lunes, 3 de junio de 2013

Fracaso


Domingo:
A casi todos los niños les gustan los columpios, y mis hijos no son la excepción. Resulta que estando el Rafa sentado al pie del columpio (comiendo tierra, literalmente), el Migue se subió y comenzó a mecerse. Vi en cámara lenta la esquina metálica del asiento mientras se movía peligrosamente cerca de la cara del Rafita. Rápidamente mi mente calculó la trayectoria y anticipó el final: el columpio iba a terminar partiéndole el rostro al chiquito.
«Miguel, no te  columpies. Está Rafael ahí». Grité sin éxito. Me ignoró. «¡MIGUEL! ¡NO TE COLUMPIES!» volví a gritar —sin que siquiera me volteara a ver— mientras estaba ya a media carrera para detenerlo. Cuando llegué a donde estaban detuve el juego con una mano, mientras que con la otra alejaba al cometierra de la zona de peligro. Miguel, enojado por mi intervención, se bajó y comenzó a repelar y a aventar el columpio a pesar de estar sostenido por mi mano... y fue ahí donde me perdí. Mi consciencia se retiró mientras una bestia en posesión de mi cuerpo arrastraba al Migue para ponerlo en "tiempo fuera" por no hacerme caso. Aquél, como marranito en matadero; y yo, como siempre: enfurecido. Pareciera que es mi estado natural últimamente. En resumen, el Migue se la pasó haciendo gran escándalo durante el castigo en tanto que un servidor mentaba madres internamente.

Al terminar el aislamiento le dije: «Migue, a la próxima hazme caso. No me gusta que ni me voltees a ver cuando te hablo». Él no dijo palabra y se retiró cabizbajo. Se le arruinó el resto del día.

Lunes:
Tras un minucioso examen, el doctor le sacó un tapón de cerilla de los oídos: «con esta cantidad de mugre probablemente ya no escuchaba bien».


Hay ocasiones en las que, debido a la susceptibilidad de los padres en determinado momento, los castigos impuestos no tienen una proporción adecuada en relación con la falta cometida. Ésta fue una.



Peritos
Foto: Sippanont Samchai vía photopin cc

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