Esta es la cuarta y última parte. En ella y las anteriores procuro expresar —paso por paso— las emociones que viví durante el proceso de mi divorcio.
Nota: Esta es tan sólo parte de la historia. Es media versión. Mi visión. Es mi sentir, mi interpretación, lo vivido al caminar por este proceso y no pretendo indicar que lo que se encuentra aquí es la verdad absoluta. La mente se nubla cuando es inundada por emociones de pena y mancha la percepción de lo que hay afuera. Es una historia que pareciera no ser buena, pero no hay villanos. Un hecho cuyo final se sigue escribiendo y, en lontananza, creo que bien manejada puede ser una experiencia enriquecedora, liberadora y de mucho crecimiento para todos los involucrados.
Cuarta parte: GRATITUD
(leer antes la tercera parte)
Mientras la situación seguía un tanto complicada, cierta noche Gaby llegó a la casa. Nos sentamos los dos y comenzamos a hablar —por enésima vez—. Ella me dijo todas las cosas que no entendía de mi comportamiento y yo le dije todas las cosas que no entendía de su comportamiento; pero algo diferente ocurrió esta vez, porque hablamos no desde el ego —que toma todas nuestras ideas y percepciones como verdad—, sino desde el alma —que admite que muchas veces malinterpretamos las intenciones del otro—. Quitamos las culpas de los enunciados y las reemplazamos por motivos de nuestras interpretaciones. Y a la mitad de la plática, la reconocí: la mujer con la que me había casado había regresado; y entonces, como por arte de magia, de manera inmediata ambos bajamos la guardia, tiramos las armas y decidimos aceptar que nuestra situación había cambiado, pero que eso no nos volvía ni extraños ni enemigos, sino simplemente tendríamos que aprender una nueva forma de convivir. Ese fue el inicio de una etapa de gratitud. Era el momento de reconocer que el hoy duele —y duele mucho—, pero que el dolor actual no invalida todo lo bien vivido en el pasado. No todo fue malo. Hubo momentos difíciles, sí, pero también tuvimos otros muy buenos y toda esa experiencia (y con toda me refiero a toda la experiencia, tanto de los diez años de matrimonio como del proceso de separación) de una u otra forma me ayudó a crecer, a madurar y a conocer muchas cosas de mí mismo que no entendía. Por citar un ejemplo: la bestia —que tanto ha protagonizado en este blog— se ha adormecido; pero eso es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.
En este proceso de gratitud, se desprendió todo el odio y enojo que la etapa pasada generó. Fueron momentos muy liberadores y de plenitud. Recuerdo días en donde simplemente la música que escuchaba me hacía sentir satisfecho con mi vida. No necesitaba nada más en ese momento y sentía como si mi vida —en ese instante— ya hubiera valido la pena. Es una Gratitud con G mayúscula. Hacia la vida, sus enseñanzas, mis experiencias y la gente. Tanto aquella con la que he tenido la fortuna de compartir preciados pedazos de mi caminar por el mundo, como aquellas que no conozco y que me reflejan parte de mi forma de ser. Es una sensación indescriptible. Una totalidad que te hace más consciente, más compasivo, más «en paz».
Esta entrada la aprovecho para también agradecer a todos aquellos que —a su manera— me extendieron la mano; sin embargo la mayoría las personas buscan revertir la decisión (queriendo encontrar una solución), o categóricamente pasar la página, rechazando todo el pasado y, por consiguiente, declarando una guerra; y mis deseos no se mueven en ninguna de estas direcciones. La decisión no es reversible, no por incapacidad de Gaby o mía, sino porque no lo deseamos; y la aceptación de eso fue parte fundamental para encontrarme en paz de nuevo. Aceptar que yo tampoco quiero seguir casado genera una culpa difícil de digerir, pero que bien procesada libera. A todos aquellos que se «aliaron» conmigo en contra de la «enemiga», he de decirles que es tiempo de bajar las armas, al menos las levantadas en mi nombre (porque sé que muchos están en su propio duelo, y es apropiado). Yo ya no estoy en batalla, y su postura de oposición ya no es sólo innecesaria, sino no saludable; por otro lado, el rechazar el pasado sería como decir que todo mi matrimonio fue un error. No lo fue. He de pasar la página, pero no negando lo vivido, sino aprendiendo de ello para crecer. Y así siento que lo estoy haciendo, sólo que yo tiendo a asimilar de forma muy lenta las situaciones. Al día de hoy sólo he logrado trabajar mis estados emocionales y mentales. La cuestión legal ha estado frenada y la retomaré, a mi paso, cuando la madurez emocional me asegure que no se meterán cicatrices o resentimientos en el proceso, porque no son pertinentes y pueden tener consecuencias catastróficas para mis hijos.
