Rigo. 2005—2016
Tuve un hijo de cuatro patas. Su nombre era Rigo. Su vida fue —creo yo— buena. Sin embargo, sus últimos tres meses enfermó. Debido a la edad desarrolló artrosis en cadera, que le complicó el andar y, posteriormente, una espondilosis le generó paraplejia crónica compresiva. Si es difícil decidir si la eutanasia es opción, lo es mucho más el saber cuándo es «el momento adecuado» para hacerlo. El impulso por preservar la vida a toda costa puede, a veces, ignorar precisamente eso que debería defender: una vida digna.
Hay vidas —incluso en humanos— que ya no vale la pena extender. Estar acostado en un hospital, postrado, a la espera de que la muerte te lleve no puede ser considerado vida desde puntos de vista fuera del biológico o clínico; sin embargo el reto siempre ha estado en definir el momento en el que los esfuerzos por preservarla son válidos, y reconocer cuando los motivos que mueven dichos esfuerzos son alimentados por puro egoísmo, porque no queremos que se vayan, porque nos queremos evitar (o aplazar) una pena que sabemos nos inundará. La respuesta probablemente la dirá el paciente. Hay que escuchar el punto en el que aquellos que están enfermos ya simplemente consideran completo su ciclo. Nada les queda por hacer.
Y para Rigo llegó ese momento. Fue un perro que vivió fuera de la casa. El patio tiene un piso antiderrapante, colocado para que no le costara trabajo caminar aún en suelo mojado. Cuando comenzó con los problemas para caminar, ese piso actuaba como lija si se arrastraba, así que lo mudé dentro de la casa. Lo sacaba al jardín con un arnés para que hiciera sus necesidades. Cuando le mostraba el arnés intentaba ponerse de pie y, en el jardín, me jalaba con sus poderosas patas delanteras para explorar —por enésima vez— los arbustos que recibirían sus orines; sin embargo, en los últimos días dejó de hacer las cosas que le gustaban. Hace dos días dejó de comer, y ayer, cuando le mostré el arnés, simplemente me miró, y se recostó de nuevo. Supe entonces que era tiempo, que él ya consideraba su vida completa. Fue una decisión difícil. (“¿Y si se recupera? ¿Y si con más medicamento mejora? ¿Y si todavía no está listo?”) Le hablé al veterinario y esa misma tarde Rigo dejó este reino. En casa de mis papás hay un jardín de gran extensión. Ahí cavé —con ayuda de mi tío— una tumba, donde hoy descansa su cuerpo. Le lloré casi toda la noche.
Al momento de la despedida (previo a su muerte), la culpa apareció. Me disculpé por todas esas veces que no lo saqué a pasear, por el tiempo que tal vez sufrió y que no me di cuenta, por las ocasiones en que puse mi cansancio por encima de él... pero sólo hasta después de echar la última paleada de tierra me percaté que no le agradecí. Estaba tan enganchado con la culpa y la tristeza, que el agradecimiento y todos los buenos momentos pasaron desapercibidos.
Gran amigo y maestro, que me mostró —como buen perro— que la vida no está ni en el pasado ni en el futuro, sino en un continuo presente que se debe aceptar y experimentar plenamente. Te voy a extrañar.
Peritos

2 comentarios:
“Until one has loved an animal, a part of one’s soul remains unawakened” (Anatole France). Lamento mucho lo que estás viviendo... y celebro que tu alma esté despierta y vibrante.
Celebro contigo la vida de Rigo. Lo extraño y recuerdo con mucho amor. Se que ahora es parte del todo. Agradezco que estuvo por 11 años en mi vida. Buen viaje Rigoberto. Abrazos del corazón Arturo Pérez
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