jueves, 29 de agosto de 2013

Mar de culpas

Foto: caese vía photopin cc

Desde hace ya un tiempo me enojo por todo. Les grito a los niños, no les tengo paciencia y me cabreo con mi esposa. Nada me satisface en la casa. Siempre estoy de mal humor. Y lo peor de todo es que no me daba cuenta.

He aquí mi andar en el proceso de darme cuenta, de volverme consciente, de regresar de mi confinamiento en ese «mar de culpas» en el que había naufragado y de encontrar de nueva cuenta mi centro, mi luz, mi paz. Las culpas que forman este océano son aquellas que yo impongo en los demás para poder negar mi responsabilidad. Culpo a otros de lo que me sucede y así no tener que enfrentar el hecho de que el único que puede cambiar mi vida soy yo. Escribo esto —exponiendo mis miedos y mi esencia— para dejar una boya a aquellos que sienten estar pasando por lo mismo. De llegar a la orilla prometo encender un faro para, como mínimo, servir de referencia. Entiendo que mi camino no será el mismo que el de los demás, pero nunca sobra por lo menos saber que no se está solo en el naufragio. Para mí fue importante.


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EL CAMINO DE LA AGRESIÓN

Foto: Funky64 vía photopin cc
Un día como cualquier otro. Una travesura como muchas antes... y exploté. Agarré al Rafa de forma bastante brusca mientras le gritaba. Gaby me lo quitó suavemente de las manos, se lo llevó y me dijo: «No sé qué traes, pero llevas varios días que no te calienta ni el sol. ¿Qué te está pasando?» El tema se dejó por la paz ahí, pero la semilla de esa frase germinó. Efectivamente mis reacciones eran exageradas y, como ella lo había comentado, llevaba varios días así. Hice acopio de todas mis destrezas y comencé a observarme cada vez que me enojaba.

Durante mi tiempo de observación, me percaté de que cuando los niños me alteraban, me convertía en un monstruo. Perdía toda compostura y me superaba la situación. Era ahogarme en un vaso de agua. Al verme en mi enojo, descubrí que culpaba a los niños por mi desquicie; pero la verdad es que en todos los casos ya estaba irascible y poco tolerante. Tratando de encontrarle sentido a todo, noté —curiosamente— que siempre que perdía la consciencia Gaby estaba presente. Entonces acepté que estaba enojado con ella; concluí que me frustraba no poder enfrentarme al enojo que le tenía, y esto lo manifestaba en forma de agresión hacia los niños. Había determinado que, contra lo que pensaba, mis hijos no eran los «culpables» de mi ira.


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EL CAMINO DEL ENOJO

Foto: Laurent Lavì Lazzeresky
vía 
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Algunos días después, Migue hizo un berrinche. Lo manejé sin mayor problema; en la tarde, con Gaby presente, continuó con el berrinche. No duré ni cinco minutos antes de que todo se fuera al traste. Con este hecho, tome la decisión de hablar. Le expliqué que estaba enfadado, que me parecía que todo mi enojo era hacia ella, y ese era el motivo de mi poca paciencia ante los chiquillos. 

En mis elucubraciones mentales básicamente la culpé de mi «situación» porque me sentía presionado y estresado debido a la desigual carga de responsabilidades en la casa. Me parecía que todo lo hacía yo: darles de comer, llevarlos y recogerlos de la escuela, cuidarlos en la tarde, etc.; pero cuanto más le decía que tenía la culpa, más me percataba de que en realidad la causa real no era esa. Que había algo más abajo. Algo aún oculto. Ella me cuestionó: «¿Qué necesitas de mí?» y entonces me preguntó por cada uno de los hechos de los que me estaba quejando, hasta que comprendí que aunque me diera todo eso, seguiría repelando de algo y que la base de todo el problema era que yo no me encontraba contento. No estaba a gusto. Me dí cuenta de que aún si ella hiciera todas las labores domésticas, algo seguiría estando mal. Que no es eso lo que busco y que es solamente un pretexto. Sé que hay algo más que no logro identificar. Unos cuantos minutos de diálogo y resolvimos que las obligaciones no estaban tan «lateralizadas» como me parecían. Ella tiene su buena parte de tareas, pero estaba minimizándolas para poder ponerme en el lugar de víctima. Entonces, ¿qué diablos es lo que me tiene así? Seguí en el proceso de observarme cuando me enojaba, para descubrir la verdad. Entonces encontré otro «culpable»: el estrés.

