Domingo. Los niños quieren ir al parque, así que mi esposa y yo los llevamos y los vemos jugar. Todo bien hasta que, saliendo del parque, el Migue se baja de la banqueta sin fijarse. Una camioneta viene por la calle y ambos padres gritamos al unísono «¡Miguel! ¡Fíjate!», mientras corríamos a agarrarlo para devolverlo a la seguridad de la acera. Por supuesto, se asustó. Sentir de repente dos manos que te toman y te jalan hacia atrás no es la mejor sensación del mundo. Comenzó a llorar y a decir que se asustó, que no le gustaba que le gritaran, etc. Cuando pudimos calmarlo —un poco—, le explicamos que simplemente queríamos que se fijara siempre antes de cruzar la calle. Y a partir de este momento, todo fue cuesta abajo...
Una vez en la casa, piden un dulce. Ya es tarde, pero por ser vacaciones Gaby les da uno a cada uno. Cuando Miguel se acaba su dulce, pide otro a lo que le contestamos que ya comió uno. Y entonces empieza otro berrinche. Comenzó a tratar de levantar la mesa, como intentando voltearla. Intenté calmarlo con palabras tranquilas, pero me ignoró. Cuando impedí que siguiera moviendo la mesa, fue al bote de basura y se dispuso a patearlo. Una y otra y otra vez. Cada vez más fuerte, hasta que lo levanté, entonces comenzó a patearme. Lo solté y fue de vuelta al bote. Gritando, manoteando y haciendo un mar de lágrimas... y entré en modalidad de bruto. Lo alcé con ambas manos y me lo llevé a tiempo fuera. No se quiso quedar. Lo senté unas dieciocho veces más, hasta que me embrutecí mas y le grité. Se quedó sentado, pero con un llanto impresionante. Pasados cuatro minutos, que se me hicieron eternos, fui por él. Todavía lloraba desconsoladamente —aunque a un volumen más moderado—, así que me lo llevé afuera de la casa y me senté en la entrada, para tener una plática padre-hijo:
—¡Papáááááááá! —dijo, todavía con voz entrecortada y los ríos de lágrimas a ambos lados de la cara mientras salíamos de la casa— ¿Me vas a dejar aquí afuera?
—No, Migue. ¿Cómo crees que te voy a dejar afuera? Te quiero mucho. No te dejaría nunca afuera solito.
—Eeeesque, ¿por qué me sacasteeeee? —dijo, con más sollozo.
—Porque quiero platicar contigo, papito. Nada más. Quiero saber qué sientes. ¿Estás enojado? ¿Por qué pateaste el bote?
—Porque estaba triste.
—¿Triste de qué?
—Porque no quería que me regañaras.
—¿Y crees que pateando el bote no te voy a regañar?
—Es que me puse triste porque me quiero portar bien pero no puedo. Quiero portarme siempre bien pero no puedo y me pongo triste porque me porto mal y me vas a regañar. —Y con esto me puse a pensar: «¿Lo estoy presionando demasiado? ¿Le genera mucho estrés tener que comportarse en todo momento?» La verdad es que el Migue es un niño bien portado. En general (salvo por los berrinches) hace caso y es muy prudente. ¿Acaso todo es una estrategia para que no lo regañe? ¿O yo estoy fomentando los berrinches al presionarlo, castigarlo o gritarle de forma muy dura?
—M'hijo, tirar la mesa o patear el bote de basura no sirve si lo que quieres es que no te regañe. Mejor, si un día sientes que no te puedes portar bien, avísame. Y nos portamos mal un ratito. Y si estás enojado y quieres pegarle a algo, tenemos un cojín especial al que le puedes pegar todo lo que quieras; pero no hagas ese tipo de berrinches.
—Bueno.
***
Algunos días más tarde, el Migue se me acerca y me dice: «Papá, me quiero portar un poquito mal». Ese día comieron un dulce después de desayunar.
No sé qué hacer en estos casos. Veo a Miguel y creo, sinceramente, que le cuesta trabajo controlar sus emociones; así que decidí dejar de ser tan estricto. Confío en que tendrá mucho tiempo para dominarlas. De esta forma se relaja él, me relajo yo y, tal vez, las cosas fluirán mejor.

3 comentarios:
una plática memorable y enriquecedora!
Primo ¿no crees que como adultos también pasamos por esos momentos? Estamos en una continua (y a veces estresante) lucha por alcanzar los ideales y expectativas,el conflicto entre lo que queremos y lo que se espera de nosotros, que de vez en cuando no esta mal recordarnos que somos humanos perfectibles más no perfectos.
Todos tenemos una "bestia" que quiere hacer berrinche y mandar todo a la fregada aunque sea por un ratito... mejor soltarnos el pelo de vez en cuando que vivir reprimidos =)
@Mariana:
Completamente de acuerdo. Todo en nuestra vida es una continua comparación con lo que la sociedad, religión y ego nos dicta que debemos ser. Y, por la manera en que la sociedad funciona, nunca llegaras a satisfacer a todos al mismo tiempo; sin embargo de manera habitual toda esa frustración se mantiene oculta hasta que no hay un evento detonante que nos mella la capacidad de mantenerlo a raya (como el susto del Migue cuando lo agarramos al cruzar la calle)... ¡y ahí es donde todo se va al traste!
Escribí hace no mucho un Ensayo sobre la perfección en donde hablo sobre mi idea de que todos somos perfectos, no perfectibles. Un pequeño desvarío que chocará con muchos en el aspecto religioso. Si lo puedes leer y comentarlo, te lo agradeceré infinitamente.
Gracias por visitarme y dejarme tu comentario.
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