martes, 14 de mayo de 2013

Grito de auxilio


A veces comemos en casa de mis padres. En esas ocasiones, como regla general, los niños comen primero (y con niños me refiero no sólo a mis hijos, sino a sus primos también) y después salen disparados a la planta alta a disfrutar de unos cuantos dulces —cortesía del abuelo— mientras ven la televisión.

Todo normal en este día, hasta que escuchamos unos gritos de Miguel: «¡¡¡PAPAAAAAAAAÁ!!!» El modo del llamado sugería premura, así que todos los comensales detuvimos la conversación para escuchar con más atención. «¡¡¡PAPAAAAAAAAÁ!!!» Otra vez. Surgió la duda. ¿Había pasado algo? Esos gritos no eran normales y, aunque no se escuchaba un llanto de fondo, sospeché que algo iba mal.
¡¡¡PAPAAAAAAAAÁ!!!
—¿Qué pasó Miguel? —respondí en un tono elevado de voz, para que me escuchara.
¡¡¡PAPAAAAAAAAÁ!!!
Cuando no respondió a mi pregunta, comencé a preocuparme. Eso estaba raro. Me levanté de golpe de la mesa y me encaminé al piso superior. Mi mente ya había reproducido de forma secuencial todos los posibles escenarios. Cualquier cosa que pudo haber salido mal, desde un dulce derretido hasta un chamaco embarrado en las escaleras, ya lo había previsto. Me puse nervioso. Aceleré el paso y subí brincando los escalones de dos en dos. Al llegar arriba lo vi sentado en el sillón... demasiado cómodo como para una emergencia, pero completamente estático. «¿Le habrá pasado algo a alguno de sus primos o a Rafa?» Mi mente estaba divagando.
—¿Qué pasó Miguel?
—Ah —dijo quitando la mirada de la pantalla—, ¿me pasas los colores?
—...

Peritos
  Foto: Kendra Martinez vía photopin cc

1 comentario:

Anónimo dijo...

jajajajajaja... óoooorale!

SRL