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EL CAMINO DEL ESTRÉS

Foto: abbilder vía photopin cc
El estrés es el culpable favorito de todos. Cualquier cosa se le puede imputar: desde ligeros cambios de humor hasta la muerte por cáncer. Los médicos lo utilizan mucho —creo yo— para intentar explicar un padecimiento, cuando no identifican a ciencia cierta el motivo de los síntomas en un paciente. Y lo peligroso aquí es que no siempre se sabe qué lo causa. En esta etapa de mi búsqueda me topé con una pared. Una pared invisible e intangible, porque el estrés lo es todo sin ser nada a la vez. Porque puedes decir que una persona está estresada cuando se ve alterada, pero el trasfondo de esa alteración no se considera. Todos atacan a este enemigo con meditaciones, vacaciones, cambio de atmósferas, rastros de vida ascética, retiros, cambios de hábitos, dietas y demás artilugios que funcionan de manera temporal pero que inevitablemente se destinan al fracaso cuando no eliminan de raíz la verdadera causa del problema. Y eso me pasó a mí.

Luchar contra el estrés es luchar con un fantasma. Es intentar controlar la tos dejando de respirar en vez de lidiar con la enfermedad que la ocasiona. Es un absurdo. Para eliminar el estrés hay que evitar los actos, situaciones y pensamientos que lo desatan. Luchar con los generadores en vez de con el síntoma. Y no siempre están visibles. Se esconden... o, mejor dicho, los escondemos. Los ocultamos porque preferimos vivir en una situación problemática pero sabida, que salir a algún estilo de vida desconocido. Nos da miedo lo que no hemos experimentado y por eso preferimos quedarnos en lo que nos es familiar, por mucho daño que nos haga.

Mi estrés me llevó a buscar su origen en mi economía (o la falta de ella), en el trabajo, en la familia —nuclear y extendida—, en mi estilo de vida, en los amigos, los vicios, los hábitos... y he de admitir que su hallazgo me eludió por mucho tiempo; pero un día encontré esa raíz: mi falta de sentido. El estancamiento de mi desarrollo personal. La realización personal es la que me hace estar bien conmigo mismo; y si no estoy bien en ese rubro, es imposible que convivir sanamente con los demás. El no tener un rumbo trazado en mi vida y encontrarme a la deriva generaba en mí una profunda tristeza que sólo se sobrellevaba arrojando enojo —para ocultarla— a aquellos que tocaban esa parte de mi superficie. Siempre ha sido más fácil estar enfadado o iracundo con los demás que aceptar que no sé qué hacer con mi vida; y eso es deprimente.

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EL CAMINO DE LA DEPRESIÓN
Foto: h.koppdelaney vía photopin cc
La tristeza que destapé al lidiar con mi estrés se convirtió en la siguiente culpable de mi lista. Y, mientras tocaba fondo, discerní que conforme vas creciendo cronológicamente y te involucras más en situaciones de vida rutinaria, tu alma envejece un poco. La rutina autómata aniquila los deseos de vivir al remover el sentido de vida. El placer por las cosas sencillas se pierde y la vida se sigue por inercia, no por gusto. No hay un fin último. No hay un sentido. No hay una meta. Es un desfile de días de igual magnitud al anterior sin siquiera una orientación. Como andar en el desierto ignorando que el calor te está matando. Es naufragar en alta mar. Significa perder la esperanza. Me percaté que las preguntas que todo el mundo se hace (y que pocos responden a consciencia) para hacer un plan de vida, como «¿qué quiero de mi futuro?», «¿hacia dónde voy?», las eludía con retóricas que realmente nunca entendí.

Entonces me hice a la tarea de contestarlas. Determiné que faltaba dedicarme tiempo, y busqué espacios (que no soltaré jamás) para sacar de mi mente, de una vez y por todas, esas respuestas que tanto anhelaba. No pude, pero vaya que disfruté ese tiempo. En él encontré qué quería de mi vida en seis meses; y noté también que cuando pensaba no en meses, sino en años, la idea cambiaba —a veces radicalmente—; y ésta a su vez se volvía obsoleta cuando planeaba en el orden de décadas, en lugar de años. «¿Por qué es tan difícil dar con esto?», pensé. Y poco a poco nació la idea «¿Y si lo estoy haciendo al revés?, ¿qué sucede si en vez de pensar en un plazo largo, pienso en un plazo mucho muy pequeño?» Y fue cuando intenté responder: «¿qué quiero de mi vida ahora?»

