domingo, 21 de abril de 2013

Limpia, limpia, limpia...


Cuando el Migue tenía dos años y medio, era un dolor de cabeza hacerlo que levantara sus juguetes. Después de trabajar, al llegar a mi casa, accedía a lo que me parecía un universo paralelo. Desde la entrada me quedaba muy claro que un vórtice —llamado Miguel— había reacomodado todos los objetos de la vivienda, esparciéndolos más o menos de forma uniforme sobre el suelo.

Eso me desespera. Soy algo así como un fan del orden (los psicólogos le llaman trastorno obsesivo-compulsivo, pero no entremos en esos detalles), y ver todo ese desastre simplemente me saca de mis casillas. Entonces mi estado de ánimo cambiaba siempre a «molesto», y comenzaba a vociferar.
—¡Miguel!, ¿qué es esto? ¿por qué no está éste camión en su lugar? ¿qué es eso embarrado en el sillón? ¿quién dejó esa pelota en la escalera? —preguntaba estúpidamente, pues no había demasiadas opciones, ¿o sí? Así que decidí hacer algo al respecto. He aquí mi peregrinaje para intentar lograr que Miguel guardara sus juguetes:
  1. Gritar, vociferar, manotear, patalear, etc.: Mientras yo señalaba cada objeto y preguntaba qué diablos hacía ahí, el Migue me veía; y antes de que lo agarrara, lograba salir disparado y no mover nada. Los juguetes siguieron en el suelo. Esta técnica definitivamente no funciona.
  2. Ordenarle que recogiera: Tras ver que los gritos no funcionaban, intenté ser un poco más directo. Comencé a decirle de forma enérgica «Miguel, ¡Levanta tus juguetes!» con todas sus posibles variantes. Los resultados fueron más o menos los mismos.
  3. Acusarlo con la directora de su escuela: Sí, lo sé, muy chafa, pero la desesperación me llevó a este punto. Lo único que obtuve fue un «Aquí guarda bien su material. Si en la casa no recoge, probablemente se debe a que el ejemplo ahí no está bien establecido». Una mirada rápida a la casa en el día a día, y su tino me asustó. Decidí buscar una salida de más fácil implementación.
  4. Usar la canción de Barney: «Limpia, limpia, guarda todo en su lugar...» (la encuentran en youtube buscando Barney limpia). Aquí me tienen cantando como tarado. A veces Miguel recogía, a veces no. Todo era dependiente de su estado de ánimo. Más o menos lo mismo que los gritos, pero sin estrés (y con una probabilidad de éxito mayor a cero).
Resignado, había perdido casi todas las esperanzas de que mi hijo fuera una persona ordenada. Sólo me quedaba rezar «es una fase, ya se le pasará» que, honestamente, no me convencía mucho. Un día de fin de semana, cansado de tener que lidiar con eso, comencé a levantar las cosas y en tono tranquilo, simplemente le dije:
—Miguel, ¿me ayudas a recoger por favor?
—Sí papá. Claro.
Y comenzó a levantar sus cosas. ¡No lo podía creer! La mandíbula se me fue al suelo y la baba se me escurrió por la barbilla mientras seguía viendo cómo mi hijo levantaba las cosas y las ponía en su caja. ¡Incluso comenzó a cantar la ya conocida pieza del número cuatro! ¿Qué demonios había pasado? Con el juguete en mano intenté descubrir el secreto: la pequeña acción, el elemento distinto, aquello diferente que logró hacer que Miguel actuara. La verdad no fue muy difícil: se lo pedí tranquilo y por favor.

Si a mí me cuesta tanto hacer las cosas cuando siento que me las ordenan, y en cambio estoy inclinado a ayudar a los demás si me piden favores, ¿qué me hace pensar que al niño no le pasa igual? No me extraña que los chicos hoy en día no pidan las cosas por favor, dado que nosotros no lo hacemos. «En el pedir, está el dar». Hoy no me queda duda de eso. Incluso si se le pide a un pequeño de tan sólo dos años y medio.


Peritos
Foto: Louish Pixel vía photopin cc

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Aunque no tengo hijos, muy buenos consejos para considerar

Anónimo dijo...

Definitivamente ayudó pedir las cosa por favor, pero también el ejemplo y la satisfacción de hacer una tarea con su papá. ¡Qué tip tan "padre"! ;)SRL