Sábado, 6:52 hrs.
El miembro más pequeño de la familia ya está gritando. Sus padres no saben desde qué hora se despertó, pero exige su leche. Tras un corto debate, la madre acude en su auxilio. El lácteo es servido en una mamila y se le entrega al infante, tal como lo solicitó. Ella remueve el receptáculo de orina y lo sustituye por uno nuevo. Devuelve al niño a la seguridad de su cuna para que devore su bebida. No podrá salir sin ayuda.
Sábado, 7:07 hrs.
El llanto del chiquillo despierta de nueva cuenta a los padres. Es consistentemente ignorado hasta que se vuelve insoportable. La progenitora —de nuevo— se levanta. Lo saca de la seguridad de la cuna y lo coloca en su recámara, incitándolo a que juegue de forma «silenciosa». Como medida precautoria, cualquier contenedor de líquido que pudiera ser derramado se retira de la escena. De igual forma, el dispositivo de iluminación nocturna alias «la lucecita» es retirado del contacto. El contacto mismo es protegido por un tapón especial plástico para evitar incidentes de electrocución. El ambiente está listo. El sujeto queda solo en él.
Sábado, 7:29 hrs.
Un extraño ruido despierta al padre. Él, todavía adormilado, abre los ojos para encontrar a su prole husmeando entre los objetos almacenados dentro de su buró. Molesto, le indica al chamaco que deberá retornar a su recámara y cierra el cajón. Le deja muy en claro que está «metiendo las narices en lugares prohibidos». El niño regresa a la seguridad de su cuarto.
Sábado, 7:53 hrs.
El padre abre los ojos para encontrarse frente a frente con el trasero de su hijo. Un desagradable olor parece haber sido el causante de extraerlo del mundo de Morfeo. Tras un minucioso y peligrosísimo examen (jalando el pañal hasta observar la división entre glúteos), el progenitor corrobora que el riesgo biológico fue únicamente debido a gases —ya inhalados—. Una inspección rápida a la escena le demuestra que el niño, sentado en la almohada, está jugando con todos los objetos colocados sobre la mesa de noche. La escena previamente mencionada, donde el escuincle es devuelto a su recámara se repite. Esta vez se le imprime un poco de más «autoridad» a la voz, para asegurar el no retorno del infante.
Sábado, 7:57 hrs.
El sujeto reaparece. La «autoridad» impresa en la voz fue —para no variar— inútil. Esta vez se utiliza el método de volumen, que sustituye a la «autoridad». El sujeto regresa a su hábitat. El padre se sume en sus sueños de nueva cuenta.
Sábado, 8:19 hrs.
—Papá, Woody, Boz, cayó. —Le indica el pequeño a un papá que apenas puede abrir los ojos debido al sopor en que se encuentra. Le toma al padre un par de segundos que le funcione la mollera.
—¿Qué?
—Woody, Boz, cayó. Cayó, papá. Cayó.
—Rafa, vé a jugar a tu...
En ese momento, un extraño aroma llega al padre. No es desecho tóxico —como en la vez anterior—. Esta vez es algo distinto. Dulzón. Demasiado concentrado. Le evoca... desodorante... limpiapisos... ¡LOCIÓN! «¡Maldíta sea!, ¡Rafael se bañó en loción!» pensó.
—¿Tiraste la loción? —preguntó mientras se levantaba rápidamente para dirigirse al baño de los niños. Buscó en el sitio donde sabía que estaba aquella botella (una colonia infantil enfrascada en un recipiente azul, que muestra un cocodrilo jugando fútbol) y ahí se confirmaron todos sus temores: ¡el lugar se encontraba vacío!
Salió —cual perro de caza— olfateando el piso para ubicar la mayor concentración del aroma. No fue muy difícil dar con el sitio: en el centro del cuarto se encontraba la buscada botella... en un charco de líquido aromático de aproximadamente cincuenta centímetros de diámetro. El padre, mirando al cielo, extendió sus brazos y dijo: «¡¡¡NOOOOOOOOOOOOOOOOO!!!»
Escasos segundos después arribó la madre, atraída por los gritos del marido. La escena del crimen era evidente. El olor fastidioso.
—Rafael, ¿qué hiciste? —preguntó tranquilamente mientras colocaba al niño (que, por cierto, estaba descalzo) sobre la cama, para ponerle calcetines y zapatos.
—Páidernan.
—¿Le pusiste loción al Spiderman?
—Sí.
—Ah. Huele rico.
El equipo de limpieza —consistente en el padre y un bonche de toallas de papel— llega y rápidamente el cuarto queda limpio. El frasco vacío es desechado. Un auto y dos muñecos de Spiderman son enviados al área de desinfección (el lavabo del baño). La esquina del cobertor de la cama escurre el —aromático— líquido. Se esperan horas y horas de aromaterapia. Aún no se saben los efectos secundarios. El incidente ha sido contenido.
Sábado, 19:33 hrs.
A pesar de la rápida respuesta de los padres para minimizar los daños, el lugar sigue oliendo —fuertemente— a la loción. La madre, cuando lo nota, inspira hondo y se ríe. Al padre le da náuseas.
2 comentarios:
Conociéndote, me haz hecho imaginarte. ¡¡¡Genial!!!
Tío Flaco
Cómo me he reído y he disfrutado de tus anécdotas. Tienes un gran talento para escribir, gracias por compartir tus experiencias. ¡Ya me encantan Migue y Rafa sin haberlos tratado!
SRL
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