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Foto: khalid almasoud vía photopin cc

EL CAMINO DE LA ILUSIÓN

Ahora me encuentro de frente a ese mar de culpas. Culpas ajenas. Todas imputadas. Y súbitamente me doy cuenta que ese océano en realidad no existe. Que nadie tiene culpa alguna, que es la ilusión de mirar a lontananza exhausto por el largo caminar. Como si vieras húmedo a lo lejos el camino que lleva varias horas bajo el sol. Una farsa. Una distorsión.

En cuanto el agua se evaporó, encontré únicamente mi responsabilidad donde antes parecía haber culpa ajena. Estoy parado en un desierto, libre de caminar en cualquier dirección. Sigo sin un rumbo fijo, pero ya no es tan necesario porque la vida debe ser disfrutada segundo a segundo. Basar mi felicidad en alcanzar una meta en particular significa que la infelicidad llegará invariablemente cuando algo me desvíe en el camino; sin embargo, si se disfruta cada momento, la vida se adaptará sola al nuevo rumbo sin generar sufrimiento en mí. El momento de construir una vida no fue cuando erré el camino. Es ahora. Lo forjo con cada paso, con cada decisión, cuando tomo las riendas de mi vida y acepto con toda fe que el único capaz de liberarme soy yo. Y he decidido hacerlo.

No tengo destino fijo. No puedo ver más allá del horizonte, pero ocuparme únicamente del paso actual aligera la carga. La vida se vuelve más noble. Y aquello que otrora fue un mar, hoy se vuelve un oasis. Un paraíso. Un motivo para seguir de pie e invitar a otros a que unan sus pasos con los míos... especialmente cuando sienten que han naufragado.

Peritos

5 comentarios:

mr. andersøn~ dijo...

Comparto contigo que es más fácil culpar a otros en lugar de buscar uno mismo. Y en que quedarse en la "zona de confort" pese al malestar es más fácil que buscar fuera. Mi mamá siempre decía que era "el miedo a lo desconocido". También creo que darse cuenta de ello, y servir de faro para otros cuando llega el momento, genera una satisfacción muy grande, porque te vuelves faro incluso para aquellos con los que estuviste irascible alguna vez (Gaby, tus hijos). Y en el momento en el que ellos ven tu luz, no solo se ilumina tu camino, sino el de los que te rodean. Encuentro "fuerte" tu publicación (no en un sentido de contenido, sino más bien en la cuestión emocional). Tal vez lo estoy pensando muy osadamente, pero creo que mostrarte desnudo (alegóricamente hablando) de esta forma en un afán de volverte consciente, te vuelve una persona digna de admiración. A los que leemos, nos da un jalón para regresar a nuestra humanidad, y saber que no somos los únicos que pasamos por uno -o varios- de los caminos que describes hace que nos sintamos solidarizados. Gracias por compartir. Y felicidades por 'los huevos' de mostrarnos esa parte de ti.

Mariana dijo...

Mis respetos primo.
Mostrar vulnerabilidad nunca ha sido mi fuerte, es más, me da miedo y la forma en la que te expones y la muestras me parece algo admirable, y aún más al ver que no solo has tomado conciencia si no que has decidido hacerte responsable.
Me siento muy afortunada de tener a una persona tan valiente y llena de luz cerca de mí. Eres un gran ejemplo a seguir. Gracias!!

Anónimo dijo...

Arturo! Soy José, el marido de Magali! Quiero decirte que me encanta tu blog y tu sinceridad. Me siento muy identificado con ello. Cómo te entiendo con todos los comentarios. Todos pasamos por épocas de crisis, lo importante es identificar el problema y veo que vas por buen camino dando pasos pequeños pero seguros. A mí me pasa lo mismo que a tí.
Te agradezco tu sinceridad en el blog.
Un fuerte abrazo y que sepas que te sigo desde España.

Anónimo dijo...

Te sublimaste Peritos, te sublimaste...
A veces es difícil aceptar que los padres también "perdemos la brújula" en algún momento de nuestra vida, tarde que temprano. Y como todos sabemos, la mitad de la resolución de un problema es reconocerlo, como tú lo has hecho de manera tan abierta, clara y desde el corazón. Afortunados Gaby y tus hijos (y los demás que te rodeamos), al tener a un esposo y padre (sobrino-ahijado) que busca ser faro para los demás y que en esa lucha cotidiana es capaz de reconocer que algo en su vida debe cambiar por el bien de todos. Por lo pronto ya diste un gran paso y puedes estar seguro de el reconocerte y luchar te convierte ya en un gran faro.

Gracias por compartir esta experiencia tan personal.

Te quiero mucho.

Tío Memo.

Anónimo dijo...

R2, me gustó mucho.
Creo que más de uno nos identificamos con lo que escribes, muchas gracias por compartir!