lunes, 13 de mayo de 2013

Entre hermanos


El Migue nunca se ha distinguido por ser el mejor comensal. Son horas las que se pasa sentado a la mesa (o frente a la sopa) y, siguiendo esa línea, su lunch regresaba completo. Finalmente, decidí hacer algo al respecto: le prometí una barra de cereal como premio cuando se comiera el almuerzo, así que básicamente le envío una a diario junto con el resto de sus alimentos; cuando se come todo, se gana la barra del siguiente día.

En alguna ocasión, revisando la lonchera de mis dos criaturitas, noté que Rafa había regresado con parte de su comida intacta.
—Rafael, ¿no te acabaste tu jamón?
—¿No le va a tocar barrita? —preguntó Migue, con cara de preocupación. No supe qué contestar, ya que con el Rafa no tengo el mismo problema. A él ni siquiera le mando el dichoso cereal—. Porque no se acabó su lunch, ¿verdad? —Insistente, el niño quería asegurarse que la barra se le iba a negar a su hermano menor. Pensé que sería un caso típico de cuando los hijos  toman el papel de juez, poniendo bajo el microscopio todas las acciones de sus pares. En esta edad ese tipo de conducta prolifera, y normalmente lo que buscan es un orden, estructura e igualdad de cómo se aplican las «reglas del juego»; sin embargo, mi silencio se alargó y lo tomó como afirmación. Y fue entonces cuando me sorprendió:
—Papá, no lo puedes dejar sin barrita.
—¿Por qué no, m'hijo?
—Porque... —dijo mientras sus ojos deambulaban por la habitación, buscando una respuesta «lógica»— porque lo que pasa es que sí se quiso comer todo su lunch.
—Y, ¿entonces? ¿Por qué estoy viendo el jamón aquí?
—¡Ay, papá! ¡Pues porque te quería compartir!

No pude más que esbozar una inmensa sonrisa e inflar el pecho de orgullo.

Peritos
Foto: ahhyeah vía photopin cc

1 comentario:

Anónimo dijo...

¡¡WOOOOW!! Qué hermosa enseñanza de amor fraternal. Bendiciones para tu familia. SRL