Para el cuarto cumpleaños de Migue le hicimos una fiestecita con sus amigos de la escuela, y varios le llevaron regalos. Cuando una de sus amigas le preguntó que si le gustó lo que le había dado, la respuesta fue: «Sí, pero me gustó más el coche de Espáiderman». Me quedé callado, pero mi mente internamente rezó: «Eso no se dice. Es falta de educación».
¿Por qué me quedé callado? Porque dijo la verdad. ¿Y por qué es falta de educación? Porque lastima a los demás. Así que he aquí mi dilema: no quiero que aprenda a mentir, pero la mentira es necesaria para la vida en sociedad. Vivimos bajo una estructura social bastante mentirosa. No sólo mentimos a diestra y siniestra, sino que es más que socialmente aceptado. Es necesario. Una obligación. Utilizamos para la «buena convivencia» desde la mentira más noble como la del señor gordito vestido de rojo en los últimos meses del año (sí, ese que anuncia Coca-Cola), hasta las mentiras más dañinas, pasando por las que infringen la ley o las típicas preguntas «¿cómo me queda?, ¿te gusta? ¿me veo gorda?, ¿qué te parece?», que buscan una respuesta únicamente si se opina lo que el interlocutor espera escuchar.
A todo esto podemos agregarle las bromas y los engaños a modo de juego. Antes de su cumpleaños su madrina le preguntó si quería una piñata. Migue obviamente lo afirmó, y ella le dijo que «podía ser una piñata con verduritas en vez de dulces». Migue se enojó y dijo «no es cierto, es mentira». Aún no entendía la sutil diferencia entre una mentira, un engaño y una broma. Todo para él era embuste y, lo peor, es que ahora considera mentir válido porque los adultos —léase «papá»— usamos las bromas de forma cotidiana como medio de interacción.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario