por esa consciencia que —como se puede comprobar— me elude.

Peritos
Edad del inconsciente accidentado: 35 años.
Foto: Álvaro (mi cuñado).

2 comentarios:

Unknown dijo...

Que bueno que todo fue a parar en cosas materiales y tu sigues aquí, narrando lo sucedido. Un abrazo enorme primo!!!

Marusa dijo...

Gracias por compartirlo!!!
Conforme lo fui leyendo, fui sintiendo un nudo en la garganta, lo describres con tanto detalle, que fui imaginando cada momento, cada instante y cada sentir y pensar al momento del accidente.En efecto, comparto contigo la idea de que aprendemos a base de choques de sufrimiento y desgraciadamente necesitamos en ocasiones esas sacudidas que nos hacen sentir que estamos expuestos a todo y en todo momento y que la vida puede cambiarnos en fracción de instantes.
Gracias a Dios solo fueron golpes menores, ahora a poner atención a lo sucedido y actuar en función de esa llamada de atención.
Un abrazo enorme y un beso!!