Agradezco también a aquellos que se preocupan por mis niños. El hecho de ser hijo de padres divorciados es un proceso que creo se supera y se deja atrás; sin embargo en nuestra sociedad se mira como «estatus», un estigma que te acompaña toda la vida como una herida que nunca puede cerrar. No creo que deba ser así. Creo firmemente que un niño puede crecer sin estar acomplejado por esa situación, y considero que en muchas ocasiones los complejos surgen en el trato que la gente les da a las criaturas, no tanto cómo él ve su vida. «No se lo merecen. Son inocentes. No pueden superarlo.» Son frases comunes en éstos casos. Créanme que Gaby y yo hemos hecho todo lo posible por asegurar que ellos tengan fortaleza emocional para pasar sin daño permanente por el proceso. Y a aquellos que opinan que la separación es un error, creo que es mejor tener dos padres separados —y enteros—, que tenerlos juntos, pero marchitos o amargados por estar en una relación que no satisface a las partes. En todo caso, serán nuestros hijos los únicos con derecho a réplica.
Mi más sincera gratitud a aquellos que buscan mi bienestar. Quiero que sepan que estoy bien. Por lo menos al día de hoy. ¿Mañana lo estaré? No lo sé. Pero me siento más fuerte y capaz de pasar por esos procesos cuando se requiera. Admito que traigo aún mucha, mucha, mucha tristeza atorada y sé que, cuando salga, me derrumbará. Pero ya no tengo miedo. Me creo capaz de levantarme y entiendo que si no ha salido es porque me falta aún camino para poder procesarla; así que si me preguntan que si cambiaría algo, mi respuesta es: no, nada. No cambiaría absolutamente nada. Aprendí mucho de mi matrimonio, de nuestros conflictos durante los primeros años, de mi hijos, de la bestia que surgió, de mi separación, y sigo aprendiendo día con día. No cambiaría absolutamente nada porque mi más grande legado son mis pequeños. Y ellos no estarían aquí si no hubiera sido por mi compañera por casi diez años. Así es que gracias. A todo y todos.
***
He mostrado aquí todo mi proceso y todas mis ideas y, como mencioné en un inicio, no pretendo que sea verdad absoluta lo que digo (siempre hay otra versión de los hechos). He tratado de plasmar lo más fiel posible mi realidad de la situación, y cómo mi forma de ver las cosas ha manchado mi interpretación de las acciones de Gaby. Muchos argumentarán que mi visión está sesgada, y lo está; pero es precisamente esta visión sesgada, este optimismo —estúpido, según algunos—, esta lentitud de acción, esta ingenuidad o inocencia la que me hace resiliente, la que hace que pueda sobrellevar un evento como éste y convertir lo que para la mayoría es una catástrofe y una pérdida en una ganancia. No quiero asegurar que a partir de ahora todo el camino será como un paseo por las nubes, o que todas las complicaciones han quedado atrás, pero al día de hoy, en este momento que estoy sentado escribiendo esta entrada, la vida es buena y casi me atrevo a asegurar que es mejor que cuando estaba casado. No por el hecho de estar separado, sino porque cuando me forzaron a hacerlo aprendí a no dar las cosas por sentado; a saborear cada momento, reconociendo lo efímero que es; a contemplar la gran repercusión de mis decisiones y lo importante de hacerlas de forma consciente; y a entender que nada en este mundo permanece estático.
Peritos

4 comentarios:
Gratitud infinita mi muy querido y amado Arturo Perez, por esos diez años juntos y por los dos hermosos hijos que tenemos.Honro el tiempo compartido y la manera que ahora lo hacemos. Abrazos del corazón
Te admiro Peritos... porque pasan las cosas? No sé, el aprendizaje tiene tantas formas como humanos habemos. Te envío mucho amor y fortaleza para que todo tome su lugar y que todos puedan seguir buscando su paz y su felicidad.
Un abrazo grande! Clau Guzmán.
Muy interesante el viaje aquí descrito, muchas gracias por compartir. Al final todos somos humanos pero es bueno que cada uno ponga sus propias leyes con las que decide vivir. Basta ver cuantas religiones difieren tanto en lo que es "correcto" e incluso lo que hace 500 años lo era y ahora no (y visceversa). Felicidades a ambos por la victoria de este episodio y mucha felicidad a los cuatro en su porvenir.
Busque una imagen que te envié hace años (aún no la encuentro), pero me regreso a esta conversación, gracias Arthur, en ese momento, no podía comprender (tu viaje y tus palabras) como ahora lo comprendo, y satisfactoriamente, me ha traído calma esta lectura, sigo sin saber qué es bueno y qué es malo, pero intento luchar contra mis sesgos, o simplemente reconocerlos.
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