domingo, 18 de enero de 2015

Injusticia


Cada vez que pierdo la cabeza al tratar de educar a mis hijos, mi bestia interna toma control. Un proceso típico de transformación empieza con unos niños demasiado hiperactivos que se entretienen en cosas destructivas o peligrosas, continúa con mis múltiples llamadas de atención y termina con ser ignorado todas las veces —incluso se burlan de lo que les digo—. Llegado a este punto, mi buena voluntad se va al caño y me despojo de cualquier reminiscencia de ser humano. El ogro arriba con bombo y platillo. En muchas ocasiones parece que sólo con eso los chiquillos se cuadran.

En uno de esos regaños —o más bien vociferaciones—, el pobre de Miguel subió triste a su cuarto, repelando de que lo había regañado. En su diálogo interno (que pude escuchar gracias al monitor para bebé que hay en su recámara) distinguí un «siempre me regañan a mí, nunca regañan a Rafa». En esos tiempos lo tomé por exageración y enojo del niño; pero he llegado a percibir que efectivamente no regañamos a su hermano con la misma severidad que a él. Para justificarme pensé «bueno, eso es normal porque es el grande, y no se les pueden exigir las mismas cosas»; pero después vi algo más profundo: noté que a Rafael le importa un comino que lo regañemos. Hace berrinche, chilla, se enoja, arroja lo que tenga en las manos, se avienta al piso, patalea... y tres segundos después se levanta como si nada y sigue haciendo exactamente lo mismo que le dijimos que no hiciera. Miguel en cambio es más sensible. A él le duelen las reprimendas. Se siente mal, culpable. Se ve como un niño malo y se lo autorecrimina.

Con esto, caí en la cuenta de que la razón por la que amonesto más a Miguel es que él si me hace caso; mientras que cuando intento llamarle la atención a Rafa, me ignora. Eso a mi ego le duele mucho. Mi mente cree en la idea de que un padre que no mantiene a su hijo comportándose de manera impecable en todo momento no tiene autoridad. Es un mal padre. Entonces, simplemente evito el conflicto, pasando por alto ciertos comportamientos en Rafa que representarían una severa llamada de atención en Miguel. Al observar esta situación, me doy cuenta de que es mi idea de padre perfecto la que propicia el trato desigual; la que regaña al grande por situaciones nimias para sentir que se ostenta la autoridad porque reacciona ante mi muestra de poder. Y es también por eso que con Rafael soy más permisivo que como lo era con Migue a su edad. 

La imagen de «buen papá» que persigo de manera inconsciente es —precisamente— la que genera la injusticia. Es un comportamiento aprendido que estoy tratando de olvidar; pero por el momento, cuando yo obtengo mi diploma, los que pagan los platos rotos son mis hijos. 

Peritos
Edad de Miguel: 4 años y medio
Edad de Rafael: 2 años, 4 meses
Foto: Rae Allen vía photopin cc

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